4 de junio de 2017

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EL SABLE

Manuel González Prada ((Get a Free:Selección de textos)

8 de abril de 2013

Un general, un tonel vacío; un
ejército en marcha, la peste.
(SWIFT, Viajes de Gulliver)

En nadie se palpa tanto la influencia de la autoridad como en el soldado.
El hábito no hace al monje; pero la casaca influye mucho en la formación del tigre. Con sólo embutir a un hombre en el uniforme militar, ya se le infunde la abyección ante los superiores y el despotismo hacia los subordinados. (Qué insolente la arrogancia de un coronel en su roce con el humilde recluta! Pero, (qué repugnante la bajeza de ese mismo coronel en presencia del infatuado general! El escalafón de un ejército debe representarse por una montaña donde ascienden hombres que besan las posaderas del que va adelante y son besados en idéntico sitio por el que viene detrás.

Y sin embargo, muchos sociólogos nos preconizan el servicio militar obligatorio como el medio más rápido y más seguro de civilizar a las naciones. Así: en lugar del maestro con el silabario, el caporal con la vara de membrillo; en vez del aula donde se desbroza la inteligencia, el canchón o patio donde se atrofia el cerebro al grado de convertirle en mero propulsor de evoluciones automáticas. Para conocer la acción civilizadora de los cuarteles, basta comparar al conscripto en el momento de enrolarse con ese mismo hombre al terminar los años de servicio: el que partió honrado, compasivo y trabajador, regresa bribón, inhumano y holgazán, En las poblaciones abunda un tipo de ociosidad y truhanería, un resumen de todos los vicios y nulidades, el antiguo soldado. Una metamorfosis a la inversa, una mariposa transformándose en oruga, nos ofrecería la muestra de un paisano volviéndose militar.

Hace muchos años que el fraile sirve de blanco a poetas burlones y herejes monomaniáticos, pero )no merece el soldado tantas pullas y denigraciones como el fraile? Un batallón no difiere mucho de una comunidad: un prior y un coronel se distinguen en que el primero masculla oraciones y el segundo vomita blasfemias. Si el uno traduce a duras penas los latines de su breviario, el otro comprende a medias las jerigonzas de su táctica. En depresión moral, por ahí se las ven casacas y hábitos, pues igualmente degradan el cuartel y el convento, dando lo mismo obedecer al badajo de una campana que a los palitroques de un tambor, someterse a las ordenanzas del ejército que a la regla de la orden. Si frailes y militares se igualan en la obediencia pasiva, divergen mucho en las otras maneras de ser. El fraile glotonea, bebe, juega y seduce mujeres; mas el soldado no sólo comete semejantes fechorías, sino roba, incendia, viola y mata. El fraile asoma con chorreras de vino y lamparones de caldo gordo; el soldado aparece con manchas de lodo y salpicaduras de sangre. En el portador de cerquillo renace Priapo, en el arrastrador de sable resucita Caín. Priapo nos divierte, Caín nos horroriza. Los cerdos tonsurados no causarán nunca el horror que producen las fieras galonadas.

Cierto, del fraile brotan el inquisidor y el guerrillero, como lo prueban Santo Domingo de Guzmán y los mónagos carlistas; pero del soldado sale el jesuíta, como lo manifiesta San Ignacio de Loyola. Si el hábito enuncia el error, la casaca le sostiene. Sin el apoyo de la fuerza bruta o militar, no se habrían consumado las grandes persecuciones religiosas ni los autos de fe: al lado de inquisidores y verdugos, al pie de la hoguera, estuvo siempre el soldado. Hoy mismo, los sables sirven de puntales a la cruz.
Sólo una perversión moral puede hacernos llamar forajidos a seis descamisados que merodean en los alrededores de una ciudad y héroes a seis mil bandoleros uniformados que invaden el territorio del vecino para arrebatar propiedades y vidas, Lo malo en el individuo lo juzgarnos bueno en la colectividad, reduciendo el bien y el mal a simple cuestión de números. La enormidad de un crimen o de un vicio nos le transforma en acción meritoria o en virtud: al robo de millones le titulamos negocio; al degüello de naciones enteras le llamamos hazaña gloriosa. Para un asesino, el cadalso; para un guerrero, la apoteosis. Y, sin embargo, el oscuro jornalero que suprime a su semejante, ya para vengar una injuria, ya para quitarle bolsa o mujer, no merece tanta ignominia ni castigo como el ilustre soldado que mata veinte o cuarenta mil hombres para adquirir gloria o coger el bastón de mariscal.
Examinando bien las cosas y sin prejuicios tradicionales, )qué son Alejandro, César, Napoleón, todos los héroes oficiales que por modelo citamos a la juventud en los manuales de instrucción cívica? Degolladores de reses humanas. Mas nosotros envilecemos al sacrificador de animales y glorificamos al matador de hombres.

Felizmente, el legendario prestigio de la casaca va desapareciendo. La cuestión Dreyfus ha servido para quitar algunas plumas al grajo, no muy glorioso desde la capitulación de Metz y los fusilamientos de la Comuna. En todas partes surgen espíritus libres que no hallan diferencia entre un Deibler y un Moltke ni entre un Cartouche y un Kitchener. Ya empiezan a causar risa esos famosos generales que pasan muy tiesos por haber trasladado al sombrero de picos las plumas que el salvaje lleva en el taparrabo. Sólo las mujeres, los niños y los papanatas admirarán muy pronto a los sargentones reblandecidos y gotosos.

Cuando el hombre segregue su ferocidad atávica, la guerra será recordada como una barbarie prehistórica, y los famosos guerreros (tan admirados hoy) figurarán en la siniestra galería de las almas rojas, al lado de asesinos, verdugos y matarifes. El cráneo de Napoleón se rozará con la calavera de un gorila; la espalda de Kuropatkine yacerá junto a las flechas de un indio bravo.

El cuartel no ha sido ni será una escuela de civilización: es un pedazo de selva primitiva incrustado en el seno de las ciudades modernas.

Toda la ciencia militar se redujo siempre al arte de embrutecer y salvajizar a los hombres: querer civilizar con el sable da, por consiguiente, lo mismo que desmanchar con el hollín o desinflamar con el ácido sulfúrico.
(1904)

CAMBIO DE TACTICA

Por Manuel González Prada, Anarquía

Cuando los gobiernos temen alguna convulsión política o social, suscitan discordias internacionales o fingen creer en los propósitos bélicos de sus vecinos. Invocando el amor a la patria, arrojan una ducha helada sobre el calor tórrido de los más levantiscos. Naturalmente, el mundo oficial proclama la necesidad de armarse; y como para ello se requiere dinero, vienen en seguida las operaciones financieras. Realizado el armamento de la Nación, se vuelve contra los adversarios interiores el arma traída para servir contra el enemigo exterior: el aumento de la fuerza militar coincide casi siempre con la disminución en las libertades públicas.

