24 de agosto de 2019

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Del frenteamplismo, al gobierno de los oportunistas y la unidad de izquierda.

“PUTREFACCIÓN DE LAS FUERZAS QUE INTEGRAN EL FRENTE AMPLIO”

Por:Alejandro García Ruiz.

25 de noviembre de 2006

Resulta necesario, en el actual contexto de nuestra comarca y frente a la putrefacción de las fuerzas políticas que integran la dirección del aparato de gobierno del Frente Amplio, delimitar claramente que una cosa son las direcciones y otra muy diferente sus militantes y adherentes.

PRIMERAS PUNTUALIZACIONES

En estas líneas la munición gruesa tiene por destinataria a la casta dirigente, camandulera y arribista, que ha optado por asumir las posiciones del imperio y las clases dominantes; por otra parte, la militancia de base frenteamplista, de pata en el suelo, honesta y abnegada es, en todo caso, diferente a lo que sus partidos promueven. Si bien no compartimos la permanencia en la coalición y en tal sentido hace ya casi año y medio que nos hemos separado de la fuerza de gobierno, aceptamos con respeto las diferentes opciones tácticas, aunque también nos reservamos el derecho al debate y la discrepancia con los compañeros que han optado por revertir desde dentro la línea hegemónica del conglomerado político. Estos apuntes buscan abrir una vía de intercambio fermental (tan ausente) que permita dar a conocer cuáles son las líneas estratégicas que conviven en nuestra comarca, cuáles las variantes tácticas, si las hay, y cuales podrían ser los caminos a recorrer para lograr lo que creemos una necesidad urgente: la unidad de la izquierda clasista en tanto organización política de la clase explotada, necesidad sine qua non para el avance del proceso.

LA ACUMULACION POPULAR Y LA ACUMULACION POLICLASISTA

¿Dos caras de la misma moneda?

Prácticamente toda la izquierda de esta tierra, a lo largo del proceso histórico de acumulación, ha surgido de un tronco común. El pensamiento revolucionario de los inmigrantes europeos de origen anarquista y socialista, el pensamiento marxista, la convicción obrera en la construcción de las organizaciones sindicales a comienzos del siglo XIX signan, de manera indeleble, nuestra matriz, nuestro mapa genético y nuestra capacidad de pensar el mañana. A vuelapluma podemos señalar que desde ese entonces hasta la década del sesenta y -en esa fermental encrucijada- hasta los setenta, se fundan, funden y confunden casi todas las variantes del pensamiento de izquierda revolucionaria y radical antimperialista, artiguista y popular.

Creemos, y aceptamos que se nos demuestre lo contrario, que el punto más alto de la acumulación de masas en nuestra comarca se comprende en dos hechos de significación histórica ineludible: la fundación de la Convención Nacional de Trabajadores y la fundación del Frente Amplio. Obsérvese que nos referimos a acumulación de masas y que esta valoración no desconoce, ni pretende minimizar, la irrupción de la guerrilla urbana en la década del sesenta.

Este fenómeno político-militar, no asimilable exclusivamente a la acción de propaganda armada del MLN-Tupamaros, ya que también operaron otras organizaciones como la OPR-33 y las FARO, con mayor o menor incidencia en los sucesos de ese periodo, no creemos que pueda ser considerado en el marco de dicha acumulación, aunque no puede desvincularse, ni disociarse o considerarse ajeno a la misma o antagónico con el desarrollo del proceso; quizá sí, pueda afirmarse que es elemento complementario y contradictorio de las luchas de entonces y, como tal, parte del mismo proceso en un nivel diferente. Lo cierto, al menos para nosotros, es que tanto la CNT como el FA del 71 marcan un punto de llegada a una síntesis histórica que, más allá de las valoraciones que puedan realizarse tanto de su contenido programático como de sus objetivos estratégicos, signaron (y quizá signen aún hoy) las acciones de nuestro pueblo, -conciente o inconscientemente- y forman, por tanto, parte de un imaginario colectivo de valor cuasi paradigmático.

