25 de octubre de 2018

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LA MUJER, FUENTE DE LA HISTORIA

Por: Gastón Martínez R*.

12 de marzo de 2010

(Del libro El Papel de la Mujer en la Lucha por la Unidad de Nuestra América)

Es significativo para mí participar en este encuentro sobre el papel de la mujer en la lucha por la unidad de nuestros pueblos latinoamericanos a pocos días de haberse conmemorado el día internacional de la mujer. Mi intervención se refiere a algunos aspectos históricos que tal vez ustedes conozcan pero que considero útil restablecer; unos relacionados con dicha conmemoración y otros, a la manera de una simple mención, que nos permitan valorar la importancia de la lucha social y política de la mujer en ciertos hechos que han modificado el curso de los procesos sociales. Si bien no abordaré en esta breve intervención otros hechos que revelan el peso económico social y cultural de la mujer latinoamericana de nuestro tiempo, quiero dejar constancia de su papel en esos campos es no solo fundamental sino en algunos aspectos determinante.

Es común en nuestro país que a las mujeres se les conmemore ritualmente, al margen de su realidad económica política y social y fuera del contexto histórico de sus luchas más significativas. Cuando la ideología dominante es además la de la clase dominante, se genera una suerte de obnubilación o falsa conciencia social respecto al tema de la mujer.
En la medida en que la sujeción y opresión hacia ella se vuelven cada día más evidentes y objetables, en nuestro país se producen desde los aparatos ideológicos de Estado frecuentes loas a la mujer y se resaltan ciertos papeles secundarios que juega en lo social y en lo político, amén de los consabidos biológicos y familiares.

No deja de estar presente el recuerdo de algunas luchas, pero se suele rescatar aquello que no desborde los marcos en los que se desenvuelve la ideología dominante y el régimen existente. Y en todo caso, esa lucha supuestamente reivindicada a la que se alude como muestra de un reconocimiento superficial, es valorada por quienes ejercen el poder en tanto se acote en mera rebeldía que, en su redundancia feminista, termine por asimilarse en nuevas formas de subordinación a la ideología burguesa y por ende al hombre.

Es cada día más frecuente en nuestro país que, desde las instituciones del poder, algunas mujeres pudientes beneficiarias de la desigualdad existente, promuevan desde puestos públicos como funcionarias gubernamentales, empresarias, artistas o dirigentes de agrupaciones religiosas, de beneficencia y otras -a veces con mayor éxito que el hombre- aquella subordinación y la preservación del régimen de explotación, de la cual la mujer es victima principal.

Por ello queremos recordar algunas luchas que nos parecen trascendentales, y que dan cuenta de que las aspiraciones y participación política y social femeninas desbordan a menudo lo que convencionalmente se recuerda de ellas.

La historia feminista como presente
La lucha histórica de la mujer por su emancipación y la de la sociedad toda es la primera lucha social y de clases.1 Federico Engels en referencia al manuscrito de La Ideología Alemana, que tanto Marx como él habían redactado en 1846 dice: “Encuentro esa frase: <>. Y hoy puedo añadir: el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino.”[2]
El desarrollo del capitalismo trajo consigo el de la razón y la ciencia, una nueva y compleja división del trabajo y la separación entre el centro de trabajo y el hogar. La Revolución Industrial es el marco histórico en el que inicia socialmente el empleo de los niños y las mujeres en la industria y otras actividades en donde el capital requiere fuerza de trabajo flexible y barata. La situación de la mujer reflejará ya para aquella época la de la miseria general. Es por ello que la lucha de la mujer cobra importancia a partir de entonces.

Se acepta entre quienes han estudiado el tema que es en los siglos XVII (ante el pujante capitalismo naciente, cuando los británicos Hobbes y Locke proponen el reconocimiento de los derechos de las mujeres, pero sólo a las de la nobleza) y XVIII, con el desarrollo del pensamiento socialista, cuando se forjan dos corrientes principales en la lucha de la mujer. Una posición pone el acento en la necesidad de emancipar a la mujer a través de la educación y acentúa el papel del hombre como liberador y, otra, vinculada a los movimientos populares y progresistas, considera la lucha de la mujer una lucha global por humanizar a la sociedad.

