24 de agosto de 2019

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Irak

¿PARA QUE LAS ELECCIONES EN IRAK?

Por: Marcelo Colussi.

27 de julio de 2005

«Hermanos iraquíes, el futuro de Irak está en tus manos. Las elecciones son el medio ideal para echar a los ocupantes de Irak», puede leerse hoy en más de una pancarta en este atribulado país. ’Hermano iraquí, tu voto en las elecciones vale más que una bala en la batalla’, reza otra. Sin lugar a dudas la situación que viven los iraquíes es altamente compleja. ¿Deben o no votar este 30 de enero? ¿Para qué? Las fuerzas progresistas en el resto del mundo ¿debemos o no apoyar estas elecciones?

No debemos olvidar nunca un primer y fundamental dato: Irak es un país invadido militarmente por el gobierno de los Estados Unidos, y las elecciones tienen más que ver con los vericuetos que los vaivenes políticos post invasión fueron abriendo que con un proceso genuino propio, sin intervención extrajera.

El gobierno estadounidense, en su proyecto de dominación global con los republicanos sentados en la Casa Blanca, desde hace años viene pergeñando la estrategia de ’guerras preventivas’. Curiosamente, los lugares donde la comenzaron a poner en práctica presentan reservas estratégicas de vital importancia para Washington: Afganistán con el gas e Irak con el petróleo y el agua. Más allá de la descarada justificación de las armas de destrucción masiva en manos de Saddam Hussein y su papel liberador a favor del pueblo iraquí, todo indica que el imperialismo estadounidense llegó a Irak para quedarse, rapiñando las reservas de oro negro en especial, y con varios motivos concatenados: reforzar su presencia militar en la zona, impedir la negociación del petróleo en euros, reactivar su propia economía doméstica con una fenomenal maquinaria bélica, arrebatar enormes reservas de agua dulce presentes en ese país.

Ahora bien: su estadía no resultó todo lo fácil que los estrategas habían estimado. En cerca de dos años de ocupación militar han tenido casi 1.400 víctimas mortales entre sus tropas -a razón de dos efectivos diarios- más una cantidad muchísimo más alta de heridos y afectados en términos psicológicos. Sin haber llegado a los costos políticos de Vietnam todavía, la situación no le está resultando cómoda a Washington.

Luego de la instalación en Bagdad del virtual virrey Paul Bremer tras la invasión, la resistencia de la población no tardó en hacerse sentir. Si bien es cierto que la misma había vivido por décadas bajo el yugo de una dictadura feroz, ni remotamente concibió en momento alguno que las tropas de ocupación vinieran a traerle democracia, paz ni desarrollo. Tras la invasión en marzo del 2003 el poder pasó de manos de Hussein y su partido Baath a la administración imperial. Para maquillar la indecorosa práctica colonial puesta en marcha, Washington ungió a un ex agente de la CIA como gobierno local, el tristemente olvidable Ahmed Chalabi, quien luego entrara en cortocircuito con su amo, siendo entonces removido. Fue así que, siempre en la lógica de presentar púdicamente la invasión, asume el ’poder’ otro colaborador de la CIA -y de paso, también iraquí-, el primer ministro interino Iyad Allawi. Pero siempre -está de más decirlo- la decisión final estuvo en Washington y en la política guerrerista de sus halcones.

En ese contexto, y a partir de las masivas movilizaciones que fueron comenzando a tener lugar, en buena medida impulsadas por el clérigo fundamentalista Alí al Sistani, pero también por la complicación del panorama que empezó a afectar a la administración republicana con una resistencia armada creciente (resistencia popular espontánea y no ’actos terroristas de Bin Laden’ como quiere presentarlos Washington), se estableció -con el concurso de Naciones Unidas como mediador- la celebración de elecciones legislativas para el próximo 30 de enero. Las mismas deberán elegir una Asamblea Nacional de 275 miembros que, en el lapso de unos meses, tiene que promover una nueva constitución y un nuevo Parlamento con los que, antes de fines de 2005, legitimar una autoridad iraquí definitiva.

Por todo ello, entonces, las elecciones que tendrán lugar en unos pocos días están marcadas por la duda. ’Arrojarán un resultado creíble, pese a que no se celebren en el ambiente más propicio y penda la amenaza de la violencia’, declaró recientemente el representante electoral de la ONU en Bagdad, Carlos Valenzuela. Como el mismo funcionario reconoció, aunque ’’no son las mejores, y están muy lejos del ambiente ideal, existe una buena oportunidad de que todo salga bien y podamos considerarlas legítimas’’.

