25 de marzo de 2017

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MURIÓ ORIANA FALLACI, TEMIBLE Y FURIOSA CRÍTICA DEL ISLAM.

Por Hinde Pomeraniec - Clarín

22 de septiembre de 2006

(IAR-Noticias, 22 de septiembre 2006). La famosa periodista italiana falleció en Florencia. Tenía 76 años y padecía cáncer. En los últimos años lanzó durísimos dardos contra el mundo musulmán.

Finalmente, "el otro" la venció. Así llamaba Oriana Fallaci en sus libros al cáncer de mama que comenzó a atormentarla hace 15 años. Ella, la entrevistadora temible, la polemista desencajada, la mujer que sugirió que todos los argentinos llevábamos dentro un "enano fascista", murió en la noche del jueves en Florencia, a los 77 años. Había regresado casi en secreto días atrás desde Nueva York, para morir en la ciudad que la vio nacer.

La historia ubicará para siempre la noticia de su muerte en una semana caliente en el terreno de las ideas, con el mundo islámico mostrando su ofensa por las palabras que el papa Benedicto XVI tuvo en relación a la Jihad o Guerra Santa durante su visita a Baviera. Y es precisamente en este territorio de colisión ideológica en el que se movió Fallaci en los últimos años, cuando en apariciones tan esporádicas como escandalosas se erigió en paladín de la defensa cultural de Europa y de Occidente frente a lo que entendía como una inminente amenaza.

Sin embargo, hubo un tiempo en que Fallaci no era una persona atormentada por el temor a los otros y sí, en cambio, una joven partisana, liberal y laica, que enfrentaba desde la resistencia armada frente al fascismo de Benito Mussolini. Su vocación por la palabra escrita comenzó temprano, a los 16 años, en un periódico florentino, e inmediatamente los años de estudio de medicina, carrera que nunca concluyó.

Entre la década del 60 y la del 80 escribió para L’Europeo -un semanario que ya no existe- y fue para esa publicación que cubrió entre otros hechos la guerra de Vietnam y la matanza de Tlatelolco, en México, la cruenta represión estudiantil de 1968, durante la que fue herida de bala. Sus ojos violentamente claros, su generoso pelo lacio y su irresistible acento le ganaban la atención de muchos.

Por entonces comenzó a forjarse la fama de entrevistadora impiadosa, lejos de toda forma de la clemencia. Acorralaba al entrevistado con estudiada agresividad -como bien describió la revista The New Yorker- en una operación de tono bélico. Sus entrevistas no eran charlas productivas entre sujetos inteligentes sino durísimas batallas que a la hora de la publicación la tenían por vencedora. Por ellas pasaron los nombres más espectaculares de la política de la época. El Sha de Irán, Muammar Kadafi, Yasser Arafat, Golda Meir, John y Robert Kennedy, Indira Gandhi, Den Xiao Ping son sólo algunos de los miembros de tan singular panteón periodístico.

Fallaci solía hablar de las montañas de cólera con las que enfrentaba a cualquier persona vinculada con el poder. "Ya venga de un déspota o de un presidente electo, de un general asesino o de un líder amado, veo al poder como un fenómeno inhumano y detestable... Siempre vi a la desobediencia hacia el opresor como la única manera de aprovechar el milagro de haber nacido", escribió. Henry Kissinger, otra de sus "víctimas", se arrepintió luego de su experiencia: "Jamás entenderé por qué accedí".

Fallaci caminó todos los géneros como periodista y también escribió novelas como Un hombre, basada en la historia del griego Alekos Panagoulis, un opositor asesinado durante el régimen de los coroneles y tal vez su más grande amor o Inshallah, basada en la guerra civil en el Líbano.

En ella trabajaba cuando enfermó, en 1991. El cáncer determinó su aislamiento en su departamento del Upper East Side de Manhattan, de donde salió 10 años después, en un ataque de ira luego de los atentados contra las Torres Gemelas.

Allí escribió para el Corriere della Sera un largo artículo que terminó en forma de libro y se llamó La rabia y el orgullo, donde inició su personal defensa de los valores occidentales que continuó en La fuerza de la razón, en donde desarrolló su concepto de la creciente debilidad de Europa ("Eurabia", la rebautizó) ante el islam (nazi-fascismo lo llamaba) con la complicidad de la izquierda tradicional "que permitió hace 15 o 20 años que los musulmanes desembarcaran en nuestras costas por miles". Sus términos ofensivos, brutales y hasta groseros le valieron críticas y juicios.

Sus violentas reacciones y el odio al "otro" se extendieron sobre el final hacia los mexicanos. "Si tuviera que elegir quiénes son peores, si los musulmanes o los mexicanos dudaría un momento; después elegiría a los musulmanes", dijo sin titubear la mujer que, herida durante los disturbios de Tlatelolco, fue defendida de la policía por estudiantes... mexicanos.

Atea virulenta, sobre el final hizo una suerte de verónica con el cristianismo y fue recibida por el Papa el año pasado. Fallaci hacía la guerra porque no tenía paz.

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