15 de julio de 2017

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LA CHARLATANERIA DEL PAPA FRANCISCO Y EL BIG BANG

Por: Allen Coyne (La Haine)

11 de noviembre de 2014

La afirmación de que el Big Bang requirió de la participación de dios no es más que una especulación sin respaldo científico basada en obsoletos argumentos teológicos
Una conocida anécdota de la Nueva Inglaterra del siglo XIX habla de Margaret Fuller, una de las primeras feministas y exponente apasionado del movimiento espiritual del transcendentalismo. Un día, ebria de emoción, dejó escapar la frase: «acepto el universo». Cuando dicha sentencia llegó a oídos del filósofo escocés Tomas Carlyle, este añadió displicente: «Por dios, más le vale».

Pese a que la crónica pueda ser apócrifa, si sustituimos a Fuller por el Papa Francisco I y «el universo» por «la evolución», podría decir que mis sentimientos actuales son exactos a los de Carlyle. Pues, según han informado los medios, el Papa Francisco I ha declarado recientemente que acepta el hecho de la evolución.

Por dios, más le vale. La evolución ha sido aceptada como hecho científico desde más o menos 1870, apenas una década después de que Darwin propusiera su teoría, en 1859. Además, existen numerosas pruebas que la respaldan, tal y como he documentado en mi libro Why Evolution is True, y no existe prueba alguna que demuestre la alternativa religiosa de la creación divina. Dado que el Papa Francisco I está intentando impulsar a su Iglesia hacia la modernidad, no estaría bien visto que defendiera el creacionismo.

Pero si analizamos las palabras que pronunció ayer [29 de octubre] Francisco I, declamadas al tiempo que descubría un busto de su predecesor Benedicto XVI, encontramos ostensibles notas reminiscentes del creacionismo. De hecho, la postura oficial creacionista del Vaticano es manifiestamente acientífica: poco más que una combinación de la teoría evolucionista moderna y del particular creacionismo de la Biblia. Verdaderamente, la Iglesia aún no ha entrado en el mundo de la ciencia moderna.

La historia reciente del catolicismo y su postura frente a la evolución está repleta de máculas. El Papa Pío XII concedió que la evolución pudiera ser cierta, pero seguía insistiendo en que los seres humanos somos una excepción ya que dios nos ha conferido almas, una característica de la que no disfrutan otras especies. Y hay algo aún más excepcional en los seres humanos: Adán y Eva se contemplan como los ancestros históricos, literalmente, de la humanidad.

Ambas características se enfrentan manifiestamente a la ciencia. No disponemos de pruebas sobre la existencia de las almas y, además, los biólogos consideran nuestra especie como un mero producto de la evolución natural de especies predecesoras. (¿Y, por cierto, cuándo se supone que ingresaron las almas en nuestro linaje? ¿Las poseía ya el Homo erectus?) Más aún, la genética evolucionista ha demostrado de forma concluyente que no es cierto que provengamos únicamente de dos ancestros: si se consideran los datos actuales de las variaciones genéticas presentes en nuestra especie y se calcula el volumen de la población en el último millón de años, ésta debió ser, necesariamente, de alrededor de doce millones. La noción de Adán y Eva como únicos ancestros históricos de los seres humanos modernos no es más que una ficción —que la Iglesia sigue manteniendo, pero que otros cristianos se afanan, como ya viene siendo costumbre, en transformar en una metáfora—.

El Papa Juan Pablo II era un poco más proclive a aceptar la teoría de la evolución, aunque afirmaba que el «espíritu» humano no podía ser el resultado de la evolución, sino que debía haber sido otorgado por dios.

El Papa Benedicto, sin embargo, era más ambiguo, y de vez en cuando coqueteaba con el diseño inteligente, asegurando que la evolución no era «absolutamente demostrable» ya que no podía reproducirse de forma completa en el laboratorio. (El pontífice, al parecer, era ciego al hecho que existen numerosas evidencias históricas que respaldan la evolución, como los registros fósiles y la existencia de genes no funcionales en nuestro ADN que sí resultaron útiles a nuestros ancestros.) Haciendo gala de su desconocimiento de la teoría de la evolución (que no es un proceso que implique únicamente al azar, sino que es una combinación de mutaciones aleatorias y determinismo en la selección natural), Benedicto afirmó que «[el] universo no es el resultado del azar, como algunos pretenden hacernos creer... Si lo observamos detenidamente, nos sentimos inevitablemente invitados a leer algo más profundo en él: la sabiduría del creador, la inextinguible creatividad de dios».

El apoyo de la iglesia a la teoría de la evolución, por tanto, ha sido siempre ambiguo: al tiempo que concedía que los seres humanos hemos evolucionado, también afirmaba la excepcionalidad humana a través de la exclusividad de nuestra alma. Además, la disciplina histórica que afirma la existencia de Adán y Eva es profundamente acientífica, puesto que resulta imposible que hayamos descendido de únicamente dos individuos, algo que de por sí implica la particular idea de la creación. El Vaticano, en otros términos, sostiene una postura frente a la teoría de la evolución que es en parte científica y en parte «teísta», pues refleja la intervención de dios al haber producido una especie a su imagen y semejanza.