Desde esta realidad y desde una concepción materialista de la historia es que deberemos aplicar la dialéctica para comprender, superar y transformar la porfiada evidencia de los hechos. Cuando se apela al materialismo histórico se debe, entonces y en consecuencia, analizar de manera materialista e histórica; se debe leer la historia en su desarrollo y no en su congelación momentánea y estudiar entonces los procesos, sus causas objetivas y subjetivas, los diversos actores en su seno y, también y ante todo, aciertos, fracasos y errores propios y ajenos.

Como proceso, el que señalamos, reviste una complejidad como pocos en nuestra historia; en el mismo se vierten diversos intereses y se separan aguas; se deslindan posiciones y se definen líneas de acción comunes o antagónicas; se prefiguran aspectos del trabajo a largo plazo y se imbrican cortoplacistas expectativas grupales, sectoriales e individuales. Síntesis compleja y como tal cargada de contradicciones internas, como todo proceso verdadero de carácter socio-histórico.

Ya en las luchas revolucionarias en el siglo XIX en el marco de la Liga Federal y del proyecto emancipador propiciado por los pueblos libres y sus estandartes, Artigas el más visible, se vislumbran situaciones que, más allá de las particularidades históricas concretas, prefiguran elementos que, casi siglo y medio después, vuelven a emerger en el terreno de la lucha de clases con significación relevante para una mejor comprensión de cara al hoy y el mañana.

Las fuerzas motrices de la revolución en la Banda Oriental y en las provincias unidas encontraron, producto de circunstancias históricas determinadas por la base económica, por los intereses vinculados a dicho aspecto y propiciados por el contexto ideológico de entonces, a sectores de clase que, antagonizando coyunturalmente con los imperios de la época participaron en cierta etapa y de cierta manera en las luchas populares del periodo que señalamos. Cuando el proceso revolucionario se profundizó y, desde lo programático, se comenzó a marcar el mismo en favor de los más infelices y se tomaron medidas de carácter estructural que afectaron a los sectores oportunistas y vacilantes, el pueblo irredento quedó aislado, muchas veces solo y luego cercado por las proto burguesías nacionales de entonces y sus intereses vinculados al capital, el comercio y las finanzas. Luego la historia es conocida.

El proceso del último lustro de la década del sesenta hasta el año 73 puede comprenderse, sin caer en traspolaciones exageradas ni forzar demasiado la línea de razonamiento, en un marco de análisis para nada alejado del que pretendimos en los párrafos anteriores.

Cuando los objetivos de coyuntura prevalecen sobre los estratégicos se realizan alianzas orgánicas que tienen, necesariamente, un correlato en lo programático y no necesariamente en lo ideológico. Este equilibrio momentáneo -y por tanto inestable- está destinado, desde su génesis, a romperse tarde o temprano en un sentido o en otro; la hegemonía de contenido de clase requiere de ciertas fortalezas en diversos planos. Cuando dichas alianzas tácticas o incluso estratégicas incluyen en su seno intereses que, en el desarrollo de los procesos devienen en antagónicos, los resultados son siempre de ruptura. Las rupturas generan nuevas realidades y correlaciones y, por tanto, los sectores de clase comprometidos con los cambios profundos y revolucionarios deben comprender que ciertos atajos conducen a parajes desolados y determinados planes de trabajo requieren, a priori, de un plan “B”.

¿Existía en nuestra comarca en el siglo XIX dicho plan “B”? Creemos que sí. ¿Existía en el sesenta y setenta un plan “B”? Sabemos que sí.

Hoy la pregunta que nos hacemos y hacemos a los compañeros es: ¿Existe, aunque más no sea un plan “A”? Si existe dicho plan debería superar los errores e insuficiencias de estos dos momentos de la lucha revolucionaria en nuestra comarca y propender a la construcción de las herramientas necesarias para sortear todas las dificultades eventuales aunque previsibles.

FRENTEAMPLISMO Y FRENTE AMPLIO
Dos concepciones antagónicas a la luz de los hechos y una síntesis imposible

Desde la “Declaración Constitutiva” y las “Treinta Medidas” hasta hoy mucha sangre ha corrido en nuestras tierras; sangre de pueblo.

