3 de mayo de 2017

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Crónica desde el corazón de la protesta.

EL G-8 DEL LADO DE AFUERA

Por: Leonard Mattioli desde Rostock.

10 de junio de 2007

Questin es un pueblo de unas seis casas y un granero que queda a siete quilómetros de Rostock. Nos levantamos temprano ya que a partir de las 11 de la mañana se realizarían las manifestaciones de apertura de la anticumbre.

(La Jornada). Nuestros compañeros alemanes nos advierten que tengamos los pasaportes a mano, que la policía debe de haber montado varios puntos de control en el camino. No tuvimos que esperar mucho para comprobarlo. Ni bien salimos de la casa para subir a la camioneta, un auto de la policía salió de la nada (sí, de la nada en un pueblo de sólo siete casas). Un rubio con chaleco antibalas amarillo y arma automática a la cintura nos pide documentos. Su compañero espera en el auto. Se sorprenden de recibir además de las identificaciones alemanas, pasaportes uruguayos y brasileños. Mientras el policía que está en el auto dicta por radio los nombres de todos, la edad y demás datos, el que se quedó parado a nuestro lado entre sonrisa y sonrisa hace preguntas como “¿esperan disturbios?”, o afirmaciones del tipo “qué loco, gente de tantos lugares distantes sólo para esto”. A los diez minutos ya estábamos en camino, pero no por mucho tiempo, antes de llegar a la parada del tren local aparecen más policías, y esta vez tienen montado una suerte de piquete. Éstos están vestidos de negro, algunos llevan armaduras antimotines. El proceso se repite pero esta vez nos revisan todo: las mochilas, la camioneta, todo

APENAS UNA GOTA

En la estación de trenes varias decenas de jóvenes con banderas pacifistas esperan en los andenes a nuestro lado. Un grupo de veteranos nos mira de reojo desde la esquina. Nuestro amigo Seba es negro, y probablemente no es común ver alguien así por este lugar. Además estamos nosotros, que decididamente no parecemos alemanes, y de los cinco alemanes que nos acompañan dos usan dreadlocks. La zona está revolucionada. Desde hace semanas muchos medios de comunicación advierten que todo Rostock y alrededores serán copados por radicales de izquierda de todas partes del mundo, perturbando a los indefensos habitantes. Sin embargo las caras de los lugareños no manifiestan miedo sino curiosidad.

El tren está por llegar a Rostock, y adentro no cabe un alfiler. Como si estuviésemos en un ómnibus 125 a las 9 de la mañana, nos amontonamos en el pasillo, apretados. Se hace evidente el corte generacional, muy pocos de quienes vamos en ese tren superamos los 30 años. Al llegar a la estación de Rostock, lo que parecía una multitud se transformó rápidamente en apenas una gotita más en un mar de gente que bajaba de muchos otros trenes. Salir de esos pasillos fue una odisea. Frente a la estación había un gigantesco escenario donde alternaban bandas de hip hop. La conformación del público era de lo más diversa. La casi única característica común era la pertenencia a una franja etaria (aunque por supuesto había veteranos y también niños). En el centro se podían ver banderas del sindicato metalúrgico alemán, a la izquierda banderas anarquistas, también del Partido Comunista turco, alguna bandera palestina y alguna de Israel, nunca cerca una de la otra. Del otro lado de la calle estaban las juventudes del Partido Verde, que son actualmente el ala izquierda de ese partido. También había mesitas al mejor estilo de un Primero de Mayo en Montevideo, con libros, revistas y puestos de salchichas. Hubo varios oradores, incluida Nancy Cardoso del Movimiento de los Sin Tierra brasileño. En los medios se habla de antiglobalización, pero en la movilización, en las reuniones, en los cantos, se habla de anticapitalismo. Cardoso también habló en esos términos.

EN MOVIMIENTO

Apenas comenzó la marcha rápidamente se conformaron “bloques”. Una suerte de grupos de afinidad, casi todos antecedidos por un camión con potentes parlantes donde suena reggae, dub, electrónica o hip hop. Así pudimos identificar el bloque de attac, el de los verdes, los diferentes bloques autónomos, anarquistas (incluido el a esta altura famoso Black Block). Entre ellos, separados o mezclados, iban también grupos de distintos lugares del mundo, desde coreanos que repartían propaganda contra el libre comercio, denunciando principalmente el acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos y Corea, hasta los italianos de Cobas (sindicatos de base) seguidos por banderas de Rifundazione Comunista. Llamaba la atención la cantidad de banderas ecologistas, que podían verse en casi todos los bloques, desde camionetas cuatro por cuatro estampadas sobre tela blanca con el símbolo de prohibido superpuesto, pasando por banderas antinucleares, o simplemente con dibujos de una bicicleta o una turbina eólica. Las banderas pacifistas (similares a las de las cooperativas y a las del movimiento lésbico-gay, pero con el añadido de la palabra “paz” en el idioma de procedencia correspondiente) también están por todas partes.