Sin embargo, a Francisco I se le ve como un reformista e incluso los ateos lo alaban por su supuesta visión progresista en temas como la homosexualidad —una postura que aún no ha sido adecuada a la doctrina de la Iglesia—. ¿Acaso las palabras pronunciadas el pasado lunes [27 de octubre] por el Papa apuntaban a un cambio en el posicionamiento de la Iglesia respecto de la teoría de la evolución? Ni por asomo. Aquí está el quid de la cuestión de lo que dijo:

«Cuando leemos sobre la creación en el Génesis, corremos el riesgo de imaginar que Dios es un mago con una varita mágica capaz de realizar cualquier cosa. Pero no es así...

Él creó a los seres humanos y les permitió evolucionar según las leyes internas que confirió a cada uno de ellos, de forma que todos pudieran llegar a realizarse...

El Big Bang, que hoy en día consideramos el origen del mundo, no contradice la intervención del divino creador, sino que, más bien, la requiere...

Dios no es un ser divino o un mago, sino el Creador que ha dado la vida a todo...

La evolución de la naturaleza no contradice la noción de creación, puesto que la evolución requiere de la creación de seres con potencial de evolucionar».

Esta es simplemente la postura tradicional eclesiástica de la evolución teísta no-naturalista, expresada en términos eufónicos, pero que aun así implica alguna forma de creacionismo.

Comencemos por el Big Bang, el cual, dice Francisco I, requiere de la intervención de dios. Estoy seguro de que los físicos aún no han introducido tal factor en sus ecuaciones, ni he leído a ningún físico argumentando que dios fuera un factor esencial en el comienzo del universo. Hoy en día sabemos que este podría haberse originado de la «nada» a través de procesos puramente físicos, si se considera la «nada» como el «vacío cuántico» del espacio desocupado. Algunos físicos opinan también que existen múltiples universos, cada uno con un origen natural distinto. La afirmación de Francisco I de que el Big Bang requirió de la participación de dios no es más que una especulación sin respaldo científico basada en los obsoletos argumentos teológicos de que dios fue la Primera Causa de Todo.

En cuanto a que se «requiere de la creación para poder evolucionar», cabe mencionar que la palabra «creación» no cesa de estar presente en el argumento. Además, lo que Francisco I argumenta al respecto es un tanto ambiguo. No queda claro si con «creación» se refiere simplemente a la creación del Universo por parte de dios mediante el Big Bang, lo cual derivó en la producción del planeta Tierra, la vida y los seres humanos a través de un mero proceso natural. La otra alternativa es que, quizás, Francisco I se refiera a que el propio dios creó la primera forma de vida, que, siguiendo su plan, evolucionó de forma natural dando lugar a los seres humanos y al resto de especies. O, incluso, quizás Francisco I quiera decir que la propia estirpe humana fue creada de forma especial («Él creó a los seres humanos y les permitió evolucionar según las leyes internas...»).

Lo que está claro es que el creacionismo, de cualquier tipo, sigue siendo una parte esencial del discurso del Papa frente al origen de la vida. Y a pesar de que los medios, maravillados por un supuesto Papa «moderno», están eufóricos con las declaraciones de Francisco I, su postura no difiere en esencia respecto de la de sus predecesores. Como viene siendo usual, Francisco I aparece como la voz de la modernidad, pero sigue aferrado a los viejos dogmas.

Lo que más me sorprende, no obstante, es la declaración de que «dios no es un ser divino ni un mago». Si dios no es un ser divino, ¿por qué entonces lo llama el «divino creador»? De acuerdo, quizás el Papa se equivocó con esa afirmación. Pese a todo, la realidad es que la visión católica de dios es la de un mago etéreo. ¿Qué otra cosa sino un mago podría crear almas de la nada, tanto en el curso de la evolución de la especie humana como durante el desarrollo de cada ser humano?

Afrontemos los hechos: una evolución guiada por dios o planeada por dios no representa una visión científica de su teoría. Tampoco la evolución nos hace únicos por gracia de un alma indefinible o por la posesión de un único par de ancestros. La postura del Vaticano respecto de la evolución es de hecho un vástago bastardo del creacionismo y la teoría moderna de la evolución. E incluso hay una gran parte del rebaño de Francisco I que no se lo traga: El 27 porciento de los católicos estadounidenses rechazan tajantemente la teoría de la evolución a favor del creacionismo.

La Iglesia católica se encuentra en un punto de equilibrio inestable, a caballo entre la ciencia moderna y la teología medieval anticientífica. Únicamente cuando se desvincule de la idea del alma, de la intervención de dios en el Big Bang y la evolución humana, y de la noción de Adán y Eva como ancestros históricos, el catolicismo será compatible con la teoría de la evolución. Pero entonces dejará de ser catolicismo.


Jerry Allen Coyne es profesor de biología en el departamento de Ecología y Evolución de la Universidad de Chicago, dedicado principalmente a estudiar problemas de especiación y genética evolutiva. Es uno de los más respetados críticos de la teoría del diseño inteligente, a la que considera “la última encarnación pseudocientífica del creacionismo religioso”.

newrepublic.com. Traducción para sinpermiso.info: Vicente Abella. Revisado por La Haine

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