10 de noviembre de 2019

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Testimonio que acusa.

VIOLADA Y TORTURADA EN LA DINCOTE.

Por Lucinda G.

9 de septiembre de 2006

Me detuvieron embarazada de un mes, no dije nada, pues podían hacerme abortar. Realmente no sé cómo ha sobrevivido mi hijo, pues apenas me detuvieron, en una comisaría me empezaron a golpear, enmarrocada y, con mi chompa, me cubrieron la cabeza, asfixiándome; me golpeaban incesantemente con sus armas, debo haber estado rodeada de decenas de ellos porque los golpes no cesaban, incluso me violaron estando casi inconciente, debido a tantos golpes, me retorcían los dedos de la mano, de los pies, parecía que querían descuartizarme o hacerme pedazos, me dijeron : "recién estamos empezando, todavía no has llegado a la DINCOTE.

No sé a donde me llevaban, luego supe que era la famosa DINCOTE, siempre con mi chompa cubriéndome la cabeza y con las manos esposadas, seguían maltratándome con golpizas, empujones; al llegar ya al lugar me dejaron parada, escuché una voz: "que se preparen cien para que la dejen bien abierta..." y me empezó a golpear con brutalidad tirándome contra la pared, al suelo y me escupió en la cara.

No me reconocía

Niño arrancado a su madre. Hoy mi hijo me dice: "mamá, yo me hice como una piedrita", yo creo que sí, porque fue horrible estar allí todo el tiempo torturada física y sicológicamente. Me sacaban a las 7 a.m. Hasta las 11 p.m. ó 12 p.m. Sin probar ningún alimento durante 5 días. A los 15 días fui trasladada al Penal de Máxima Seguridad de Chorrillos donde me confirmaron el embarazo.

Pero la tortura no había cesado, ya que estábamos encerradas las 24 horas del día en una celda totalmente pelada, no dejaban pasar nada más que útiles de aseo, los alimentos eran traídos a cualquier hora, a las 4, 5 ó 6 p.m. Por mi embarazo, fue una situación muy difícil; en todo momento hubo una total indiferencia frente a mi situación de gestante, más aún en octubre de 1992 en que las fuerzas especiales de la PNP masacraron a las prisioneras, dijeron: "requisa y reubicación", pero fue una golpiza feroz a mujeres detenidas e indefensas.

Desde su propio ingreso venían con ese propósito, entraron cientos de encapuchados, con chalecos antibalas, con armas de corto y largo alcance, con gases paralizantes que nos echaban celda por celda; desde allí escuchamos cómo golpeaban y masacraban a nuestras compañeras, los gritos de dolor, las burlas, insultos y golpes de esos criminales, especialmente preparados para eso. A nosotras nos dijeron: "son el broche de oro", "con ustedes cerramos" y así fue: escuché cómo iban sacando, celda por celda, a golpes, tirando de los pelos, a rastras.

Vivía en la última celda, con compañeras muy buenas que se preocupaban por lo que me pasara debido a mi estado de gestación. Una de ellas tenía una hermana a quien las torturas habían hecho abortar. Nos tocó el turno, salimos sin ninguna resistencia y vi como corretearon a la compañera de mi celda para golpearla. Más adelante había dos filas de hombres que nos iban golpeando por todos lados mientras pasábamos. Cuando veo las películas de la II Guerra Mundial, de los campos de concentración, me acuerdo de esto.

Después que pasamos este "callejón oscuro", otros policías, también a golpes; nos tiraron al suelo junto con nuestras compañeras que estaban allí antes. Luego, unos caminaron y saltaron sobre nuestras espaldas y continuaron golpeándonos en el suelo. Para humillarme como mujer, un tipo me puso la vara entre las piernas. La golpiza era interminable, nunca cesaban los golpes, parecía que se turnaban, pero siempre estaban golpeándonos. Cuando parecía que todo había terminado, escuchamos: "Ya, para que vayan pasando".

Nosotras éramos las afortunadas, pues salimos al último e íbamos a entrar primero. Nos empezaron a llamar por nombre para la revisión e ir entrando. Cuando estaba preparándome, según las órdenes que nos daban, sentí a un tipa que venía corriendo a tirarme un varazo en las pantorrillas, simple y llanamente, por odiosidad. Me dio tanta rabia que sólo lo miré con indignación.

Eso fue motivo para que otros cinco o seis se me acercaran, me rodearan y empezaran a golpearme allí mismo; mis compañeras querían auxiliarme y pedían que no sigan por mi estado, pero a ellas también les empezó a caer varazos. Me hicieron arrodillar a golpes, pero no lloré, ni gemí, porque sabía que ellos buscaban eso, desmoralizarnos.

Por fin cesaron los golpes, pasé la revisión, y me llevaron a la celda; todo eso con maltratos, empujones, golpes. Igual suerte que nosotras corrieron nuestras pocas cosas. Todo estaba revuelto, incluso la ropa buena estaba destrozada y mojada. Habían echado agua, embarrado y mezclado todo: víveres, ropa, platos, zapatos, todo.

