25 de marzo de 2017

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El jorobado de Corrientes

Por: Ramiro Díez.

18 de junio de 2015

Sucedió en Buenos Aires. El tipo tenía apellido italiano. En todo su linaje si alguien hizo algo con las manos, fue destapar algunos vinos, tocar el piano, o contar billetes. Y así habían vivido más de doscientos años. En su árbol genealógico había un ex presidente. Y claro, si sacudían sus ramas, también se podía desprender algún tataraladrón y, seguro, alguna tataraseñora de vida nada respetable.

Ese robusto árbol se había sostenido con el trabajo de cientos de peones en sus haciendas. Pero con los años, cada heredero más incapaz y dilapidador que el otro, hizo que quedara un único dueño de una poca tierra, ahora estéril, incapaz de alimentar a una vaca. El último representante de aquella dinastía aplastada se llamaba Gastón Abbamundo.

Soltero, sin familia, vivía en un departamentito oscuro, de la calle Guardia Vieja, a dos cuadras de la Avenida Corrientes. Allí tenía cuatro muebles desbaratados, una ventanita a la calle, algunos libros apolillados y retratos grises de antepasados olvidados. Lo último que le salvaba de la miseria era el diamante cuadrado de corte belga tallado en Amberes, con 76 facetas, delicadamente engastado en un anillo de oro, heredado de su bisabuelo. Y antes de que llegara el momento de ahorrar monedas para poder comer, Abbamundo decidió venderlo.

Hizo los contactos. La cita sería en dos días, con un político joven que exigía un avalúo en una joyería de la Avenida Corrientes, cerca de su departamento. El día de la venta, Abbamundo sacó el anillo de su escondite, y en un gesto de rabia y soberbia decidió usarlo por última vez y caminar hasta la joyería. Adiós al diamante, sí, pero adiós también a la vida de estrechez.

Al llegar saludó de mano al comprador, apenas tendiendo los dedos, como una señorita tímida. Y procedió a mostrar el anillo.

No me pregunten nada.

Ni de la palidez ni de los temblores ni de las ganas de llorar de Gastón Abbamundo cuando descubrió que, en el trayecto, el diamante se había desprendido del anillo.

Gastón sacó fuerzas y deshizo el camino, paso a paso, mirando al piso. Regresó a las 7 de la noche a su departamento. Al otro día, desde el amanecer, repitió la ruta y lo sigue haciendo a pesar de los años.

Hasta hoy ha coleccionado 3.487 botones, 905 tuercas, 1.864 tornillos, 14.123 pedacitos de vidrio, 309 aretes y monedas de 43 países. Le dicen el Jorobado de Corrientes, que en medio de su pobreza, lleva un anillo de oro. Y de todas maneras le dan algún dinerito.

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