Definitivamente la situación es compleja. Irak vivió por años una férrea dictadura, y en medio de ella una guerra contra su vecino Irán. Por otro lado, su tejido social está dividido por la presencia de grupos religiosos históricamente enfrentados (chiítas, sunnitas, minorías kurdas). A ello se suman los efectos de las sanciones impuestas por Occidente que por más de una década padeciera luego de la perdida Guerra del Golfo en 1990. En ese contexto, y sufriendo una brutal invasión, el llamado a elecciones no se ve como solución a sus problemas. El clima preelectoral está marcado por una suprema violencia: el de los 150.000 soldados de las fuerzas invasoras que arrasan con lo que encuentran a su paso, el de la resistencia, el boicot a los comicios a que llama el jordano Al Zarqawi (director de la organización ’Al Qaeda para la Guerra Santa en Mesopotamia’) y su promesa de lanzar una ’encarnizada guerra’ contra los mismos, los atentados suicidas que se suceden por doquier.

El primer ministro interino iraquí Iyad Allawi, de origen sunní, repite lo que dicen los leales aliados de Estados Unidos en la región, como las monarquías saudita y jordana, advirtiendo de una conspiración iraní para convertir Irak en un escalón importante hacia el establecimiento de ’una media luna chiíta’ que se extienda desde Líbano a Irán como una nueva versión del ’eje del mal’ más terrorífico aún que el originariamente planteado por Bush. Los Hermanos Musulmanes, relacionados con los wahhabíes saudíes y cuya principal facción es la rama egipcia, han denunciado las elecciones con el argumento de que no se pueden celebrar bajo la ocupación. Su rama iraquí, el partido islámico, tras haberse registrado para las elecciones, ha anunciado su retirada y se ha unido al Consejo sunní de Ulemas musulmanes para denunciar las elecciones antes de que se celebren. En medio de todo esto, la población ve aterrorizada cómo la violencia no cesa, y según manifiesta el mismo gobierno, probablemente crezca más aún en estos días. De hecho se ha decretado toque de queda y restricción casi absoluta de todos los movimientos para los días anteriores, en que tendrán lugar, y posteriores a los comicios.

Qué vendrá después de las elecciones es, hoy por hoy, aún un misterio. Llamativa es la insistencia del delegado estadounidense -oficialmente primer ministro luego del apurado ’traspaso de soberanía’ Iyad Allawi- y del propio gobierno de Bush, quienes se muestran inflexibles ante la posibilidad de cualquier cambio en las fechas y afirman que las elecciones no pueden posponerse, lo que revelaría que la administración republicana ha desarrollado una estrategia que busca servirse de las elecciones para legitimizar la ocupación.

Si gana una fuerza favorable a los Estados Unidos, ¿se buscará que pida el mantenimiento de las fuerzas extranjeras como resguardo de la democracia? Si ganan los chiítas radicales -antiimperialistas- y exigen el retiro de la coalición ocupante, ¿recurrirá Washington a la bien conocida receta imperial de dividir y vencer, llevando de esa forma a Irak a una devastadora guerra civil de tipo sectario (chiítas contra sunnitas) y étnico (árabes frente a kurdos)? ¿Se retirarán las tropas invasoras simplemente ’por las buenas’, porque un régimen democrático surgido del voto popular así lo demande? Los ’fanáticos terroristas’ de Al Qaeda y sus conexiones locales, con sus sangrientos actos de carros-bomba y decapitaciones a diestra y siniestra, ¿no son funcionales, en definitiva, a la geoestrategia de Washington?

Sólo como muestra de lo que se avecina valga decir que un reciente sondeo de opinión en suelo estadounidense reveló que 57 % de los entrevistados no cree que las elecciones del 30 de enero en Irak den paso a un gobierno estable en el país invadido. Todo indicaría que el petróleo, motivo último de la invasión, no volverá por ahora a los iraquíes. Lo cual hace pensar que la resistencia, la genuina y espontánea resistencia de la población -considerada recientemente en 200.000 personas con un núcleo duro de 40.000 combatientes- continuará defendiendo su país. ¿Será un nuevo Vietnam entonces?

Aunque en su discurso de asunción como presidente para su segundo mandato George Bush hizo uso cuarenta y dos veces de la palabra ’libertad’ y días después insistiera en que ’Nuestra nación estará del lado de los pueblos de Afganistán e Irak mientras construyen sociedades libres y democráticas’, la ’libertad’ y la ’democracia’ de que habla dista astronómicamente de lo que el pueblo iraquí necesita.¿Qué podemos hacer desde fuera de Irak? Quizá no somos nosotros, no iraquíes, los autorizados a llamar a concurrir o a boicotear los comicios. El acto de emitir un voto es un sano ejercicio ciudadano, aunque las elecciones de que hablamos estén viciadas en su raíz. Pero lo que no podemos dejar de hacer es continuar denunciando enérgicamente las maniobras colonialistas, en un todo inadmisibles, que la potencia hegemónica se permite realizar. Parar la guerra, denunciar, esclarecer la infame política en juego es un acto de justicia mínimo a que estamos convocados los que seguimos creyendo en la necesidad de transformaciones sociales.

* Marcelo Colussi. Psicólogo y licenciado en filosofía. Italo-argentino, desde hace 15 años vive y trabaja en el ámbito de los derechos humanos en Centroamérica. Ensayista y escritor, ha publicado en el campo de las ciencias sociales y en la narrativa.

(publicado por ARGENPRESS.info el 24/1/2005)