Más que para defender la integridad del territorio y el honor de la bandera, los gobiernos fomentan, pues, ejércitos para contener las revoluciones y afianzarse en el poder. Sin compactas legiones de pretorianos, el Sultán yacería en el fondo del Bósforo, el Zar se bambolearía en el extremo de una soga, el Emperador de Alemania bramaría en la jaula de un manicomio, el Rey de España haría de monaguillo en una escuela de hermanos cristianos, el Emperador de Austria serviría de portero en una casa de señoras amables y complacientes.

Al ejército se le encomia, no sólo por ejercer el noble oficio de guardián de las fronteras sino por desempeñar en las ciudades la altísima función de mantener el orden público; es decir, salvaguardar la vida y los intereses de los ciudadanos. Por ciudadanos entiéndase clases privilegiadas, pues a nadie se le ocurriría figurarse que rifles y cañones sirvan para defender el pellejo y los harapos de la muchedumbre: la canalla no vale como persona defendible, sino como fuerza muscular explotable.

(El orden público! Estas palabras encierran la virtud de ser usadas con tanto derecho por un autócrata de Asia como por un presidente de Suiza. El orden público, dice el Sultán, y siembra cien mil o doscientos mil cadáveres en los pueblos de Armenia y Macedonia; el orden público, dice el Zar, y lanza sus cosacos a vengar en el huelguista ruso los golpes recibidos en Manchuria; el orden público, dice el reyezuelo del Africa Central, y manda empalar al prisionero traidoramente cogido en una razzia; el orden público, dice el grotesco presidente de Bolivia, y se enrojece las manos en la sangre de Lanza, después de habérselas dorado con el oro chileno.

Hay orden público mientras el patrón esquilma desvergonzadamente al proletario; reina el desorden, si el proletario no quiere seguir dejándose sacrificar por los patrones. Si un caldero estalla y produce la muerte de diez o doce operarios, no se altera el orden público; pero si treinta o cuarenta operarios destrozan el motor de una fábrica, el orden público se halla seriamente amenazado.

La amenaza exige medidas de represión cuando los jornaleros suspenden sus faenas para demandar aumento de salario y disminución en las horas de trabajo. Si el grupo rebelde no es numeroso, se le aísla, se le cortan los víveres y se le somete por el hambre. Si la huelga adquiere proporciones alarmantes y posee la fuerza suficiente para arrollar al polizonte o guardia civil, entonces acude el soldado.

Es de verse el heroísmo del ejército para defender al ahíto y despachurrar al hambriento. De general a soldado raso, todos revelan el mismo encono y la misma fiereza con el huelguista. -)Pides pan?, pues come hierro y plomo. -)Pides justicia?, pues calla eternamente. Las ciudades se transforman en selvas, los obreros en animales de caza, los militares en sabuesos y galgos. Los que se dejaron arrollar en las fronteras o retrocedieron ante los negros de Africa marchan de triunfo en triunfo, pisoteando las entrañas de niños, de mujeres y de ancianos. Porque el heroico defensor del orden público descarga el rifle, sin averiguar por qué ni sobre quién, importándole un bledo que la bala hiera al amigo, al hermano, al padre o al hijo. Merced al ambiente degenerador de la caserna, el hombre se transforma en animal adiestrado para embestir a sus compañeros; peor aún: se convierte en máquina para funcionar con rigidez matemática, pulverizando con tanta indiferencia al grano que nada siente como a la carne que gime de dolor.

Y (esto nos ofrecen por tema de admiración y ejemplo los glorificadores de la carrera militar! No, no merecen admiración ni pueden servir de modelo los polizontes del rico, los sicarios del obrero, los profesionales del asesinato. )Puede haber cerebro más lóbrego ni corazón más duro que el cerebro y el corazón de un hombre encanecido bajo el uniforme? Lo más inteligente y lo más sensible de un viejo inválido es su pata de palo. Por abusivos y despóticos, por inflados y soberbios, por inhumanos y crueles, todos los portadores de sable son igualmente aborrecibles, desde el gran mariscal que llora lágrimas de cocodrilo al divisar el campo de batalla donde acaba de hacer morir a cincuenta mil desgraciados, hasta el cabo instructor que arroja una lluvia de palos sobre el humilde recluta por no haber adquirido el suficiente grado de embrutecimiento para convertirse en autómata de evoluciones militares.

La Humanidad avanza muy lentamente, porque al acelerar el paso, tropieza en las redes de un sacerdote o se hiere en la bayoneta de un soldado. El reino del sacerdocio declina: el imperio de la milicia no da señales de concluir. El hisopo nos arroja de cuando en cuando algún asperges inofensivo aunque mal intencionado; el sable nos quebranta diariamente los huesos o nos desangra las venas. La blusa tiene su peor enemigo en la casaca. La sociedad burguesa puede compararse a un vetusto edificio que amenaza ruina. Los nobles, los capitalistas y los sacerdotes son apolillados y endebles puntales que nada sostienen; las columnas de hierro macizo, los que impiden el derrumbamiento final, son los militares.

Los actuales horrores de Rusia revelan todo lo que saben realizar los defensores del orden público. De una huelga contenida con el rifle, de esa revolución sofocada por el pretoriano, de esa muchedumbre azotada, sableada y fusilada, surge una lección. Se impone un cambio de táctica. El poder destructor de las armas modernas, la velocidad en la transmisión de órdenes por medio del telégrafo, la facilidad de la concentración y movilización de enormes masas aguerridas, hacen muy difícil, si no imposible, el buen éxito de revoluciones populares, sin base en alguna fracción del ejército. Se gira en un círculo vicioso: las revoluciones no triunfan sin soldados, y las revoluciones hechas con militares corren peligro de degenerar en cesarismos o simples cambios de jefes.

Según Rousseau, "ninguna revolución merece llamarse buena si cuesta la vida de un solo hombre". Resucitaríamos al buen ginebrino para que en Rusia consumara hoy una revolución sin sacrificar algunos miles de hombres, unas cuantas decenas, cuando menos. Mucho dudamos que el Zar, los grandes duques y todos los magnates moscovitas cedieran a los argumentos del filósofo y se despojaran de sus derechos adquiridos. A ciertos felinos no se les arranca la presa sin arrancarles los dientes.

La bondad de una revolución estribaría en sacrificar el menor número de hombres, escogiendo los más culpables y más elevados: un cachetero en la cerviz del toro hace más que diez banderillas o mil alfileres en lomos y patas. Si gracias a la perfección del armamento se dificulta la acción popular, merced al formidable poder de las substancias explosivas se centuplica el radio de la acción individual: un solo hombre consuma la obra que no puede realizar una muchedumbre.