El socialista Fourier dijo entonces que: “El grado de emancipación de la mujer es la medida natural de la emancipación general”. Los saint–simonianos y otros socialistas utópicos piden el cambio en las relaciones personales y sexuales, y pugnan por la inseparabilidad de las reivindicaciones de la mujer con las de la sociedad toda. En contraposición destaca en la izquierda de entonces la posición de Proudhon y otros anarquistas antifeministas que insisten en mantener a la mujer en el ámbito privado.

Flora Tristan propone en 1843 en su libro La Unión Obrera la formación de una Internacional Obrera Mundial, idea que retoman dos décadas después Marx y Engels. Tristan propone la familia como eje de las relaciones sociales; una nueva relación hombre mujer, y la necesidad de la elevación de la educación intelectual y técnica de la mujer obrera.

La Revolución Francesa de 1789 y, casi un siglo después, la Comuna de París en 1870 y 1871 contaron con amplia participación femenina. Masas de mujeres en lucha, muchas veces armadas, y en ocasiones batallones únicamente femeninos estuvieron presentes de aquellas memorables gestas de hombres y mujeres que cambiaron el mundo.

En la segunda mitad del siglo XIX el nuevo papel social y político de la mujer es crecientemente reconocido y reivindicado por las fuerzas progresistas de Europa y cada vez más en otras partes del mundo en donde se lucha por cambios en las condiciones sociales y/o se gestan procesos revolucionarios. Nicolai Gavrilovich Chernishevski, al que pese a sus concepciones utópicas Lenin llamó “un gran socialista ruso” precursor del bolchevismo, escribe en la cárcel y publica en 1864 su novela ¿Qué Hacer?, la que siguiendo la tradición rusa de hacer de la literatura un vehículo para la difusión de las ideas filosóficas y sociopolíticas, reivindica el papel revolucionario de la mujer en su personaje Vera Pavlovna.

En 1910, frente al Segundo Congreso Internacional Socialista en Copenhague, Clara Zetkin, pidió se reconociera el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer; propuesta que recibió el apoyo inmediato de Lenin, de Rosa Luxemburgo y de la mayoría de los sindicalistas ahí reunidos. Desde entonces lo celebran las fuerzas progresistas del mundo. Y, a partir de la reunión internacional realizada en 1975 en la Ciudad de México, la ONU hace suya la conmemoración, a pesar de lo cual en los Estados Unidos y otros cuantos países no se ha reconocido ni se celebra oficialmente.

En 1913, bajo la brutal represión zarista, un amplio grupo de obreras rusas se reunieron en secreto para conmemorar el 8 de marzo (23 de febrero en el viejo calendario ruso). Muchas de ellas fueron aprehendidas y encarceladas. En 1917 estalla en Rusia una huelga de obreras, con ello estas trabajadoras contribuyeron al levantamiento general, que pocos meses después produce el triunfo revolucionario.

En 1936 más de treinta mil mujeres se manifestaron el 8 de marzo, en apoyo a la República Española. Ese día Dolores Ibarruri “La Pasionaria” declaró: “En el Día Internacional de la Mujer nuevamente proclamamos en voz alta nuestra protesta [...] Queremos vivir libres, queremos vivir por la revolución [...] para que España deje de ser un país en el cual la alegría externa y el sonido de la guitarra ayuden a ocultar el sufrimiento milenario de mujeres esclavizadas”. En 1938 muy poco antes de la invasión alemana a Checoslovaquia, las mujeres obreras de Praga celebraron su día con lemas antifascistas y banderas rojas.3

En 1970, los Tupamaros en Uruguay liberaron a 13 mujeres presas políticas en conmemoración del día de la mujer el 8 de marzo. En 1973 y nuevamente el año siguiente, decenas de miles de mujeres vietnamitas tanto en el norte como en el sur se manifestaron el 8 de marzo y se comprometieron a derrotar al imperialismo estadounidense. Ese mismo día de 1975, fue promulgado el Código de la Familia en Cuba, que hasta nuestros días sigue siendo un marco ejemplar de la lucha por la emancipación femenina.

