12 de marzo de 2017

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ENTRE LO NUEVO Y LO VIEJO, LOS QUE MANDAN PRETENDEN LO DE SIEMPRE.

Por: Eduardo Pérsico (*).

15 de septiembre de 2006

Luego de la Cumbre presidencial de las Américas realizada el año pasado en Argentina, donde la mayoría de los mandatarios del área sostuvieran la preeminencia del MERCOSUR a las postulaciones del ALCA defendida sin gran brillo por los presidentes de México, Colombia y por supuesto Estados Unidos, más la posterior reunión de la Comunidad Sudamericana de Naciones donde se propiciara el ingreso de Venezuela al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la posición de la actual administración norteamericana se endureció en lo diplomático y en lo económico con los gobiernos de la región. Ese percance más la azarosa invasión del ejercito de Israel al Líbano sin llegar a dominar las aguas del río Litani, su principal objetivo, aceleraron movidas y opiniones novedosas en las relaciones existentes en el mundo un año atrás. Algunos de esos episodios, - Medio Oriente dejó de ser lo que eran antes de la invasión a Irak y Latinoamérica va eligiendo jugar con sus propias cartas- originaron un cambio hasta en los medios de comunicación donde hubo personajes que dejaron de aparecer como imbatibles triunfadores, caso del Primer Ministro inglés tan desgastado y los funcionarios de las Naciones Unidas con la credibilidad decreciente en todo representante del Departamento de Estado. La realidad dice que en la mesa de las relaciones cambiarán las posturas y ’exigimos la aparición con vida de Condolezza Rice y Tony Blair’ es además de un brulote estudiantil en un colegio de Buenos Aires, un dato que deberán atender los países hegemónicos: algo se mueve en el universo que de ningún modo adhiere al sistema de poder reinante. Hay coordenadas que empiezan a ser incompatibles dentro del mismo grupo del privilegio y sin valoraciones buenas o malas, indica cambios imprescindibles de inmediato porque si hay ciclos que se cumplen, también hay nuevos alineamientos que sin duda se vislumbran porque aparecieron nuevos actores en la escena.

Sin alejarnos mucho de nuestra geografía, cuando se habla de la integración de América Latina siempre hubo adherentes y contrarios; consultar la historia; y están quienes promueven el desarrollo del continente sin excluir a las clases bajas, pensando en una nueva sociedad más emancipada y sin privilegios, y quienes quieren forzar el mismo orden de sucesión impuesto por la potencias occidentales y principalmente por los Estados Unidos. Estos últimos, Los que Mandan, persisten en un sistema sucesorio clásico en América Latina, tendiente a reproducir las relaciones de clase existentes durante siglos con el Imperio y reproduciendo las estructuras sociales que nunca se modificaron. La ’integración’ que proponen los sectores privilegiados es conservadora, es de esperar, más ahora con el agravante contemporáneo que cuando enfrenta las exigencias de nuevas transformaciones sociales se torna absolutamente reaccionario. Esto tiene magníficos antecedentes por lo acontecido en Argentina y Brasil en las décadas del sesenta y el setenta, por ejemplo, cuando la radicación de varias empresas automotrices produjo una explosión ocupacional en numerosos sectores sociales, incentivada y multiplicada principalmente en la actividad metalúrgica, y hubo en el gentío común certezas de una movilidad social casi nunca registradas en ambos países. Entonces, a medida que la tecnificación instalada crecía junto a la capacidad operativa de los trabajadores con una dinámica insólita, resultaron ilustrativas las oposiciones de los sectores tradicionales; en Argentina, agroexportadores con un sentido aldeano de la convivencia con los asalariados, preocupados por los riesgos que corrían sus privilegios dentro del conjunto social. Para ellos, ese embate industrialista que cambiaba la estructura mental de millones de antiguos desocupados y por consiguiente más dependientes, ante la seguridad personal que otorga una mediana seguridad laboral, les doblaba el brazo en la pulseada. No dejar que se quiebre la escala jerárquica ha sido y continúa siendo la sencilla y bastarda ecuación de los privilegiados por el sistema, en su lucha contra el ascenso de los de abajo. Al margen de los factores meramente económicos y de conveniencia, siempre indesechables, los grandes impactos de seguridad laboral con plena ocupación producen no sólo la socialización de los empleados; con el virtuoso condimento de saber quién es y cuáles son sus derechos, el individuo se democratiza y elude la sumisión social que impone el trabajo temporario o la desocupación. Sin publicitar algunas gestiones de gobierno que produjeran los mismos efectos positivos sobre la sociedad y sin adherir a otros de sus enfoques, creo oportuno decir que el mayor aporte que el peronismo trajo, sin paso posible atrás en nuestra historia, fue la liberación psicológica del obrero ante el patrón. Un efecto obtenido en seis o siete años de una industrialización que aunque al fin resultara económicamente incipiente, alcanzó ese resultado invalorable que a una economía pastoril le hubiera demandado décadas. Y esa toma de conciencia en los trabajadores tuvo su correlato de entidad durante los años del setenta, específicamente hasta la llegada del neoliberalismo con militares genocidas incluídos, que desembarcaron en América Latina con un sencillo y oligárquico objetivo de acabar con la industrialización. Ese fenómeno económico que genera sindicatos fuertes, deliberativos y democráticos, debía terminarse a bayonetazo limpio para reconvertir rápidamente al país en un ente de servicios y dependiente. Como siempre quiso la tendencia de Los que Mandan entre nosotros.