El Zar que no pierde su serenidad ante las carnicerías de la guerra en Asia ni se conmueve con los asesinatos cometidos por la soldadesca en Rusia palidece al oír la muerte de Sergio y tiembla como un niño al pensar que su armazón de huesos y pellejo corre peligro de saltar desmenuzada en mil pedazos.
(1905)

REBELION DEL SOLDADO

Por Manuel González Prada, Anarquía

Hay dos cosas inconciliables, por más sutilezas y argucias que empleemos con el fin de conciliarlas: el internacionalismo y el patriotismo. No tenemos patria, si por igual queremos a todas las naciones; no somos patriotas, si dejamos de preferir un conciudadano nuestro a un lapón, a un francés o a un chino.
El socialismo, a pesar de creerse desvinculado de todas las religiones, se funda en una máxima cristiana: todos somos hermanos. Pues bien, si el todos somos hermanos es una verdad grabada en lo más íntimo de nuestro corazón, si por ella debemos regir todas nuestras acciones, tenemos derecho de protestar cuando nos obliguen a violarla para convertirnos en matadores de nuestros hermanos.

La propaganda de los socialistas-internacionalistas, al aconsejar la deserción en caso de una guerra, es la consecuencia más lógica de la doctrina. No lo es la pretensión de algunos socialistas franceses y alemanes al conciliar el internacionalismo con el patriotismo, y la libertad humana con el servicio militar. Semejantes conciliadores nos recuerdan a los teólogos casuísticos y jesuíticos; en teoría, condenan el servicio militar y la guerra; en la práctica, no se oponen a la obediencia pasiva ni admiten la indisciplina o rebelión en el individuo de tropa.
Sin embargo, en la enérgica resolución del recluta, en su rechazo a volverse un simple resorte de la máquina ciega y colectiva, ahí se halla la más pronta resolución del problema. Sólo acabarán los ejércitos y, por consiguiente, las guerras, cuando los hombres no se resignen a sufrir el yugo militar, cuando la mayoría de los llamados al servicio tenga el suficiente valor para rebelarse, invocando el generoso principio de la fraternidad.

Y la protesta en masa o colectiva no puede venir sin haber sido iniciada por una serie de protestas individuales: muchísimos seguirán el ejemplo, cuando algunos empiecen a darle. Algo trabaja por la terminación de las guerras el diplomático bien rentado que urde protocolos en la Conferencia de La Haya, pero seguramente hace más el pobre dukhobor que en una estepa rusa rechaza el servicio militar y, antes de faltar a sus convicciones, soporta el knut, la prisión y el destierro a Siberia.
(1906)

LA POLICIA

Por Manuel González Prada, Anarquía

Taine, filósofo nada revolucionario ni anarquista, escribió: "Como en Francia abundan tanto los gendarmes y los guardias urbanos, nos inclinaríamos a tenerles por más incómodos que útiles. Cuando algunos transeúntes se agrupan en la calle a ver un perro con la pata rota, llega un hombre de mostachos y les dice: Señores, las agrupaciones están prohibidas; dispersaos" (Philosophie de l’art) Y todos se dispersan en el acto, como cediendo a la impulsión de un resorte. Quien desee conocer un pueblo sumiso a las órdenes de las autoridades, no visite Rusia ni Turquía, sino el pueblo de la gran revolución, Francia. Los guillotinadores de reyes, los vencedores de la Europa coligada, tiemblan y callan a las intimaciones de un simple sergot. Viéndolo bien, les sobra razón, porque (ay del rebelde o sordo!, se le viene encima el procés verbal y con el procés verbal la multa o la cárcel. Nada decimos de les passes á tabac o carreras de baqueta; algo saben de ello Baudin, Jaurés y algunos otros diputados franceses. No en vano se ha nacido en "el más hermoso reino, después del cielo".

Según Georges Sand, si los agentes subalternos de la policía infunden odio al servir las pasiones políticas, suelen granjearse la admiración por su buen sentido y su equidad al ejercer las funciones propias de su institución. Cuando la policía —agrega Sand— deslinde sus atribuciones, confundidas hoy por las discordias humanas, cumplirá misión tan paternal en las severidades mismas, que los hombres blasonarán de pertenecer a ella (La Filleule). No aguardamos el advenimiento de la era en que los agentes de policía se hayan vuelto ángeles de la guarda ni en que las gentes se enorgullezcan de estar enroladas a la más odiosa de las instituciones sociales, a la basada en el espionaje, la delación, el soborno y la tortura, a la encargada de proveer cárceles, penitenciarías, galeras y patíbulos.

Aunque, por efecto de una organización autónoma, la policía lograra constituir el cuarto poder del Estado, no dejaría de ceder al influjo de las pasiones políticas, como obedecen a menudo los Tribunales de Justicia. Difícilmente se concibe sociedad en que el individuo carezca de opiniones y vegete años tras años, ajeno a las luchas de los partidos, guardando su ecuanimidad en las tremendas conmociones sociales. )Acaso el egoísmo sirve de escudo invulnerable? El egoísta vive confiado, en las inmediaciones del torrente; pero, cuando menos lo piensa, el torrente desborda y le arrastra. Como donde respiran hombres actúan pasiones, se hace política en universidades, beneficencias, municipios, cuarteles y conventos; mientras haya Estado y gobiernos, se hará política en toda reunión de ciudadanos, aunque se junten con fines científicos, religiosos, artísticos, humanitarios, industriales, financieros o deportivos. Enfermedad no sólo hereditaria sino contagiosa, la política infecciona el organismo del hombre moderno.
)Cómo soñar, entonces, en el advenimiento de una institución formada por hombres sin flaquezas humanas? Constituyendo la policía un arma tan poderosa como el ejército, siendo algunas veces el gendarme más útil que el soldado, no se concibe que el político deje de aprovechar de guardas y polizontes. Pero, desligados aun de la política, ceñidos a salvaguardar vidas y propiedades, los agentes de policía imitarán a los carabineros de Offenbach, llegarán siempre tarde. Si evitaran accidentes y crímenes, ejercerían una función humanitaria; pero, generalmente, cuidan de sólo perseguir al malhechor, cuando se estrellan en el inocente. Al asesinado, )qué le beneficia la captura ni el enjuiciamiento del asesino? A la mujer violada, )qué le remedia el castigo del violador? Vindicta pública, sanción moral, escarmiento. . .,)son algo más que palabras?

