24 de agosto de 2019

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EL “HUAYCO” LIBERAL DE LULA

Por: Praxis.

6 de enero de 2007

El segundo período de Lula presenta una continuidad con el anterior, pero con diferencias que, sin embargo, no significan que Lula vaya a moverse hacia la izquierda, sino todo lo contrario.

Los elementos de continuidad se dan ante todo en la política económico-social. Aquí no hay ruptura sino una profundización del curso neoliberal del anterior presidente Fernando Henrique Cardoso (FHC).

Muchas de las tareas del neoliberalismo ya habían sido cumplidas por Fernando Henrique, por ejemplo, las privatizaciones. Lula no sólo las mantuvo, sino que las profundizó. No lo hizo “abiertamente” a través de la privatización de empresas (quedan pocas), sino en forma más“encubierta”. Por ejemplo, no privatiza directamente Petrobrás, pero sí la explotación de yacimientos. Lo mismo hace con otros recursos nacionales. De esa forma, la continuidad de la política neoliberal privatizadora es menos visible.

Pero el rasgo más importante de su política -que tuvo una influencia decisiva en su reelección- es que Lula fue produciendo una redistribución de la renta, es decir, de los ingresos de las distintas clases sociales.

La burguesía siguió concentrado la mayor parte de los ingresos e incluso los aumentó, especialmente los sectores financieros. Por eso la banca apoyó directamente a Lula y no a Alckmin. Por otro lado, hay una brutal reducción del salario real de la clase obrera y los trabajadores asalariados en general. Según las estadísticas, la mal llamada “clase media” (que en verdad en su gran mayoría está compuesta por trabajadores asalariados de ingresos medios) perdió en los últimos 10 años el 46% de su poder de compra.

Al mismo tiempo, ya bajo Lula, las capas más pobres aumentaron un 7% su poder de compra, lo que no es poco, ya que en Brasil el sector más miserable es muy numeroso. Hay regiones del país, como el Nordeste, donde el 40 o el 50% de la población recibe subsidios.

La situación de la clase trabajadora

Una particularidad de Brasil que lo diferencia netamente de Argentina y otros países es que no hay un proceso de recomposición de la clase obrera, como tampoco hubo un proceso de destrucción (como sucedió en Argentina en los años 90, con el cierre masivo de fábricas y otras empresas). En Brasil, en cambio, predominaron los elementos de preservación estructural de la clase.

Asimismo, en Brasil no se aplicaron las “reformas laborales” neoliberales que se dieron en Argentina. Los derechos laborales, aunque deteriorados, se mantienen en Brasil para los núcleos más importantes de la clase trabajadora. En las grandes concentraciones prácticamente no hay trabajo en negro ni mucha tercerización. Sin embargo, el 40% de los trabajadores con empleo no están allí, sino en pequeñas empresas. En ellas no hay derechos laborales.

Otro dato relacionado con el hecho de que la clase obrera no entró a la lucha es su composición generacional. Por ejemplo, en la región metropolitana de San Pablo, el 27% de las personas entre 18 y 25 años no trabaja ni estudia, y la mayoría de ellos nunca trabajó en su vida.

Este es un dato importante, porque indica que no hay una renovación generacional de la clase obrera. No fue categóricamente derrotada y semidestruida como sucedió en Argentina en los 90, pero tampoco hubo una renovación generacional. Esto tiene su importancia respecto de las luchas, porque generalmente son los sectores los que se movilizan.

El ataque que prepara Lula

En este contexto, el gobierno está preparando “reformas” neoliberales que significan un ataque brutal a la clase trabajadora, como el que llevó a cabo Menem en Argentina o Margaret Thatcher en Gran Bretaña. Estas “reformas” ya estaban en la agenda de Lula en su primera presidencia, pero el estallido de la crisis de la corrupción y luego el inicio de la campaña electoral obligaron a postergarlas. Tras la reelección, el gran objetivo de Lula es aplicarlas.

