20 de septiembre de 2018

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EVO MORALES: EL INDIO ARISTÓCRATA

Por: Guillermo Mariaca Iturri.

3 de enero de 2015

¿Cuándo sucedió que el prebendalismo social, la resignación económica, la cobardía política, degradaron al sueño? ¿Será que sucede siempre que el poder corrompe a un nuevo proyecto de país? ¿Será que entonces ese poder se obsesiona con su espejo y decide convertirte en su esclavo regalándote vidrios de colores; esas estafas que ahora se llaman reducción de la pobreza, ampliación de la frontera agrícola, industrias minera, petrolera, nuclear, educación pública?.

Hoy los miserables han ascendido a pobres. Pero esa pobreza no se ha convertido en justicia, en igualdad de oportunidades, en empleo formal. Esos pobres son consumidores de bonos, son sujetos de la caridad estatal. Ese 70% de trabajadores informales (gremiales, contrabandistas, cocaleros, cooperativistas) son pobres que viven al día y que no contribuyen a los servicios públicos. Es decir, gente que vota a cambio de vidrios de colores. Los autos chutos son apenas un botón.

Hoy la ampliación de la frontera agrícola y de la frontera extractivista sirve para explotación cocalera, maderera, minera, petrolera, soyera, transgénica. Hoy el extractivismo no es sólo saqueo de materias primas; es extracción de naturaleza. Más grave aún, el extractivismo se ha convertido en un proceso permanente de despojo de territorios, es decir, de un genocidio del mundo indígena comunal y tribal desde el Estado y con la legitimidad del Estado. El TIPNIS es apenas un botón.
Hoy la “industrialización” es la alianza entre el Estado y la lógica más depredadora del capital, es decir, alianza con el capital financiero y el agronegocio. La alianza con el capital financiero profundiza la brecha entre ricos y pobres; la alianza con el agronegocio divorcia al Estado del mundo indígena. La consecuencia está siendo la construcción de la fraternidad indisoluble entre endeudamiento, corrupción, contrabando y blanqueo del narcotráfico.

Al mismo tiempo, esa “industrialización” exige una alianza prebendal con la lógica represiva para militarizar el territorio. Los contratos de los autócratas y las 30000 hectáreas de coca son apenas un botón.
Hoy la educación pública es el proceso de legitimación de esa acumulación salvaje a través de la alienación. El Estado convierte a la educación en un discurso propagandístico que repite sus dogmas. Un discurso que dice que defiende los derechos ciudadanos pero naturaliza su privatización; un discurso que dice que defiende los derechos de los pueblos pero anula la experiencia del bien común; un discurso que dice que defiende los derechos de la mujer pero practica su degradación.

Convierte a la lucha contra el patriarcado, contra el capitalismo, contra la colonización, en adornos discursivos. Y encima decreta que los sujetos oprimidos por esas plagas de la modernidad alaben a la nueva Alianza para el Progreso del siglo XXI.

Los sindicatos vendidos y los dirigentes machistas son apenas un botón. Vivimos los resultados de la mayor acumulación por despojo de toda la historia boliviana. Aquella izquierda clásica que criticaba radicalmente esa práctica de acumulación y las bases conceptuales del capitalismo, el patriarcado y la colonización, ha sido derrotada por un enemigo inesperado: el indio. Pero no un indio cualquiera. No aquel sujeto político del que se espera mayor conciencia por su lugar en el proceso productivo contemporáneo, por su conocimiento vital de la tierra y el territorio. No aquella tradición de opresión –los condenados de la tierra‐ que prueba cotidianamente su capacidad de resistencia. No aquel modelo civilizatorio de complementariedades e incorporación de la diferencia –ecologismo, interculturalidad, igualdad de derechos‐ que tiene todavía rasgos vitales no museificados.

Porque esta es la hora de la Alianza para el Progreso entre el indio aristócrata y el capital financiero: discursos ecologistas que niegan la gestión ambiental; se cita a Marx pero se firma contratos con corporaciones imperiales, se alaba la industrialización pero prevalece el extractivismo, se declara obedecer al pueblo pero se prebendaliza a los movimientos sociales, se consagra a los indígenas pero se invade sus tierras.
Ese indio victorioso no es el indio comunal ni es el indio tribal; ese indio depredador no es el indio en el que radica la posibilidad de un nuevo mundo postcapitalista, postcolonial, postpatriarcal. Ese indio privilegiado es el indio mutado en cocalero, en cooperativista, en gremialista, en transportista, en contrabandista, en bachiller que no sabe leer.

El indio que ha renegado de su corazón natural para vivir con un corazón postmoderno. El indio que ha renunciado a la rebeldía plebeya para poder ser bien recibido en los salones de las aristocracias orientales. El indio apoltronado en el poder regalando los vidrios de colores de la Alianza para el Progreso. El indio privilegiado que ya no quiere ser indio soñador. El indio aristócrata.

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