II

Desde los primeros años, casi desde la cuna misma, el policíaco amarga y entristece la vida del hombre, que si antiguamente asustaban al niño con diablos, aparecidos y brujas, hoy le amenazan con el guardia de la esquina. Al pasar ante una escuela, muchos pueden regocijarse de haber escapado a la férula del, magíster, dómine o pedante; mas, )quién vive seguro de terminar el día sin habérselas con un polizonte? Este individuo posee la ubicuidad de la Providencia y la tenacidad de la mosca: no nos deja tranquilos ni a sol ni a sombra. Despiertos y en la calle, vemos a cada paso su estantigua; semidormidos y en nuestra habitación, oímos de hora en hora el silbar de su pito. Ignoramos si muertos y hundidos en el sepulcro, sentiremos el ir y venir de sus botas.

Si en las naciones bien organizadas la policía no merece mucho amor ni mucha simpatía, )cómo estimarla en sociedades caóticas y embrionarias? Aquí, en el Perú, desde el Ministro de Gobierno hasta el soplón (sin olvidar a prefectos, intendentes, comisarios, inspectores, guardias ni carceleros), todos valen lo mismo, todos esconden ponzoña de igual virulencia. No sirven para conservar el orden público sino para defender a los gobiernos abusivos; que los presidentes, en vez de entregar ciertos individuos a la justicia, les mandan a ejercer funciones en la policía. El exactor recibe una prefectura; el torsionario, una intendencia; el rufián, una comisaría, etcétera. Corporación tan bien seleccionada, persigue a los adversarios del gobierno, inventa conspiraciones, practica el chantaje, provoca motines, apalea escritores, arrasa imprentas, viola mujeres, tortura presos, hurta lo robado, asesina en los caminos al culpable y al inocente...

No merecen, pues, amor ni simpatía los miembros de semejante corporación, digna de llamarse maffia o camorra. Si poseyéramos el instinto lupal de los nacidos para gendarmes o guardias urbanos, exclamaríamos al saber que la bala de un huelguista o de un revolucionario había cogido a un prefecto: (Bendita bala! Mas no poseyendo tan depravados instintos, condenamos la efusión de sangre y nos satisfacemos con escenas menos trágicas. Así, cuando el señor Guignol empuña una tranca y deja como nuevo al comisario, nosotros aplaudimos y nos regocijamos al vernos en comunidad de sentimientos con los niños, las amas, las cocineras, los sirvientes, los obreros, en fin, toda la ingenua masa popular. Un (viva el señor Guignol! pugna por salir de nuestros labios. Así también, cuando un mozo de buenos puños menudea mojicones a un guardia, sentimos deseos de gritar, aunque no sepamos quién tenga la razón: (Duro al guardia!

El agente de policía, el funcionario conocido en Lima con el apodo de cachaco, representa el último eslabón de la ominosa cadena formada por Ministros de Gobierno, el prefecto, el subprefecto, el comisario, el inspector. Sin embargo, nadie más abusivo, más altanero ni más inexorable que el cachaco: hormiga con presunciones de elefante, rabo con orgullo de cabeza. Sigue por ley: bajeza ante el superior, altivez con el inferior. Todo humildad ante la gran dama y el gran señor, todo soberbia ante la tímida chola, el pobre negro y el infeliz chino. Nace del pueblo, vive en la intimidad con la muchedumbre, conoce las miserias de los desheredados, y se declara su enemigo implacable. (Con qué satisfacción enrojece su vara en la cabeza de un borracho inconsciente! (Con qué regocijo descarga su rifle contra el pecho de un huelguista inerme! (Con qué delicia palomea desde una torre al revolucionario vencido y fugitivo! Palpa el odio justo de las muchedumbres, y se venga.

No comprendemos cómo, habiendo tanta manera de ganar honradamente la vida pueda un hombre afiliarse a la policía. )Qué decir del pobre indio motoso, plantado en una esquina y figurándose ejercer una función gloriosa y envidiable? Quisiéramos apercollarle, sacudirle y gritarle: si guardas un resto de pudor y dignidad, si no has perdido el último rezago de vergüenza, sé todo lo que en el mundo pueda ser un hombre, todo, menos agente de policía. Dedícate al oficio más bajo y menos limpio: deshollina chimeneas, barre calles, recoge basuras, guarda cerdos, desatora albañales y conduce abrómicos, porque despidiendo malos olores, chorreando inmundicias, aparecerás menos hediondo y más limpio que instalado en una esquina, con tu vestido caqui, tu gorra blanca y tu vara de la ley.

LAS DOS PATRIAS

Por Manuel González Prada, Anarquía

Liebknecht dijo: "En el mundo no hay sino dos patrias: la de los ricos y la de los pobres". Se puede afirmar, también, que en toda nación, sea cual fuere su grado de cultura y su forma de gobierno, sólo existen dos clases sociales bien definidas: la de los poseedores y la de los desposeídos. Como el dinero suele separar a los hombres más que la raza, no se carece de razón al asegurar que el pobre es el negro de Europa.
Esa gran división de clases no dejamos de palparla en nuestra América republicana, donde las familias acaudaladas van constituyendo una aristocracia más insolente y más odiosa que la nobleza de los Estados monárquicos: a fuer de advenedizos, nuestros falsos aristócratas llevan a tal grado la presunción y el orgullo que sobrepasan al señor de horca y cuchillo.

Descendientes (por línea torcida) de aquellos españoles que sufrían el mal del oro, nuestros hidalgos de llave maestra y ganzúa no tienen más que un solo deseo: juntar dinero. De ahí que habiendo monopolizado el ejercicio de la autoridad, nos hayan dado unas repúblicas de malversaciones y gatuperios, cuando no de oprobios y sangre.

Pero en ninguna de las antiguas colonias españolas resalta más que en Chile esa división de la sociedad en ricos y pobres: en ninguna parte el hombre de levita ve con más desprecio ni trata con mayor inhumanidad al hombre de blusa o de poncho; en pocas es más dura la dominación. Recurrimos al testimonio de los chilenos. En La Razón de Chañaral, número 8, leemos lo siguiente:

"Hemos conocido en Chile, principalmente en los puertos de mar, familias aristocráticas que nacen de tinterillos, abogados, curanderos, despacheros, carpinteros, hojalateros, sastres, cigarreros, zapateros, albañiles, lavanderas y cocineras. Nada tiene de particular que cada cual tenga un oficio; hacemos hincapié en estas últimas proposiciones para buscar pronto el origen de la clase media la cual es más enemiga de los obreros.

"Deducimos que la cuna de la burguesía aristocrática laica y la de la clerical se confecciona en los talleres, en las chicherísa y en las pocilgas de lavanderas y cocineras.

