24 de agosto de 2019

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BOLIVIA: ¿ES EL FIN DEL PROCESO DE CAMBIO?

Andrés Gómez Vela (*).

13 de octubre de 2011

¿Cuándo acaba una revolución? Cuando sus postulados son traicionados por los líderes que conducen la rebelión. Se llega a este extremo cuando no se cumple lo que se dice, se anuncia o se escribe. Ejemplo, si en la Constitución se postula el Estado Plurinacional, comprendida como la convivencia pacífica y armónica entre diferentes naciones en un Estado, sin sobreponer intereses de una sobre otra y respetando formas de vida de sus habitantes, los revolucionarios deben cristalizar lo que han escrito en la vida real. Si no lo hacen, dejan de ser revolucionarios.

¿Cuándo termina un proceso de cambio? Cuando el líder circunstancial proclama al mundo que “los derechos de la Madre Tierra son más importantes que los derechos humanos”, reclama a los organismos internacionales aprobar los derechos de la Pachamama cuanto antes y grita a todo pulmón “Planeta o muerte”, pero llegado el momento de la prueba real, como en el caso del Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS), ni los derechos de la Madre Tierra ni los Derechos Humanos son más importantes que las aspiraciones de un privilegiado grupo y el capital transnacional que elige muerte y no planeta.

¿Cuándo acaba una revolución? Cuando se lucha durante décadas contra el poder abusivo, destructivo, excluyente, triturador de la moral de los pueblos más sojuzgados; sin embargo, cuando se llega a ese mismo despreciado poder se procede del mismo modo, con las mismas armas políticas, con iguales maquinarias mediáticas y se usa el mismo truculento lenguaje que usaban aquellos contra quienes se supone que pelearon para no escuchar ni sufrir más frases que salen como escupitajos de un aterrador desprecio, como el término “salvajes” usado por Francisco Roberto Pizarro Coraite contra las naciones mojeña, trinitaria y tsimán. Merece ser procesado por la ley contra el racismo.

¿Cuándo termina un proceso de cambio? Cuando se procede del mismo modo que los neoliberales a quienes se criticaba y se combatía por haber aprovechado el Gobierno y el Estado para beneficio suyo a través de leyes, decretos o reglamentos como lo hizo Gonzalo Sánchez de Lozada al formular un Código Minero en favor de su actividad o Hugo Banzer y su esposa al convertir la Aduana en una billetera personal.

Aquellos “luchadores” (a quienes no vimos por cierto enfrentarse a la represión neoliberal) ya aprobaron una ley de chutos para beneficiar a “sus bases” y están tentados de hacer lo mismo con la nueva ley de la coca.

¿Cuándo acaba una Revolución? Cuando el poder deja de ser un medio y se convierte en un fin maquiavélico y sus usurpadores se aferran con uñas y dientes para legar sus cargos a los hijos de sus hijos y a los nietos de sus nietos, como solían hacerlo aquellos contra quienes se hizo la revolución. He aquí el gran mal. Si cumplieran sólo en lo mínimo la cosmovisión andina de la rotación de cargos, no darían dádivas ni reproducirían beneficios ni tendrían mimados ni preferidos pensando sólo en las próximas elecciones.

¿Cuándo termina un proceso de cambio? Cuando los conductores de ella atentan contra el origen de su vida política o la cuna de sus sueños de poder; en resumen, cuando desconocen y olvidan quiénes los encumbraron en el cargo que ostentan ahora.

¿Cuándo acaba una Revolución? Cuando se gobierna desde las oficinas o un avión de 40 millones de dólares, inaugurando canchas de césped sintético, obras nimias y se pierde todo contacto con la vida real, entonces se dicta un gasolinazo o se cree que el país va bien.

Cuando se llega a este extremo, se hacen añicos los sueños colectivos de bienestar, entonces la revolución se convierte en restauración, no por el retorno de la oligarquía expulsada, sino por la reproducción de sus amañadas “prácticas”. Ergo, la revolución queda fuera y la contra-revolución, en el poder hasta que termine su periodo constitucional.

¿Es el fin del proceso de cambio?

(*). Andrés Gómez Vela es un periodista boliviano.