9 de diciembre de 2018

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Chile Movimientos de protesta.

Por: Marcel Claude (*)

6 de octubre de 2006

La Insignia. Hace una semana, una nueva marcha -esta vez de profesores y estudiantes- demostró que el descontento es creciente en una parte importante de la sociedad. Curiosamente, el nuevo Gobierno, que pretendía abrir caminos de participación y diálogo, se ha encontrado con una serie de conflictos y movimientos de protesta ante los cuales no ha sido la tolerancia, sino la represión, el mecanismo para afrontarlos.
Estos movimientos, ya sean gremios de la salud, de la educación o deudores habitacionales, entienden que la única manera de ser escuchados es que sus demandas se transformen en asuntos políticos de relevancia. Sin embargo, en la agenda tradicional del poder, sus peticiones se toman por peticiones banales que se pueden resolver con un mezquino reajuste salarial o con la conformación de comisiones no oficiales.

Resulta un abuso autoritario que el Gobierno convierta toda movilización social -gracias a los medios de comunicación- en campo de batalla. Al final no es más que una estrategia de coerción muy utilizada en regímenes autoritarios. Así, los manifestantes se presentan como delincuentes, y sus manifestaciones, como atentados al orden público. En Chile quienes salen a la calle a defender sus derechos son criminales que deben ser reprimidos. Incluso se les prohíbe el paso por avenidas y se intervienen las marchas.

Esta forma de actuar demuestra la ineficacia política del Gobierno para llegar a acuerdos con los gremios sectoriales, básicamente porque la autoridad se encuentra limitada por compromisos ideológicos y políticos con los poderes fácticos, lo que la vuelve ineficaz también para aplacar las demandas sociales. En este caso no se quiere entender que los profesores no reclaman una mejora salarial, sino una mejor educación, lo mismo que los estudiantes.

Los deudores habitacionales no quieren solamente una rebaja en los intereses de sus créditos, sino condiciones de vida dignas. Es la misma aspiración que se repite en los sindicatos, en los gremios, en los millones de chilenos que han visto truncadas sus expectativas. Ese descontento, tarde o temprano, se irá convirtiendo progresivamente en un grave conflicto para la actual institucionalidad política, y sólo puede resolverse creando las condiciones democráticas que aún no existen.

Los movimientos emergentes de protesta expresan la necesidad de cambios estructurales, porque ya no basta con las negociaciones a medias tan habituales en estos 16 años de gobiernos de la Concertación. La insatisfacción social es uno de los males generados por esta forma de administración del poder. Pero quienes lo detentan, todavía no se dan por enterados.

(*) Marcel Claude es economista y director de Oceana.

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