"La clase media en Chile es el producto, pues, de la plebe, la cual tan pronto se educa, toma las maneras cómicas de los aristócratas, aprende como los monos a vestirse regularmente, embriagándose en los humos de la soberbia, del orgullo y de la vanidad y olvidando que sus padres vendían aguachucho por cangalla mineral; vendían percalas por varas, azúcar por cinco, vino falsificado por litros, velas de sebo por ficha y aun habían sido prestamistas, ladrones al tanto por ciento".

Por lo transcrito de La Razón vemos que en Chile sucede lo mismo que en el Perú: las dos aristocracias de "nuevo cuño —la del Mapocho y la del Rímac— se igualan en el olvido de su origen y en el poco amor a la clase de donde provienen. Así, Vicuña Mackenna, que fue un mestizo de anglosajón y araucano, llegó a decir que el roto chileno lleva en su sangre el instinto del robo y del asesinato".

Si el tal Vicuña Mackenna resucitara, se vería muy vacilante para contestar a más de una pregunta. )Qué instintos guarda en la sangre la seudoaristocracia chilena? )Son rotos los que se roban el tesoro fiscal y empujan a la nación hacia un cataclismo financiero? )Eran rotos los que fraguaron la Guerra del Pacífico y desencadenaron sobre el vecino una asoladora invasión de bárbaros? Verdad, el roto hecho soldado se mostró en el Perú tan feroz como el genízaro en Armenia y el cosaco en la China; pero a la cabeza del soldado venía el jefe para excitarle, alcoholizarle y lanzarle al robo, al incendio, a la violación, al asesinato. Y el jefe no hacía la guerra por voluntad propia: obedecía la orden dictada por la clase dominadora[1].

Esta ferocidad del poseedor chileno la acabamos de ver confirmada en la huelga de Iquique. Ahí se ha manifestado por milésima vez que si las leyes valen algo para solucionar las cuestiones de los privilegiados entre sí, no sirven de nada para zanjar las dificultades surgidas entre pobres y ricos, o proletarios y capitalistas; en ese caso, no se admite más ley, más juez ni más árbitro que la fuerza.

No insistiremos en referir la estúpida y cobarde matanza de los peones salitreros ()quién ignora los sangrientos episodios?) y nos ceñiremos a consignar un hecho muy significativo, pues viene a revelar el estado de alma que se inicia en los trabajadores. En algunas de las salitreras, a raíz de la horrorosa carnicería, los trabajadores chilenos pisotearon, escupieron y quemaron la bandera de Chile.
Así pues, las víctimas de los odios internacionales empiezan a no dejarse alucinar por la grosera farsa del patriotismo y a reconocer que en el mundo no hay sino dos patrias, la de los ricos y la de los pobres. Si de esta verdad se acordaran dos ejércitos enemigos en el instante de romper los fuegos, cambiarían la dirección de sus rifles: proclamarían que sus verdaderos enemigos no están al frente.

LA FUERZA

Por Manuel González Prada, Anarquía

Cuando se dijo: La fuerza está sobre el derecho, los sentimentales de ambos mundos lanzaron un grito de horror, como si hubieran nacido en un planeta de rosas sin espinas, de animales sin garras y de hombres sin atavismos de fiera. Sin embargo, la célebre frase (atribuida sin razón a Bismarck) no sancionaba un principio, reconocía un hecho.

Lo mismo ha sucedido últimamente con la afirmación de los chilenos: La victoria es la suprema ley de las naciones. Los sudamericanos, principalmente los hijos del Perú, nos hemos horripilado, hemos proferido clamores de indignación. Si la victoria no es la ley suprema de las naciones, si no concede ningún derecho, )qué da, entonces, a los pueblos? )Tendrá el victorioso la obligación de cubrir los gastos de guerra, indemnizar los daños y perjuicios, ceder una faja de su territorio y signar el tratado impuesto por el vencido? Desde que el hombre existe, el derecho figura como un lujo de los fuertes, la victoria como la ley suprema.

En el terreno de la realidad, no pasa todo como en el mundo de la imaginación y del sentimentalismo. Los hombres respiramos en una atmósfera de crímenes y abominaciones; y como nos figuramos vivir en una tierra de gloriosa beatitud, confundimos lo real con lo fantástico y queremos hallar en los individuos y en los pueblos lo que sólo existe en las células de nuestro cerebro. Felizmente, la experiencia diaria nos enseña que no basta un silogismo para detener un ataque alevoso, ni que dos beligerantes deponen las armas porque un mediador bien intencionado les predica las excelencias del arbitraje.

Nosotros mismos, las gemebundas y lacrimosas víctimas de hoy, )qué hablamos de justicia ni derechos, cuando muy bien nos convertiríamos mañana en los detentadores y verdugos de nuestros vecinos? No somos agresivos ni malos con el extranjero porque la debilidad nos reduce al papel de inofensivos y buenos. Los que en las guerras civiles incendiamos poblaciones y fusilamos prisioneros, los que fríamente flagelamos en los cuarteles y torturamos en las cárceles; los que nos mostramos hienas de nosotros mismos, )nos transformaremos en ovejas al miramos frente a frente de un pueblo enemigo? Un patriotismo de conveniencia y pacotilla no debe inducirnos a echar un velo sobre las páginas abominables de nuestra historia: si hay la perfidia y la iniquidad chilenas, hubo también la perfidia y la iniquidad peruanas, que no siempre fuimos generosos y leales con Bolivia ni el Ecuador.

Hablemos sin hipocresía ni fórmulas estereotipadas. )Por qué figurarse a los hombres más buenos de lo que generalmente son? )Por qué imaginarnos a las naciones más civilizadas de lo que en realidad se encuentran? Verdad, convergemos hacia una tierra de paz y misericordia; pero todavía no llegamos: en el viaje nos acometemos, nos herimos y nos devoramos. El hombre, individualmente, suele perfeccionarse hasta el grado de convertirse en una especie de semidiós; colectivamente, no ha pasado hasta hoy de un idiota o de una fiera. La elevación moral no parece un rasgo característico de la especie, sino más bien el don excepcional de unos cuantos individuos. No hubo pueblo-Sócrates ni nación-Aristóteles. En los momentos críticos, las naciones más civilizadas revelan alma de patán: sus más delicadas y graves cuestiones las dilucidan y las zanjan a puñetazos. En la fauna internacional, todas las manos cogen, todas las mandíbulas muerden, aunque la mano se llame Inglaterra, aunque la mandíbula se llame Francia.

No glorifiquemos la debilidad ni la flaqueza, siguiendo las tradiciones de una religión depresiva y envilecedora; por el contrario, volviendo a las buenas épocas del paganismo, ensalcemos el desarrollo simultáneo de la fuerza intelectual y física, y veamos en el equilibrio de ambas el supremo ideal de la perfección. )De qué nos sirve la constitución de un Hércules, si poseemos la masa cerebral de un cretino? )Qué nos vale la inteligencia de un Platón, si tenemos un organismo degenerado y enfermo?