A la luz de tres décadas y media de mística frenteamplista, de lucha antioligárquica y antimperialista de carácter popular, de avatares diversos, de claudicaciones, entregas, traiciones y abyecciones rayanas en lo enfermizo, cabe preguntarse qué diferencia y separa a esa mística popular y combativa, honesta, sana y consecuente, de las burocracias que predominan en la acción de la fuerza Frente Amplio y su gobierno entreguista; contestar esta pregunta no es del todo difícil, se responde atendiendo a la extracción de clase de cada compartimento; encontrar la llave que abra la puerta a una definición en el sentido de quebrar el encandilamiento de esos mismos sectores populares con el imaginario colectivo de carácter frentista vaciado de contenido por las dirigencias es otra cosa.

Para esta tarea, la difusión de algunos aspectos medulares de la concepción programática del 71 estriba cardinal importancia y junto con esta acción debe darse (paralela y simultáneamente) a conocer -con cifras- la realidad actual de nuestro entramado social que, desde lo estructural y económico es, por cierto, terriblemente peor que a finales de los sesenta y principios de los setenta. Nuestro pueblo debe conocer que, si las medidas más urgentes a aplicar por el Frente Amplio en el caso de haber triunfado en las elecciones de 1971 no significaban soluciones finales sino paliativos de emergencia, este medroso y raquítico programa del progresismo encuentrista y de nuevas mayorías poco o nada significa a la luz de la catastrófica realidad de hoy; mucho menos la acción de este gobierno, que desconoce, incluso, lo ofertado en dicho programa a la ciudadanía antes de marzo de 2005. De igual modo es necesario repensar si de un frente político policlasista pueden esperarse soluciones a las necesidades y reclamos de los sectores populares. Desde nuestra opinión la respuesta es negativa y los hechos lo corroboran.

¿Qué puede salvarse de esta experiencia de más de tres décadas? ¿Es necesario preservar alguna cuestión en tal sentido? ¿Puede recomponerse el Frente Amplio como orgánica que desarrolle políticas a favor de los intereses populares? ¿Qué herramienta política requieren los trabajadores y los sectores objetivamente explotados y expoliados por el sistema capitalista y por los modelos que en nuestra América se desarrollan y se profundizan? Vamos por partes.

LA UNIDAD DE ACCION DESDE LA DIVERSIDAD IDEOLOGICA
Independencia de clase y contenido programático clasista

Esa izquierda a la que hacíamos referencia en párrafos anteriores proviene de concepciones doctrinarias diversas, muchas veces enfrentadas en algunos momentos de la geografía y la historia; anarquistas, marxistas libertarios, marxistas-leninistas, trotskistas, radicales de izquierda y otros han transitado más de un siglo de luchas sociales y políticas ocupando puestos de combate en la misma trinchera. La línea divisoria no pasa, para nosotros, por el sinuoso y escurridizo margen de las sutiles disquisiciones ideológicas, que no despreciamos ni desconocemos. La línea divisoria antagónica e infranqueable pasa por saber que todo proyecto orgánico político debe representar unos intereses de clase nítidos, inflexibles e intransigentes.

De un lado los explotados, del otro los explotadores, los vacilantes y los sectores de clase que sueñan con convertirse en burguesía en el sentido clásico. No existe para nosotros posibilidad alguna de alianzas con sectores de la llamada “burguesía nacional”, en primer lugar porque no creemos que exista de manera “pura” y si existiere, cualquier alianza con ella requeriría de acuerdos programáticos como los que hemos venido criticando desde las primeras líneas de estos apuntes. El proyecto político a desarrollar requiere un objetivo estratégico de liberación del pueblo y de perspectiva socialista y, para ello, es necesario definir cuáles son las fuerzas motrices de dicho proyecto.

Este proyecto de desarrollo no capitalista que tienda a una radical reconversión de la tenencia de la tierra y de los resortes productivos, financieros, sociales y culturales apunta a la abolición de la explotación del hombre por el hombre y en dicho proyecto no tienen cabida los sectores de la sociedad que aspiran a un reacomodo de sí mismos en un proyecto desarrollista en el marco capitalista. Por todo esto es que sostenemos que deben concebirse las instancias de organicidad política del pueblo de una forma radicalmente diferente a lo que se ha conocido en nuestra comarca en el siglo XX. De igual modo, reconocemos que, más allá de la necesidad de un partido de combate marxista-leninista (cuestión sobre la que hemos desarrollado algunos documentos) la unidad de acción del pueblo requiere, producto de ese materialismo histórico concreto al que hemos hecho referencia, de un frente político de características también particulares. ¿Cuáles? Veamos.