Durante aquellos años setenta y la década de los ochenta la lucha de los pueblos centroamericanos tuvo como protagonista principal a decenas de miles de mujeres, que en muchos casos dieron su vida por la causa de revoluciones que pese a no haber triunfado, –como sucedería a la mayoría de los procesos revolucionarios en el ocaso del siglo XX–, quedan como esfuerzos y experiencias en las que nuestros pueblos pueden abrevar, en tanto aspiran y luchan por terminar con la explotación y las desigualdades que perpetúan la pobreza, la dependencia y el subdesarrollo y junto con ello la opresión de la mujer.

México, una historia llena de mujeres
La presencia de la mujer en el proceso histórico mexicano es vigorosa, y no es sino en los últimos lustros que empieza a reconocerse así en la historia oficial y para-oficial, gracias a las luchas recientes de mujeres que insisten en el reconocimiento de su aporte económico, social, político y cultural que hasta nuestros días gran parte de la sociedad mexicana les ha negado.

Recordaré brevemente, sin el ánimo de hacer un recuento histórico y sólo a manera de ejemplos, algunos hechos que revelan la fuerza de las mujeres en la forja de la nación y su entrega a las causas populares más genuinas:

Durante la revolución de Independencia además de la conocida destacada participación de Leona Vicario y de Josefa Ortiz de Domínguez, habría que recordar a Manuela Medina “La Capitana” que encabeza siete importantes batallas; a María Tomasa Estéves y Salas que subleva a la tropa en Villa de Salamanca, por lo cual es decapitada; a María Fermina Rivera que muere combatiendo en Chihuahua en 1821; o a Gertrudis Bocanegra de Lazo de la Vega que es fusilada en 1817 por su apoyo activo a la lucha popular por la Independencia. Durante la Reforma y la Intervención francesa destaca la indígena Agustina Ramírez.

El capitalismo se convierte en el modo de producción dominante precisamente durante La Reforma, esto es entre los años cincuenta y ochenta del siglo XIX. En la sociedad rural de entonces la mujer juega un papel económico fundamental. A las ciudades acuden como sirvientas y como fuerza de trabajo requerida pero discriminada. Para 1860 se empieza a utilizar la mano de obra femenina en las industrias textil y tabacalera en expansión. En 1880 Carmen Huerta preside el Segundo Congreso Obrero; y en la huelga de Río Blanco destaca la participación de Lucrecia Toriz.

En 1903 Juana Belén Gutiérrez de Mendoza, hija de indígenas vende sus borregos para comprar una imprenta y funda el primer periódico femenino anticlerical y antiporfirista llamado Vésper, cuya función principal es la de defender a los mineros de Guanajuato.

Vésper fue un “periodiquito no mayor que un pliego de carta”. Otra insigne publicación revolucionaria: el periódico Regeneración que dirige Ricardo Flores Magón, reconoce a la redactora de Vésper cuando dice: “Ahora que muchos hombres flaquean y por cobardía se retiran de la lucha, por considerarse sin fuerzas para la reivindicación de nuestras libertades; ahora que muchos hombres sin vigor retroceden espantados ante el fantasma de la tiranía y llenos de terror abandonan la bandera liberal para evitarse las fatigas de una lucha levantada y noble, aparece la mujer con ánimos y valiente, dispuesta a luchar por nuestros principios, que la debilidad de muchos hombres ha permitido que se pisoteen y se les escupa.”4

En la Revolución Mexicana la mujer no solo fue aguerrida combatiente: “Adelita” o “Soldadera”, sino que jugó un papel trascendental en las diversas tareas, sin las cuales tal vez el proceso revolucionario no hubiera tenido posibilidades de triunfar: jugó un papel fundamental en el sostenimiento del campo y de las familias, fue correo, periodista, guardián de los hijos y de poblaciones, administradora, maestra, proveedora de las tropas, etcétera.