El débil maldiciendo la fuerza, nos hace pensar en el eunuco renegando de la virilidad. Si la fuerza consuma las iniquidades, sirve también para reivindicar los derechos. Todos los privilegios y todos los abusos se basan en la fuerza; con la fuerza tienen que ser destruidos. )Nos figuraremos que un banquero de la Cité se despojará de sus bienes, con sólo estimular la caridad cristiana? )Nos imaginaremos que un Zar de Rusia se humanizará, con sólo invocarle los sentimientos filantrópicos? Nada pidamos a la caridad ni a la filantropía: se hallan en bancarrota; esperémoslo todo de la justicia; pero no de la justicia armada con los simples argumentos del sociólogo, sino de la justicia encarnada en el brazo de las muchedumbres.

Lo repetimos: no basta la fuerza del brazo; y la máxima antigua de alma sana en cuerpo sano, debe traducirse hoy por alma fuerte en cuerpo fuerte. Porque fuerza no es únicamente el vapor que mueve la hélice del buque, el hacha que golpea en el tronco del árbol o la dinamita que pulveriza las rocas: fuerza es el escrito razonable y honrado; fuerza, la palabra elocuente y libre; fuerza, la acción desinteresada y generosa. El poder interior del hombre se realza con el prestigio de lo desconocido y misterioso: calculamos la potencia del músculo; pero )cómo medimos la fuerza de un cerebro? )Cómo podemos saber lo que realizará mañana un pensamiento arrojado a germinar hoy en el cráneo de las multitudes? (Cuántas veces la Humanidad se agita y marcha, inconscientemente, al empuje de una idea lanzada hace tres o cuatro mil años!

Como una muestra de la enorme desproporción entre la fuerza del alma y la fuerza del cuerpo, ahí están los obreros de ambos mundos, los siervos del feudalismo capitalista. Llevan el vigor en el músculo; pero como esconden la debilidad en el cerebro, sirven de eterno juguete a los avisados y astutos. En vez de unirse y apresurar la hora de las reivindicaciones sociales, se dividen, se destrozan y se prostituyen en las rastreras luchas de la política; no ejercen derechos de hombre, y rabian por gollerías de ciudadanos; carecen de pan, y reclaman el sufragio; no comen, y votan. (Pobre rebaño que se congratula y satisface con la facultad de elegir a sus trasquiladores!

No; los obreros no alcanzan a comprender que si practicaran la solidaridad de clase, si tuvieran un solo arranque de energía, si dieran unos cuantos golpes con la piqueta y el hacha, no tardaría mucho en venir por tierra el edificio de todos los abusos y de todas las iniquidades. Pero no se atreven: el miedo a lo que no debe temerse y el respeto a lo que no merece respetarse, les conserva eternamente inmóviles y sujetos. Más que un rebaño, las muchedumbres son gigantes encadenados con telarañas.

(1901)

IMPRESIONES DE UN RESERVISTA

Por Manuel González Prada, El Tonel de Diógenes

En 1880, cuando se organizó la Reserva, fui nombrado capitán de una compañía en el batallón número 50, perteneciente a la novena división mandada por don Bartolomé Figari. Mi coronel era don Federico Bresani, hombre de negocios como el señor Figari. Bajo la Dictadura de 1879, los paisanos ejercían las funciones reservadas a los militares.

Dos o tres veces por semana, los oficiales del 50 recibíamos instrucción militar. Un profesional nos enseñaba la Táctica del Marqués del Duero, o, mejor dicho, la aprendía con nosotros. Diariamente, nuestra división practicaba ejercicio en la Alameda de los Descalzos y en el camino a la huerta del Altillo. A las tres de la tarde sonaban algunos campanazos en la Catedral, y toda la Reserva se ponía en movimiento. En ventanas y balcones se instalaban las mujeres para ver desfilar a los reservistas, y los reservistas desfilaban con aire marcial y conquistador. Los uniformes azules con visos blancos y las espadas con puño de metal amarillo pasaban en triunfo, bajo la mirada y la sonrisa de las mujeres. Yo, que nunca pude tomar a lo serio los entorchados y que nunca supe medir la distancia del uniforme a la librea, iba cubierto de un sobre todo gris.

A los pocos meses de ejercicio, nuestros cachimbos practicaban satisfactoriamente las evoluciones de batallón: hombres despiertos, dóciles y de buena voluntad, no cometieron ninguna insubordinación ni el más leve acto represible. Cundía en la Reserva el deseo de rivalizar con la tropa de línea, desacreditada por las derrotas de San Francisco y Tacna.

Como una sola vez hicimos ejercicio de fuego, la mayor parte de los soldados ignoraba o no conocía muy bien el manejo del rifle. El fogueo, se verificó en la Pampa de Amancaes, donde se consumió más sandwiches y licores que pólvora y plomo.

Oficiales y soldados fuimos muy exactos en asistir al ejercicio mientras parecía dudoso el ataque a la ciudad; pero desde el día que los invasores desembarcaron en Pisco, el animoso entusiasmo de los reservistas empezó a decaer y siguió decayendo hasta degenerar en un amilanamiento indecoroso. Abundaban los rostros pálidos y las voces temblorosas. Las primeras en amilanarse fueron las personas decentes: ellas, con sus figuras patibularias y sus comentarios fúnebres, sembraron el desaliento en el ánimo de las clases populares. Difundido el miedo y perdida la vergüenza, los hombres se guarecían en las legaciones, en los conventos y en sus propias casas. Hubo necesidad de traerles por la fuerza. Un día, arrogándome facultades supremas, ordené a un sargento que, al mando de una comisión del 50 y sin respetar domicilios ni guardar consideraciones de ninguna especie, "recogiese a la gente", fuera o no fuera de nuestro batallón. El sargento -don Manuel José Ramos y Larrea- logró traer a muchos; pero no a todos. Regresó narrando cosas inauditas: algunos, al saber la llegada de los comisionados, se fingían enfermos y apresuradamente, sin haber tenido tiempo de quitarse la ropa, se metían en cama; hubo quien, vestido de mujer, se dolía de las muelas y con un barboquejo trataba de esconder mostacho y barbas.

Las esposas, las madres y las hijas se mostraban heroicas en la defensa de sus esposos, de sus hijos y de sus padres. Insultaban a los comisionados, les amenazaban y aun les acometían: en una de las rafles, el sargento recibió un tremendo escobazo. Algunos años después, Ramos y yo nos reíamos al recordar el chichón levantado en su cabeza por el palo de escoba. Mas no todas las hembras carecieron de virilidad espartana: una mujer del pueblo extrajo del escondite a su hombre o su marido y le entregó diciendo:

— (Llévense a este maricón!