La preocupación que demuestran los diarios tradicionales por la posibilidad de un nuevo ordenamiento que modifique los aspectos medievales de esta rutina; con sus ocasionales pensadores, La Nación de Buenos Aires y los pasquines de Miami pendulan de lo ignorante a lo risueño, como si tantas centurias de creer en algo sobrenatural les pesara y aguardaran algún milagro. Tampoco es bueno aventurar una sonrisa al releer las últimas homilías y misas cuestionadoras a los nuevos aires que difunde la Iglesia Católica, que sensatamente no entendemos y como en nuestro barrio no atiende ningún hermeneuta, nos quedamos en ayunas. Pero luego de las últimas experiencias políticas, que bien pueden ser contradictorias, polémicas y en algún caso mal encaminadas, América Latina empieza a morirse como factoría, en consecuencia no acepta de pleno los mandatos antiguos y se desdice hasta de sus enajenaciones políticas. Esta nueva imagen que significa una ruptura ideológica de años en su historia ante las potencias rectoras, es bien entendida por esta episodio de renacer conceptual de la nueva integración. Las reglas integradoras latinoamericanas de ningún modo seguirán siendo el proyecto ALCA que favorece la dependencia hacia EE.UU, sino un atributo organizado por los países del área para una reeducación racional de las ramas productivas, al menos, aplicando todos los mecanismos financieros y políticos para transformar las estructuras existentes. Eso debe ser una imposición de mínima para hablar en serio, pero ¿cómo piensan los estrategas del pensamiento clásico mejorar la condición del hombre en el planeta sin tanto tráfico de armas y de cocaína? Digamos que en esto, el criterio no tiene novedad; en los proyectos de esa clase mandante que ya ignoran la Revolución Francesa sin manifestarse en contra por pura elegancia, persiste en extender las formas de la esclavitud como sea. Para los tradicionalistas del pensamiento en su provecho exclusivo, nada que sea humanamente válido los obligará a modificar su situación. Los ’pensadores del neoliberalismo’, por decir algo, se han convertido en utópicos furiosos y militantes del mirar para atrás, cuando los demás, los idealistas utópicos, dejamos de ser tan soñadores y nos convertimos en realistas sencillamente por apreciar el futuro.

Las expresiones que los dueños de la tierra y el poder difunden no sólo desde Miami ni con todos sus aparatos informativos y fabricantes de opinión que exhiben a diario falsificando verdades, las fortifican reiterando términos como ’tercermundismo’, que atenuaron pero persisten con ’subdesarrollo’ o en ’vías de desarrollo’, para establecer inconscientes rangos de superioridad en las negociaciones. Sería más democrático y positivo para la convivencia que dejen de pontificarnos sobre los peligros de los crecientes gobiernos autoritarios en América Latina, o de magnificar la inseguridad jurídica y personal buscando espantar a los inversionistas foráneos y romper así las factibles uniones de los países del área, porque si vamos a seguir conversando necesitamos saber que integración buscan y por cuales etapas económicas y sociales deberían pasar las comarcas latinoamericanas para conseguirla.

Digamos entonces señores neoliberales, capitalistas, terratenientes o medievales privilegiados; perpetuarse ante la nueva realidad del planeta con tanto discurso disociador y alarmista no le hará ganar la guerra a un sistema que flaquea. Y entonces mucho mejor sería, quizá, que si guardan algún proyecto serio que saque al hombre de la prehistoria sin volver a la esclavitud, se animen a exponerlo de una buena vez. La humanidad los espera.

(*). Eduardo Pérsico, ensayista y narrador, publicó cuentos, seis novelas, algún poemario y la tesis ’Lunfaro en el Tango y la Poética Popular’. Nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

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