12 de marzo de 2017

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Tres estrategias papales para revivir el cristianismo.

Por: Immanuel Wallerstein.

13 de octubre de 2006

Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

(Agence Global). El mes pasado el Papa Benedicto XVI pronunció un discurso en su antigua universidad, Regensburg, en Alemania. Incluyó en él un breve apartado donde citó a un obscuro emperador bizantino del siglo XIV que hacía un análisis hostil del Islam. Este breve apartado fue recibido muy negativamente por el mundo islámico y provocó tanto disturbios como condenas múltiples. El Papa ha pedido disculpas, cuatro veces hasta ahora, que solo han causado más consternación. [En sus excusas] dijo sin paliativos que la valoración acerca del Islam estaba completamente equivocada. Desde este conflicto diplomático los analistas mundiales han estado debatiendo sobre cómo alguien tan inteligente como el Papa ha podido cometer semejante "error". Puede que no fuera un error, sino que fuera deliberado.

Consideremos la naturaleza de la Iglesia Católica Romana. Ha existido durante casi 2.000 años. Es una Iglesia convencida de detentar la verdad, tanto la verdad acerca de Dios como acerca de la necesidad de la Iglesia para lograr los fines de Dios. Cree que su papel es evangelizar el mundo entero y lograr un mundo en el que todas las personas, sin excepción, sean católicos romanos practicantes.

Consideremos ahora su historia como institución. En sus orígenes era una iglesia en expansión en términos del número de adeptos a la fe. Durante mil años se fue extendiendo a un ritmo constante, básicamente por Europa y zonas de Oriente Medio. Entonces, en el siglo XI, se enfrentó a su primera escisión significativa desde el punto de vista cuantitativo, la de las iglesias ortodoxas orientales. Como resultado, la Iglesia Católica Romana quedó en buena parte confinada a la Europa occidental y central. En el siglo XVI la Iglesia se enfrentó a la Reforma Protestante que llevó a la pérdida de la mayor parte del norte de Europa. Y a partir del siglo XVIII empezó a perder católicos practicantes ganados por lo que ella consideraba el cáncer de la laicidad y del libre pensamiento en Europa.

En el periodo posterior a 1945 el número de católicos practicantes en el conjunto del mundo europeo descendió dramáticamente debido a la difusión de los valores laicos. Los católicos no sólo estaban dejando de asistir a misa en los países donde la mayoría de su población era nominalmente católica -Italia, España, Bélgica, Austria, Irlanda, Québec- sino que también descendieron dramáticamente las vocaciones al sacerdocio. Eso ocurrió también en menor medida en la muy católica América Latina donde, sin embargo, la Iglesia empezó a perder terreno frente al Protestantismo evangélico. Con todo, los miembros de la Iglesia seguían aumentando en general en el conjunto de países del sur debido a la combinación de mayores índices de natalidad que en Europa y a un menor atractivo del laicismo. De ahí que la Iglesia ya no fuera básicamente europea; empezó a tener más miembros en el conjunto de los países del sur.

El problema de la Iglesia no ha sido el perder terreno frente a otras religiones. Los católicos no se convirtieron al Islam, judaísmo o budismo. Ni los musulmanes, judíos o budistas se convirtieron al catolicismo. Los problemas de organización de la Iglesia concernían muy mayoritariamente al mundo cristiano. Para la Iglesia el problema ha sido desde 1945 cómo reacciona a esta transformación organizativa repentina y masiva. Ha habido tres estrategias papales diferentes para revigorizar la posición de la Iglesia Católica, las de Juan XXIII, Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Juan XXIII apeló a un aggiornamento de la Iglesia, esto es, "actualizar la Iglesia". El concilio ecuménico que convocó, el Vaticano II, hizo muchos cambios en la práctica de la Iglesia: una visón más flexible acerca de la salvación fuera de la Iglesia, una liturgia menos basada en el latín, un papel mayor de los obispos colegiadamente. Perecía que el objetivo de estos cambios era básicamente responder a las críticas tanto implícitas como explicitas de los católicos del mundo europeo que deseaban que la Iglesia estuviera menos apartada de los valores occidentales contemporáneos. El Vaticano II coincidió en el tiempo con el ascenso de lo que se ha llamado teología de la liberación dentro de la Iglesia, especialmente en América Latina. Ésta parecía tener como objetivo contrarrestar la idea de que la Iglesia había sido partidaria de los puntos de vista políticos ultra-conservadores.

Desde dentro de la Iglesia hubo muchas críticas en el sentido de que estas reformas "habían ido demasiado lejos". Juan Pablo II volvió a poner de relieve los valores católicos tradicionales de la sexualidad, el papel de la mujer en la Iglesia y la subordinación de los obispos al Papa. Atacó a la teología de la liberación y sustituyó a obispos reformistas del conjunto del mundo europeo por otros más tradicionalistas. Su estrategia de renovación parecía centrarse en el potencial de la iglesia en el conjunto de países del sur. Por esa razón hizo un especial hincapié en emprender el diálogo con otras religiones. Parecía pensar que un resultado de ello sería que la Iglesia tendría un mayor acceso a las zonas no europeas.

Benedicto XVI tiene, claramente, una tercera visión. Coincide con Juan Pablo II en frenar el aggiornamento. Pero discrepa de él en que el futuro de la Iglesia dependa del diálogo inter-religioso. Su estrategia se centra en recuperar la base tradicional de la Iglesia, sus raíces europeas. El discurso que pronunció en Regensburg es esencialmente un ataque al laicismo europeo y una petición urgente de reestablecer una doctrina y una práctica completamente católicas en Europa.

Esto concuerda con su anterior crítica a la posible entrada de Turquía en la Unión Europea y su fracasada propuesta de que la constitución europea incluyera una referencia explícita al papel central del cristianismo en Europa. En esta perspectiva, encaja perfectamente el uso de la valoración anti-islámica del emperador bizantino. Se puede ver como una manera de consolidar a Europa frente a un enemigo y, por consiguiente, de animar a todos los cristianos a hacer hincapié en sus raíces cristianas. Parece que para consolidar la base europea estaba dispuesto al riesgo de suscitar la ira islámica.

Tres estrategias, aggiornamento, expansión hacia el sur en su conjunto ayudado por el ecumenismo y consolidar una base europea sobre bases católicas tradicionales. ¿Cuál de ellas, si lo es alguna, será fructífera en el siglo que comienza?.

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