Con la deserción, no sólo de los soldados sino de los oficiales, los tres batallones de la novena división quedaron reducidos a uno, y yo di el salto de capitán a teniente coronel y segundo jefe del 50. Si la batalla de San Juan se hubiera librado en junio, yo habría concluido por ascender a general de brigada o jefe de estado mayor. A fines de diciembre, los restos de la novena división recibieron orden de acuartelarse en el convento de San Francisco; mas no lo efectué yo porque al intentarlo me dijeron que otra persona había sido nombrada en mi lugar.

Algunos días estuve indeciso, no sabiendo qué resolución tomar, cuando recibí orden verbal de constituirme en la batería del Pino, como jefe de la guarnición. Mi coronel había creído prestar mejores servicios alistándose en la Cruz Roja. Muchos pensaron lo mismo.

II

El cerro del Pino está situado a unos dos kilómetros al sur de Lima. Mandaba la batería el capitán de navío don Hipólito Cáceres. La guarnición sumaba unos ciento cincuenta o doscientos hombres pertenecientes a la Reserva, quiere decir, a los batallones enrarecidos y quedados en cuadro—formaba un curioso abigarramiento, donde capitanes y mayores habían descendido al rango de soldados. A la guarnición de reservistas se agregaban unos cuantos oficiales de marina y algunos marineros destinados al servicio de los cañones. No faltaban militares de toda graduación: hasta dos o tres coroneles. De éstos, unos dormían en el Pino, otros se iban al cerrar la noche. Ignoro para qué vinieron ni quién les mandó.

El Pino contaba con cuatro piezas: dos buenos cañones Vavasseur que habían pertenecido a la corbeta Unión y dos cañones de montaña.

III

Al amanecer del 13 de enero un cañoneo lejano me anunció la batalla. Veía fogonazos, oía descargas de rifle, sin darme cuenta precisa del combate. Los chilenos atacaban por la izquierda: nada más podía percibirse.

Aclarado el día, disminuyó el cañoneo, mas las descargas de fusil me parecieron aumentar y extenderse en dirección a Chorrillos. Noté que por nuestra derecha, en el morro Solar, se combatía.

)Qué había pasado? A las nueve o diez de la mañana me convencí de nuestra derrota. Por las inmediaciones del Pino huían soldados dispersos en dirección a Lima. Decidimos detenerlos y engrosar la guarnición de nuestra batería. Varias comisiones salieron a cumplir la orden; mas hubo necesidad de suspenderla para evitar una serie de luchas armadas: los dispersos acabaron por defenderse a tiros. Habría convenido ametrallarles desde los fuertes. Los persas tenían razón de poner a retaguardia de sus ejércitos grandes masas de caballería para detener, chicotear y empujar a los fugitivos.

Los pocos dispersos recogidos y llevados al Pino ofrecían un aspecto lamentable. Algunos pobre indios de la sierra (morochucos, según dijeron) llevaban rifles nuevos, sin estrenar; pero de tal modo ignoraban su manejo que pretendían meter la cápsula por la boca del arma. Un coronel de ejército se lanzó a prodigarles mojicones, tratándoles de indios imbéciles y cobardes. Le manifesté que esos infelices merecían compasión en lugar de golpes. No me escuchó y quiso seguir castigándoles.

— Si pone usted las manos en otro soldado, le dije, tendrá usted que habérselas conmigo.

— Soy, me contestó, un coronel de ejército y usted es un cachimbo.

— Si fuera usted un militar de honor, le repliqué, no se hallaría en la Reserva, sino batiéndose con la tropa de línea.

Refunfuñando me volteó la espalda. Como momentos después nos viéramos cara a cara, me dijo, poniéndome la mano en el hombro:

— Amigo, no hay que sulfurarse...

Nuestros cañones hicieron seis u ocho disparos: uno cayó en un pelotón de caballería chilena, otro en una batería instalada en un montículo. Poseía yo un buen anteojo, y habiéndome colocado tras de tina de las piezas, podía seguir la trayectoria del proyectil. Si no recuerdo mal, dirigía los disparos el marino don Manuel Elías Bonnemaison. Cuando sentíamos más deseo de seguir bombardeando al enemigo, recibimos orden de suspender los fuegos.

Pasé la mayor parte de la noche sin dormir. Ni del campo ni de la ciudad venía el menor ruido: sobre la carnicería se desplegaba la serenidad imperturbable del firmamento. En medio de un silencio trágico, observaba yo con mi anteojo el lejano incendio de Chorrillos; la belleza de las enormes llamaradas sanguinolentas me hacía olvidar el origen del fuego. De vez en cuando unos como polvorazos y explosiones subían más arriba de las llamas, iluminando el horizonte. Fatigado de rondar, me había sentado en una gran piedra y empezaba a dormir, cuando sentí en la mano el roce de algo húmedo y frío: era el hocico de un perro. )De dónde venía ese animal?

El 15, nos hallábamos reunidos los oficiales cuando una descarga de fusilería nos anunció el ataque de los chilenos a los reductos de Miraflores. Algunos oficiales, cogidos de pánico, huyeron a todo escape, bajando el cerro con una agilidad de galgo. Quise ordenar que se les hiciese fuego, mas el jefe del fuerte me lo impidió:

— Deje usted que los cobardes se vayan, me dijo.

Era día de un sol magnífico. A pesar de los años trascurridos, veo las masas de tropas chilenas embistiendo los reductos, retrocediendo y volviendo a embestir, por tres o cuatro veces. Diviso aún los reflejos de espadas blandidas por oficiales para detener y empujar a los soldados. Más de un momento me figuré que los enemigos huían en completa derrota; pero desgraciadamente observé que el último reducto de nuestra derecha había sido flanqueado y que algunos batallones de la Reserva eran palomeados en la fuga.

Al llegar la noche, todos habían abandonado el Pino, así la tropa como los oficiales. El jefe, antes de seguir el éxodo general, nos encargó a don Eduardo Lavergne y a mí inutilizáramos los cañones.

Sólo quedamos en el fuerte, Lavergne, don José María Cebrián, un hijo de Bolognesi (Federico) y yo. De cuando en cuando sentíamos ruidos que se acercaban a nosotros y se hacían más sensibles en la falda del cerro.

— )Quién va?, preguntábamos.

— Batallón número tal de la Reserva, nos respondían.

— )Completo?

— Completo.

