15 de julio de 2017

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Puedo escribir los aullidos más tristes esta noche

Por: Ramiro Díez (El Telégrafo).

24 de abril de 2015

“El Estado no gastará un solo centavo en financiar a escritores dedicados a decir cosas que nadie entiende, en frases recortadas”, afirmó algún expresidente en guerra contra los poetas. Y tenía razón. Conservo en mi memoria parte del poema publicado en un libro con fondos públicos, que decía “El poeta está frito. Subió a la terraza, se le quemaron los huevos, se le derritió el cigüeñal. El poeta está frito”. Después de leer tan estremecedora pieza, está claro que quienes estamos fritos somos los contribuyentes, que sin querer financiamos obras de esa naturaleza.

Otro que también disparaba dardos era el escritor italiano Gesualdo Buffalino que afirmó “Todos los seres humanos somos poetas. Inclusive algunos que se autodenominan poetas”. Dicen que existe cierta envidia por esa aura mágica, gaseosa, que envuelve a los poetas, porque ellos tienen derecho a quedarse callados o como decía el expresidente, a decir cosas que nadie entiende y, a pesar de todo, conservar el prestigio.

Por raro que sea, también los poetas arremeten contra los poetas. El mismo Neruda dice “Yo me río de los viejos poetas…. siempre dicen ‘yo’. Por las calles sólo ellos andan, nadie más. No pasan pescadores, ni libreros, no pasan albañiles, nadie se cae de un andamio. Nadie sufre, nadie ama, sólo mi pobre hermano, el poeta, a él le pasan todas las cosas. Nadie llora de hambre o de ira, nadie sufre en sus versos porque no puede pagar el alquiler, a nadie en poesía echan a la calle con camas y con sillas”. Neruda, en cambio, afirmaba que él no tenía importancia ni tiempo para sus asuntos y no podía olvidar a nadie.

Pero Neruda, además de poeta, fue también buena parte de su vida un funcionario oficial con cargos diplomáticos en Sri Lanka, Java, Singapur, Buenos Aires y Barcelona. Y esto lo pagó caro su perro. En alguna estancia suya en países orientales, Neruda tenía un perro llamado Cutaca. Y parece que uno no puede ser cónsul, ir de coctel en coctel, escribir poemas y atender a los perros. Después de varios días de viajes, diversiones, congresos, encuentros y compromisos, Neruda y su esposa regresaron a casa y encontraron que Cutaca, que habían dejado encerrado, había muerto de hambre. Por eso yo también tomo distancia frente a algunos poetas, como también en su momento lo hizo el mismo Neruda. Y parafraseándolo, al recordar a su perro Cutaca muerto de hambre, digo “Puedo escribir los aullidos más tristes esta noche”.

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