El Frente Amplio del 71 nació con un carácter marcado claramente por un rasgo principalísimo; el hecho de que, desde la base, desde los Comités de Base, se generara un movimiento arraigado en el corazón del pueblo y se desarrollara una estructura horizontal donde la unidad de acción perfiló gérmenes de unidad orgánico-política de cierta solidez y amplitud es un aspecto positivo a considerar; no obstante esto, el carácter de coalición, las diferencias y divergencias entre las concepciones finalistas de sus organizaciones y el acento en lo electoral a partir de los años 84, 85, marcan rasgos negativos y atenuadores del potencial de su rasgo anterior.

Quienes militamos en el Frente Amplio en décadas pasadas conocemos lo que significó la lucha por el control de los organismos de base, de los aparatos, de los resortes de representación a instancias intermedias y superiores; los partidos se comieron los comités; la coalición absorbió el movimiento. Las bases perdieron capacidad de incidir realmente en las instancias de decisión y los Comités pasaron a ser poleas de transmisión de las fuerzas hegemónicas en cada caso y circunstancia.

Una formidable y potencialmente revolucionaria herramienta germen de poder popular se reabsorbe en el típico “club político”. Creemos que existieron varios aspectos complejos e interactuantes que se combinaron para llevar a la crisis de participación y representatividad de las bases en la izquierda frenteamplista que se arrastra y profundiza hace más de quince años, y estos aspectos no hay que verlos solamente a la luz del sectarismo, el hegemonismo y el aparatismo; es, para nosotros, mucho más compleja la dinámica que lleva a la progresiva “neutralización” de las bases y sus organismos; es su causa, como en toda situación dialéctica, endógena y producto del desarrollo de contradicciones prefiguradas desde la génesis del hecho. La combinación de una doble estructura, de base y unitaria, con organismos comunes y acciones comunes y la existencia de organizaciones políticas diferenciadas con sus respectivas orgánicas y la doble pertenencia de un alto porcentaje de militantes a dichas instancias (las comunes y las particulares), necesariamente harían crisis en la medida que las diferentes estrategias y tácticas sectoriales fueran cobrando diferentes pesos relativos en su desarrollo.

No por efecto de la casualidad, posteriormente a las elecciones de 1984 comienza a darse un proceso en el cual, producto del predominio de la “Lista 99” en lo electoral y en contradicción con el fortalecimiento, luego del proceso de “autolegalización” del PCU, de los aparatos de dicha fuerza y el creciente control en aspectos vinculados con la estrategia frentista por parte de los comunistas, sucede una primera crisis de ruptura; esta ruptura, analizada a la luz de casi dos décadas, permite comprender hoy que respondía más a cuestiones de ingeniería política y control del poder de los aparatos de decisión de la coalición que a profundas divergencias ideológicas. De hecho el propio PCU ya en ese entonces comenzaba a mostrar los signos visibles de cuestiones principalísimas no saldadas, vinculadas con aspectos de la resistencia al golpe y la dictadura; asimismo ya resultaba por demás evidente como comenzaba a predominar en la dirección y en el control de los aparatos comunistas el ala más reformista y renovadora.

Citamos estos dos elementos porque resulta sintomático que pese a estas crisis que, trascendiendo lo particular y afectando al conjunto, no significaron por sí mismos elementos de verdadera fractura a nivel de base ni resultaron en menoscabo de la mística frenteamplista y el sentido de pertenencia. Cuando se retiraron la “99” y el PDC del Frente Amplio, la mayoría de sus militantes de base continuaron en la coalición y se siguieron sintiendo frenteamplistas. Cuando estalla el PCU (que no sólo se fracturó entre “históricos” y “renovadores” sino en diversos fragmentos aún hoy no recompuestos) todos los ex miembros de dicho partido y los que permanecieron en dicho partido, se reconocían como frenteamplistas. Estos apresurados razonamientos apuntan a comprender que es más fuerte el sentimiento de pertenencia al todo que a la parte y que es más sólida y permanente la cuestión emotiva que la racional. Sin estos aspectos es difícil comprender cómo el Frente Amplio continuó creciendo electoralmente y como hoy continúa convocando a importantes sectores de pueblo. Podrá afirmarse que el rebajamiento sucesivo de los programas explica el crecimiento, el reacomodo y el acceso al gobierno de la coalición pero todo ello no explica el sentimiento de pertenencia a una colectividad que aún pervive en amplios sectores populares.