Además de las notables precursoras de la Revolución las hermanas Serdán que mueren defendiendo la causa revolucionaria en la ciudad de Puebla días antes del levantamiento armado, Carmen Alanís se levanta en armas en Casas Grandes, Chihuahua, y en la toma de Ciudad Juárez participa encabezando a 300 hombres. Ramona Flores ocupa el cargo de jefe de Estado Mayor de una columna carrancista que operaba en el noroeste.

Juana Gutiérrez Mendoza y Dolores Jiménez y Muro fueron dos coronelas zapatistas, Dolores Jiménez además participó en la redacción del Plan de Ayala; Aurelia Rodríguez fue correo del nunca doblegado [ hasta nuestros días] Ejército del Sur; “La China” comandó un batallón de viudas, hijas y hermanas de zapatistas muertos en la lucha; otras zapatistas que por aguerridas la prensa contrarrevolucionaria atacaba frecuentemente como <>, <>, <>, fueron la Coronela Pepita Neri y la Generala Jovita Valdovinos.5

Amen de que en plena lucha revolucionaria se realiza el Primer Congreso Feminista, no solo de México, sino tal vez precursor en América Latina. Este Congreso fue convocado en octubre de 1915 por el gobernador socialista del estado de Yucatán, el General Salvador Alvarado, se realiza en Mérida, capital de ese estado, en enero de 1916.6

En este Congreso Feminista, recuerda la historiadora Patricia Galeana, se pide el voto de las mujeres. Esa demanda es replanteada por algunos diputados en el constituyente de 1916 y 1917, y el ejercicio de ese derecho no se logra en nuestro país sino treinta y cinco años después, con el agravante de que, como sucede con el del resto de los ciudadanos, durante varios sexenios ulteriores su voto muy poco cuenta y tampoco se respeta plenamente.

Al finalizar la lucha armada y una vez promulgada la Constitución las luchas de las mujeres encuentran nuevos y prometedores cauces. El nuevo marco legal reconoce entonces sus derechos económicos, sociales y laborales. En los años veinte incrementa su participación social, empezando por la construcción y reorganización del nuevo Estado, de la economía y de las tareas socioeconómicas de la época. Su presencia principal en los distintos trabajos de gobierno y particularmente en la educación pública y en la salubridad pública, creadas e impulsadas a partir de la revolución será cada día más importante hasta llegar a ser decisiva en el cardenismo.

Desde principios de los años treinta en el estado de Michoacán, siendo gobernador Lázaro Cárdenas, llama la atención el impulso a la organización y participación de la gente, particularmente trabajadores, campesinos e indígenas y crecientemente mujeres en la toma de decisiones en sus lugares, en sus actividades y no pocas veces en los asuntos de gobierno a través de la Federación Michoacana de Trabajadores, que el propio gobierno estatal impulsa y apoya.

Una vez que Cárdenas asume la presidencia del país, la presencia y participación de la mujer se proyecta como nunca antes. Participa, aunque de manera todavía reducida, en la construcción de las nuevas instituciones educativas y culturales (INBA, IPN, la Escuela de Agricultura –Chapingo–, INAH, etcétera); crece rápidamente su presencia y contribución en la educación básica y media; apoya activamente y tiene cada vez mayor presencia en derredor de las medidas nacionalistas progresistas que lleva adelante el gobierno de Cárdenas como la reforma agraria, la expropiación petrolera, la nacionalización de ferrocarriles, la creación de la Comisión Federal de Electricidad entre otras, y el impulso a la organización de los trabajadores del campo y de la ciudad.

La incorporación de la mujer a la educación no tiene precedentes. Para 1940 los datos básicos de la enseñanza elemental y media dan cuenta de 153,630 hombres alfabetizados y 71,362 mujeres, lo que si bien refleja desventaja para las mujeres, no habría que olvidar que se venía de una situación en la que las mujeres alfabetizadas eran una de cada diez. Amén de que se apoyan las escuelas “Amiga de la Obrera”5.

