25 de octubre de 2018

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LO IMPORTANTE ES LA LUCHA CONTRA EL IMPERIALISMO

Por: J.M. Álvarez.

28 de abril de 2007

Los gobiernos de los países capitalistas desarrollados tienen la inveterada costumbre de llenarse la boca con las palabras democracia y derechos humanos. Tanto hablan de eso, recomendando y dando lecciones al mundo entero sobre la materia, que resulta sintomático. La realidad es que detrás de esos alardes de falsa honradez, se esconde una estrategia monstruosa con la que justifican sus crímenes y guerras coloniales de expolio.

El neoliberalismo armado utiliza el terror de la guerra preventiva como método para dilatar su inevitable desaparición. Su barbarie no conoce límites, y así lo demuestra el brutal asesinato de Sadam Hussein ordenado por la Casa Blanca. La violencia irracional del imperialismo contemporáneo es similar al de la Alemania nazi del siglo pasado. El pensamiento neoliberal, en plena decadencia, deviene, necesariamente, en fascismo porque no tiene otro camino para prolongar su hegemonía. El desprecio al Derecho Internacional, las masacres sistemáticas en Afganistán o Palestina y, sobre todo, el genocidio de Iraq, son pruebas de ello.

Este fascismo moderno, o “democracia” occidental de la burguesía, enajena a las masas, aviva el nacionalismo reaccionario -que nada tiene que ver con el legítimo nacionalismo de los pueblos ocupados- y exacerba el odio racial de clase. Por si fuera poco, los imperialistas inculcan ese racismo entre los trabajadores de sus países para enfrentarlos con sus hermanos de clase del Tercer Mundo. Como consecuencia, aquéllos participan de los mismos planteamientos discriminatorios de sus burguesías y contemplan al inmigrante pobre (no al rico) como un peligroso ladrón que viene a robarles el trabajo. Las matanzas en África “demuestran” que los negros son unos salvajes incapaces de gobernarse; por tanto hay que acudir a ayudarlos a resolver sus problemas y, de paso, expoliar lo que se pueda.

No es de extrañar pues, que la mayoría de los habitantes de Occidente contemplen al mundo islámico -actualmente en el ojo del huracán- con un aire de superioridad que les empuja a utilizar criterios exclusivistas para desacreditarlo. Incluso desde la “izquierda” atea se oyen voces despectivas que acusan a los combatientes musulmanes de enfrentarse al imperialismo, motivados sólo por razones religiosas. Parecen olvidar que el movimiento conocido como Teología de la Liberación, fue una mezcla de ideologías políticas aliadas con la religión cristiana, que plantó cara a las dictaduras de América Latina, dictaduras impuestas por las mismas “democracias” que hoy machacan Oriente Medio. A esos voceros, cómodamente instalados en las instituciones occidentales, no les debe de gustar demasiado que, en el libro Cien Horas con Fidel, el mandatario cubano reconozca que “un lumpen bien preparado puede ser bueno”.

Se cree que, integrados en la Insurgencia iraquí, hay aproximadamente un 10% de combatientes musulmanes de diferentes nacionalidades. Esos voluntarios no se identifican, en su mayoría, con las corrientes religiosas más reaccionarias de los wahabitas de Al-Qaeda (hasta hace poco, fieles aliados de Estados Unidos contra el comunismo). Puede que no tengan conciencia de clase pero no les falta instinto. Quizás carezcan de la necesaria preparación política que les permita identificar claramente al sistema que ocasiona su propia miseria, pero nadie puede negar que están dando un ejemplo de internacionalismo solidario luchando- a cambio de nada- junto a los patriotas iraquíes contra el imperialismo y el Gobierno títere instalado en Iraq.

La resistencia de los pueblos oprimidos es un factor que facilita el debilitamiento del imperialismo, por más ropajes patrióticos o, incluso, de orden religioso que porte. A pesar de sus deficiencias políticas y teóricas, y de nuestras posibles diferencias, debemos favorecer la solidaridad activa con la resistencia en el Tercer Mundo, centrada, actualmente, en Oriente Medio y América Latina. Por esa razón hay que evitar que el imprescindible, y permanente, rigor teórico se traduzca en un sectarismo que suponga un obstáculo en la búsqueda por aumentar las posibilidades revolucionarias. Cualquier tipo de resistencia favorece la lucha global contra el imperialismo que pretende imponer a sangre y fuego su pensamiento económico avalado por las oligarquías financieras, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Socialismo o barbarie. No existe otro camino. Todo movimiento real que se enfrente al sistema -ya sea contra sus síntomas o por ‘‘otro mundo es posible’’- trabajará por el socialismo, independientemente de como se etiquete a sí mismo, porque otros objetivos que no signifiquen socialismo no son posibles en la actual etapa de capitalismo decadente.

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