Como en el fútbol, el amor a la camiseta puede más que la evidencia de que nuestro equipo hace agua por todos los costados y esto es así porque existe un sentido de pertenencia a una colectividad. Los partidos tradicionales blanco y colorado sobrevivieron décadas convocando más por un sentido atávico de pertenencia a las divisas que por cuestiones programáticas. El Frente Amplio, devenido en un partido tradicional más, en lo peor de este significado, sobrevive -de igual manera- al vaciamiento programático y organizativo. Del mismo modo los sectores oportunistas y los clasistas y todos sus militantes, los más moderados y los más radicales se identifican en un imaginario colectivo, común y frenteamplista.

¿Por qué se desplazó a los partidos tradicionales del gobierno? ¿Cómo lograr que el proceso de somnolencia y encandilamiento popular en relación con el Frente Amplio y su gobierno sea lo más breve posible? ¿Cómo desarrollar una fuerza política popular y clasista unitaria que recupere la mística afincada en el imaginario colectivo de izquierda y potencie, en un sentido revolucionario, las reservas morales del pueblo? ¿Es posible semejante proeza organizativa? Es necesario y si es necesario será posible. Las respuestas serán colectivas o no serán.

RECUPERAR LA MISTICA DE LUCHA POPULAR
Programa mínimo, plataforma de acción y tareas inmediatas

Hemos estado, los últimos veinte años, inmersos en el absorbente laberinto de la conquista electoral; de una concepción de amplitud y profundidad se pasó a un frentegrandismo de difuso contenido de clase (aún más que lo anterior) y luego a un alocado “abarcatodismo” que significó en los hechos la pérdida de lo poco que quedaba del carácter popular, antioligárquico y antimperialista. La necesaria y posible acción constructora de las herramientas políticas de clase no será solamente producto de la elaboración teórica ni de la elucubración intelectual. Si bien es cierto que la voluntad requiere de la convicción y esta demanda insistir en la necesidad de promover el intercambio entre las fuerzas y compañeros comprometidos con los cambios profundos, estas cuestiones cristalizarán al calor de la lucha concreta por objetivos concretos.

Estos objetivos están trazados hace décadas y son hoy más vigentes que antes; de lo que se trata es de recomponer un abanico de fuerzas sociales y políticas que, resguardando su pertenencia a los sectores explotados por el sistema, comience a levantar un programa y a trazar acciones sostenidas desde lo reivindicativo particular en relación con las necesidades generales del pueblo, acudiendo a esa mística que perdura y que perdurará más allá de la bancarrota del Frente Amplio y su gobierno entreguista.

Estamos casi a dos años ya del comienzo del periodo de gobierno y a tres años del final del mandato de Vázquez; creemos que es hora de preguntarnos y preguntar si estamos haciendo todo lo posible y todo lo necesario para unir a la izquierda clasista dispuesta a transitar en la senda de liberación social del pueblo y si estamos pensando más en el todo que en la parte. Nuestra izquierda está fragmentada, dispersa y relativamente aislada; superar los dos primeros aspectos de esta ecuación está en nuestras manos y de la superación de ellos depende, en parte, la solución del tercer aspecto.

Creemos que el Frente Amplio como proyecto político es un camino muerto y que la permanencia en el mismo dañará a las fuerzas que honestamente mantienen los principios fundacionales y asimismo atrasará al conjunto y al imprescindible trabajo por la unidad de las fuerzas clasistas; de igual modo la necesidad de la unidad orgánica requiere de cada agrupamiento y cada compañero; que estas fuerzas se agrupen en una sola columna que nos trascienda y nos supere dialécticamente en una síntesis necesaria y urgente no depende en particular de ningún espacio y esta mayúscula e histórica responsabilidad trasciende a los compartimentos estancos. La causa de los pueblos no admite la menor demora.

Del Consultivo de Dirección de la Columna Artiguista de Liberación.