Empezamos a reconstruir nuestras celdas, a poner las cosas en’ orden, mientras el resto de las chicas iban pasando por lo mismo. Finalmente todo acabó y vimos cómo estaba cada una, desde su celda, pues estábamos ya bajo llave. Las enfermeras se acercaron y se horrorizaron de nuestro estado. Yo estaba toda moreteada, con la cabeza llena de chinchones y descansando porque todo me dolía. Cuando quise incorporarme no pude, estaba mal, me desvanecía.

Recién, después de dos días nos atendió el médico. Supimos que absolutamente todas teníamos el cuerpo golpeado. A algunas nos afectó más, pero todas habíamos sido brutalmente golpeadas. Esa semana no permitieron la visita de abogados ni de familiares, porque pese a que se realizaban en el locutorio se hubieran percatado de nuestro estado de salud. Algunos abogados presentaron acción de habeas corpus, pero nada procedió en estos casos.

Felizmente, nada le pasó a mi hijo, aunque esto no lo supe hasta el día en que di a luz, porque nunca fui atendida por especialista alguno, ni hubo ecografías, ni nada, nunca tuve ningún control. Me llevaron al hospital cuando se dio lo que llaman ruptura de la fuente. Por suerte, me internaron ese mismo día y me hicieron pruebas y exámenes porque detectaron alguna anomalía. No hubo complicaciones mayores, salvo que no fue tan fácil. En el penal fui chantajeada para tener a mi hijo conmigo.

Me propusieron acogerme a la ley de arrepentimiento, que es delación, cosa que nunca acepté y tuve que adecuarme a nuestra situación: 23 horas y media al día encerrada y media hora de patio, un litro de agua caliente al día. Mis compañeras me daban su ración para poder bañar a mi niño con agua tibia y tener reserva de agua para poder darle su agüita temperada, lavar los pañales en la celda y sólo poder tenderlos y recogerlos en turnos establecidos, esto era en la mañana o en la tarde, no había ninguna comprensión por parte de las autoridades para flexibilizar las condiciones, aún con el bebé recién nacido, el encierro le afectaba, el frío, el cemento le hacían daño y yo sufría viéndolo así.

Para las autoridades las condiciones no eran lo fundamental. Establecieron un reglamento violando todos los derechos fundamentales del niño: sólo podía estar tres meses con su madre, si no, amenazaban con llevarlo a un orfanato o casas para niños abandonados. Me obligaron por lo tanto a entregar a mi hijo a mi familia. Nunca voy a olvidar ese momento, quizás haya alguna madre leyendo esto y sabrá lo que es desprenderse del hijo. Me llevaron a las oficinas, lo tuve por última vez en mis brazos, le di de lactar y ni siquiera había terminado cuando me insistieron para entregarlo.

Seguí extrañando al hijo que no podía ver porque mi familia lo llevó a la provincia donde vivían. No sé si fue más doloroso esto o después, cuando mi hijo venía y no me reconocía como su madre.

El reglamento de la visita de hijos menores establecía que ésta fuera cada tres meses, por hora y media. Tres meses en que el niño no veía a su madre y, lógicamente, para él era un choque venir aquí y pasar por todo esto: no entraba con el familiar, sino con las guardias, revisado y esto lo asustaba y llegaba llorando queriéndose irse. Llorábamos los dos, hasta que se dormía y cuando despertaba jugaba con él e iba entrando en confianza, pero siempre el término de la visita lo desvanecía todo.

Un día vino mi hijo y lloró tanto que opté porque se fuera para no seguir viéndolo llorar, entonces él se calló y me dijo en su media lengua (recién estaba aprendiendo a hablar) "chica vamos" y me llamaba para que me fuera con él, mientras yo me quedaba tras las rejas. Esos recuerdos han quedado grabados para siempre en mí, el dolor de ver que mi hijo no entendía porque no podía irme con él.

Un día dieron visita directa por el Día de la Madre. Ante el ruego y llanto de mi suegra y mi hijo los dejaron pasar a los dos. Mi hijo no lloró. Claro que fue todo un proceso para lograr que me reconociera. Esta vez la visita fue larga, mi suegra ayudó bastante con su presencia y todo lo que decía. Luego, venía cada tres meses y sólo lloraba hasta que me veía.

Una vez cuando ya era más grandecito, muy contento al verme me dijo: "mamá, no he llorado". Pobre mi hijo, se ha hecho duro a fuerza se sufrir y vera sus padres en esas condiciones, porque similares situaciones habrá pasado visitando a su padre.

Situaciones como éstas y peores hemos pasado por la aplicación de las leyes antisubversivas, las más monstruosas y siniestras en toda la historia del Perú.

Escribo este testimonio para que el mundo juzgue quién aplicó genocidio, desapariciones, torturas y, en este caso, el más siniestro plan de reducción, aislamiento, aniquilamiento sistemático y sofisticado contra los prisioneros políticos y de guerra, y se conozca la verdad de los hechos.

- Asociación de Familiares de Presos Políticos, Desaparecidos y Víctimas de Genocidio -PERU (Testimonio publicado en la Revista LA VOZ DE AFADEVIG N° 3).