A las dos de la mañana destruimos los cañones, valiéndonos de la dinamita. Nos encaminamos a Lima: nada había que hacer en el fuerte. Entramos cinco, pues se nos había juntado don Manuel Patiño Zamudio después de batirse en un reducto. Al atravesar la población corrimos algún peligro: dos o tres veces nos hicieron fuego. Ignoro si la guardia urbana, por creernos malhechores, o algunos dispersos, por simple mala fe o la pesada broma de asustarnos. No respondimos. Yo iba perfectamente armado: con mi espada, mi revólver y mi Winchester de quince tiros. Para igualarme con Tartarín de Tarascón no me faltaba. . .

No vi los saqueos de los chinos, y pienso que los autores no fueron los reservistas de Miraflores a quienes pocas horas antes había yo visto desfilar disciplinados y con sus efectivos completos. Saquearon los emboscados, los que no salieron a combatir.

Concluiré con un incidente personal. Me encerré y no salí de mi casa ni me asomé a la calle mientras los chilenos ocupaban Lima. Cuando supe que la habían abandonado, quise dar una vuelta por la ciudad. Pues bien, a unos cincuenta metros de mi casa me encontré con un oficial chileno: había sido mi condiscípulo, mi mejor amigo en un colegio de Valparaíso. Al verme, iluminó su cara de regocijo, abrió los brazos y se dirigió a mí con intención de estrecharme. Yo seguí mi camino como si no lo hubiera reconocido.

Por Manuel González Prada, El Tonel de Diógenes

Creemos que en el siglo XXI o XXIII (cuando el inglés haya sucedido al quechua y el antiguo Imperio de Manco forme parte de los Estados Unidos) algún amigo de antiguallas y conocedor de la lengua castellana podrá leer en el libro de un historiador imparcial:

"... En el huano de las islas y en el salitre de las playas tuvieron los peruanos un asombroso venero de riqueza que habría podido convertirles en una de las naciones más prósperas y felices; pero la riqueza, en vez de servirles para su bien, les produjo guerras exteriores y contiendas civiles. Por el salitre y el huano, Chile les declaró una guerra de asalto y conquista; por el huano y el salitre, se acostumbraron los hombres a improvisar fortunas colosales, menospreciar el trabajo honesto y vivir en el ocio de los cargos públicos. Bastaba a un pobre diablo estampar una firma, para acostarse millonario habiéndose levantado mendigo.

"Siendo ricos, poseyendo una población de tres o cuatro millones, fueron ignominiosamente vencidos por Chile, nación pobre y con menor número de habitantes. En la guerra de 1879, los peruanos perdieron no sólo el salitre y el huano, sino también una gran parte de su territorio; pero ni la derrota, ni la mutilación, ni el ultraje, ni el azote, nada les sirvió de escarmiento ni de lección: en lugar de fortificarse para evitar los sucesivos ataques del enemigo ausente, se debilitaron para facilitar las nuevas conquistas. Cayeron en la más necia de las ilusiones en que puede caer un pueblo: en figurarse que la salvación les vendría de algún amigo desinteresado y generoso: por eso adularon a Bolivia, por eso lamieron humildemente los pies de la Argentina. )Cómo era posible dignidad y nobleza en nación caída tan abajo?

"En el Perú del siglo XIX, en esa Cartago sin Aníbal, en esa monarquía mercenaria con ínfulas de República, reinaban los presidentes, gobernaban los Dreyfus y los Grace. Ahí no había más sed que la sed del oro, ahí no había más idea que locupletar el vientre: la conciencia de todo político se vendía, la pluma de todo escritor se alquilaba. Los hombres inteligentes eran pícaros, los honrados eran imbéciles. Hoy no podría citarse el nombre de un individuo que merezca llamarse honrado; porque no se consideraba cosas indignas el asaltar la riqueza pública, traicionar a sus convicciones ni traficar con la honra de sus propias familias. Hubo un tal Meiggs, un negociante convertido en millonario gracias a los contratos leoninos con el Gobierno; pues bien, las hermanas, la esposa y las hijas iban a prostituírsele. )Qué era el Poder judicial? almoneda pública, desde la Corte Suprema hasta el Juzgado de Paz. )Qué los Congresos? agrupaciones de mala ley, formadas por los familiares, los amigos, los paniaguados y los domésticos de los Presidentes. )Qué las autoridades políticas, desde el Gobernador hasta el Prefecto? torsionarios que encarcelaban, flagelaban, violaban y fusilaban. )Qué el pueblo?, una especie de animal doméstico y castrado que tanto sufría el azote del soldado chileno como el palo de la autoridad peruana. Invadía y petrificaba los corazones una religión grosera, primitiva y más digna de gorilas que de gentes civilizadas, pues no les servía de freno para los vicios ni de estímulo para la virtud: en los hombres, la chulería y el alfonsismo; en las mujeres, el fanatismo y la concupiscencia. . .".

Chile
Por Manuel González Prada, El Tonel de Diógenes

Antes que el prusiano Bethmann-Hollweg tuviera el descaro de llamar a los tratados unas Atiras de papel@, Chile no les había concedido más importancia: ha carecido de franqueza para afirmarlo, pero no ha tenido reparo en practicarlo atribuyendo al Perú la mala voluntad de cumplirlos. No sabemos si el cinismo del alemán inspira más repugnancia que la hipocresía del chileno.

Como nuestro vencedor no ha cumplido con todas las cláusulas estipuladas en el Tratado de Ancón, ese tratado puede considerarse nulo: hasta cabe afirmar que Chile y el Perú se hallan en estado de guerra, en una mera suspensión de hostilidades. Los peruanos tendríamos derecho de atacar a los chilenos sin previa declaratoria de guerra. Y si, como se dice, alguno de nuestros mandatarios pensó en adquirir submarinos para hundir sorpresivamente a la escuadra chilena, ese mandatario habría encontrado la única solución de nuestras cuestiones con el tradicional enemigo del Sur.

Al circunscribir en sólo Tacna y Arica todos nuestros. problemas pendientes con Chile incurrimos en un gravísimo error. Debemos recordar al país que entre el vencedor y el vencido de 1879 no existe la sola cuestión Tacna y Arica, sino la cuestión Tacna, Arica, Iquique y Tarapacá. Las razones que tenemos para no ceder el Morro las tenemos para reclamar las salitreras.

Con Chile no vale razones: su conducta pasada nos anuncia su conducta venidera, que nunca se guiará por un espíritu de justicia, nunca procederá de buena fe con nosotros: su americanismo no pasa de un gastado recurso oratorio: tiende la mano al Perú con tal que el Perú le conceda cuanto quiere pedirle. Se sorprende o finge sorprenderse de que algún peruano guarde el recuerdo de las abominaciones cometidas en la guerra del 79.

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