En ese sentido, hay tres proyectos muy importantes: 1) la “reforma laboral”, 2) la “reforma sindical” y 3) la “reforma de la previdencia” (el sistema de jubilación). A eso se agrega una “reforma universitaria” no menos siniestra.

La “reforma laboral” implica la pérdida de conquistas históricas de la clase obrera: vacaciones, indemnizaciones por despidos, licencias de maternidad, aguinaldos, estabilidad, etc.

La “reforma sindical” apunta a transformar completamente a los sindicatos aparatos del estado. Ya hoy los sindicatos han sido muy burocratizados y ligados al estado. Sin embargo, aún conservan formas democráticas cualitativamente mayores que, por ejemplo, los sindicatos argentinos. La “reforma sindical” tiene como objetivo destruir totalmente la democracia sindical.

La “reforma de la previdencia” (jubilaciones) pretende culminar el proceso destructivo iniciado por Fernando Henrique y continuado por Lula. Es un reforma para que nadie pueda jubilarse. Entre otras medidas, contempla elevar la edad de retiro de los 53 años para los hombres y 50 para las mujeres a 65 y 60 respectivamente... ¡exigiendo 40 años de aportes!

La “reforma universitaria” apunta en el sentido de la privatización de la enseñanza. Con el pretexto de lograr el acceso de los sectores más pobres a la universidad, Lula, en vez de ampliar la capacidad de las universidades estatales aumentando su presupuesto, destina fondos a subvencionar cupos en las universidades privadas (la mayoría de las cuales tienen además un nivel bajísimo).

La necesidad de derrotar este ataque y los problemas para hacerlo

Hoy, entonces, la necesidad central del movimiento obrero, estudiantil y social es enfrentar y derrotar este ataque múltiple que prepara Lula, como eje de su segunda presidencia.

La política del gobierno es la de dividir, tratando que las protestas obreras y estudiantiles choquen con los sectores sociales más pobres, menos organizados y políticamente más atrasados. Contra eso, creemos que el centro de la política debe ser la más amplia unidad de la clase trabajadora y demás sectores afectados para movilizarse contra las reformas y derrotarlas. Esto nos lleva a los problemas del movimiento, especialmente del movimiento obrero.

Si tenemos en cuenta exclusivamente la magnitud y brutalidad del ataque, deberíamos esperar que se produzca una respuesta acorde. Pero existen diversos elementos contradictorios que juegan en un sentido u otro.

El primero es uno que ya apuntamos: la clase obrera no es joven ni “vieja”, sino de edad intermedia. Este es un factor que no ayuda a la movilización. Pero, contradictoriamente, es una clase obrera con una amplia experiencia sindical de lucha y que no fue derrotada en los 90, como sucedió en Argentina. Por otro lado, hay que tener en cuenta que en sus organizaciones sindicales hay mucha cooptación de los aparatos y el estado. La relación de los activistas y las bases obreras con la CUT y sus sindicatos no es la misma que en Argentina, con la CGT. El movimiento obrero brasileño no tiene mucha experiencia de luchar contra los aparatos sindicales y actuar independiente de ellos. Y, por supuesto, la CUT trabaja a favor de la aprobación de estas “reformas”.

Un reflejo de esto se dio en las recientes elecciones. El PT perdió gran parte de su base tradicional entre los empleados públicos, que se enfrentaron a Lula con la reforma de la previdencia al inicio de su primer mandato. Sin embargo, conservó el voto de la mayoría de los obreros industriales.

Ahora, es central el problema de la unidad de todos los sectores que se opongan a las reformas antiobreras que proyecta Lula. Un paso importante en ese sentido ha sido la conformación de Conlutas (Coordinación Nacional de Luchas). Sin embargo, las organizaciones sindicales agrupadas en Conlutas sólo reúnen el 1% de las bases de trabajadores, que aún siguen bajo control de la CUT. Recientemente, se han agrupado además sectores sindicales críticos a la política de Lula, pero que aún siguen en la CUT. Esto plantea la necesidad de la unidad entre Conlutas y esos sectores para enfrentar el ataque que se viene sobre los trabajadores.

Socialismo o Barbarie