El más de medio siglo que corre de entonces a nuestros días dará cuenta de que la mujer es ya un artífice fundamental del país en todos los ámbitos económicos, sociales, políticos, culturales y en la formación de la conciencia nacional. Se ha abierto paso en condiciones sumamente difíciles, puesto que los gobiernos poscardenistas abandonaron el apoyo a sus luchas y la defensa de sus derechos, los que sin embargo las mujeres cada día más exigen su respeto, y si no es así cada vez más frecuentemente ejercen esos derechos “sin permiso”.

Luchar para avanzar
El siglo XX y los inicios del XXI son escenario del fortalecimiento de una conciencia social cada vez más amplia respecto a los problemas no resueltos en la situación de explotación y opresión de la mujer.

Son las luchas políticas, sociales y destacadamente culturales de las mujeres las que han abierto mejores condiciones para avanzar en algunos países de Nuestra América, como las que hoy se libran, en muy complejas pero mejores condiciones para avanzar en Brasil, Venezuela, Ecuador y Bolivia o en ciudades como Montevideo y la de México entre otras.

Sin embargo los obstáculos a estas luchas y a las causas genuinas de la mujer también se intensifican. Las fuerzas conservadoras, que ejercen el poder en gran parte del continente, despliegan en nuestros días un trabajo ideológico sin precedentes, ahora apoyados en medios de información más sofisticados y con una amplísima cobertura.

Pretenden aquellas fuerzas cooptar la voluntad de participación social y política de las mujeres, encauzando su interés y actividad en torno a ciertos asuntos que las alejen de la “tentación” de vincular sus demandas y sus luchas con las de los desposeídos: los trabajadores y otros segmentos sociales explotados y discriminados y que padecen como ellas formas diversas de opresión social, como es el caso de los indígenas, los desempleados, los niños explotados y pobres, etcétera. Y en el aislamiento de las distintas luchas sociales, evitar su politización y vinculación con otras fuerzas y organizaciones políticas independientes.

En los últimos años, no obstante, se multiplican en Latinoamérica diversas organizaciones encabezadas por mujeres que luchan, por ejemplo, por la justicia en el caso de los asesinados y desaparecidos políticos, como las Madres de la Plaza de Mayo, o EUREKA; o como en el caso de nuestro país, la creciente ola de protestas y nuevas formas de lucha en torno a los repudiables asesinatos de cientos de mujeres en Ciudad Juárez. Ante los cuales, por cierto, los gobiernos federal y estatales ahora frecuentemente se declaran preocupados pero obviamente no hacer lo necesario para poner fin a los horrendos crímenes, lo que propicia cada vez más el descontento ciudadano.

La creciente participación económica y social de la mujer y la preservación de los roles tradicionales de subordinación, propicia condiciones para el avance de su lucha. Hoy ya cerca del 40% de la población económicamente activa en México es femenina; en la economía informal como en la industria maquiladora, en la educación y en otras importantes actividades son ya varios millones de trabajadoras representando en ellas la indiscutible mayoría; las mujeres son ya el 45% de los estudiantes de nivel superior y su participación como profesionistas es creciente. Pero a la vez sus salarios son evidentemente menores respecto a los del hombre en trabajos similares, igualmente las oportunidades de empleo y la promoción a puestos de más responsabilidad y salario siguen seriamente rezagadas, a lo que habría que agregar la reconocida doble jornada y el crecimiento del número de madres solteras, responsables únicas de ya millones de hogares.

Las mujeres, sin embargo, cada día cobran también mayor presencia en las organizaciones que juegan un papel central en las luchas de nuestros pueblos, como es el caso de las comandantas zapatistas del EZLN, o las de cada vez más mujeres en diversas organizaciones políticas y de masas en lucha. Y como lo demuestra la historia es en esos procesos en los que la mujer puede avanzar hacia su liberación en tanto se imbrique con la de la sociedad en su conjunto.

(Asociación por la Unidad de Nuestra América)

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