En casi todas las esquinas nos encontramos con los grupos especiales de la policía. Temibles a simple vista, vestidos con armaduras de plástico verde o negro, algunos encapuchados, con fuertes guantes, rodilleras, escudos, palos y aerosoles individuales de gas pimienta. Entre ellos y nosotros se encuentra la Rebel Clown Army, un colectivo de payasos vestidos como para función de circo que llevan serpentinas, pitos, trompetas, flores y hacen reír a todo el mundo, incluso a algún policía desprevenido. Sobre nuestras cabezas sobrevuelan dos helicópteros. Es fácil distinguir las grandes cámaras que llevan adosadas. La música sólo cesa cuando los cantos suenan fuerte: “Arriba la solidaridad internacional”, “Todo para todos, es decir gratis”, el clásico “Bandiera rossa” en boca de los italianos y eslóganes del movimiento altermundista como “No borders, no nations, stop deportations” (sin fronteras, sin naciones, alto a las deportaciones), “One solution, revolution” (una solución, revolución). Desde el Black Block se escucha “Fuck the police” y la policía sube los escudos cada vez que la marea negra se acerca.

Nuestra manifestación es una de las dos que se encontrarán en el puerto de Rostock. La otra la encabeza el bloque rojo, liderado por el Die Linke (partido de izquierda alemán). Entre las dos columnas rondamos las 80 mil personas. Unas cuadras antes del encuentro presenciamos a los grupos policiales especiales en acción. Una unidad entra a la manifestación en una formación similar a la “tortuga” romana. El objetivo es un payaso del Rebel Clown Army que estaba escribiendo con una tiza “lujuria para todos” en una pared de ladrillos. La marcha estaba poco concentrada, había muchos espacios libres, y por más que varios punk y miembros de Refundazione Comunista intentan rescatar al payaso, la policía se lo lleva a rastras, rodeada de una nube de gas pimienta y cientos de abucheos.

EL AGUA PICA

En el puerto somos miles, hay un gran escenario donde tocarán muchas bandas. “Redemption Song”, de Bob Marley, cantada por una chica catalana, sólo ella y su guitarra, es la música que nos da la bienvenida. Desde atrás se escuchan sirenas. La policía había colocado un patrullero vacío en medio de la calle esperando que alguien lo rompiera, y obviamente alguien lo rompió. Lo dieron vuelta e hicieron con él una gran fogata. Llegaron cuatro camiones lanzaagua. El agua no sólo moja en un día muy frío, sino que también pica, ya que le agregaron un compuesto químico. La ofensiva policial se detiene. La infantería se enfrenta a los del Black Block en un estacionamiento lindero. Pero en el puerto somos miles y casi nadie se mueve, ahí nadie estaba haciendo nada ilegal, sólo manifestando. La bronca es mucha y se nota. Los músicos tocan más alto. Las nubes de gas se disipan y todos seguimos ahí. Los camiones se quedan quietos. Los cuerpos policíacos se retiran nuevamente a sus esquinas.

El clima sigue poniéndose espeso. Decidimos irnos. Nos refugiamos en una ex escuela que funciona como centro de medios independientes: dos radios emiten desde allí, al igual que un canal de televisión alternativo y dos streams por Internet, uno enteramente en alemán y otro internacional, en el que el idioma español cuenta con unas cuatro horas en la tarde. Uno de los programas lo conduce un uruguayo que vive en Berlín, Carlos Castor. Saludo a Castor, tomamos jugo de naranja sentados en la escalera que da al fondo y vemos cómo nos filman desde el edificio de enfrente. Hablamos sobre lo que estamos viviendo; estamos contentos, nerviosos, excitados, como si el mundo estuviera cambiando rápidamente. Sabemos que no es así, o por lo menos no con la velocidad que queremos, pero que sí están pasando cosas importantes, y en una de ésas el futuro no es tan malo como parece.

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