12 de marzo de 2017

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OTTO STRASSER: "HITLER PRESENTABA ANOMALÍAS SEXUALES, CRUELDAD Y DESEOS SANGUINARIOS”

Entrevista de Víctor Alexandrov, periodista y escritor ruso.

6 de mayo de 2011

(Texto publicado por GUILLERMO MAYR).

Cuando en la Alemania volcánica de 1920 se hablaba de los "hermanos Strasser" se veía converger en ellos a todas las fuerzas que deseaban reconstruir una Alemania nacionalista y convertirla en una Alemania socialista. Resultó natural que un día conocieran a Hitler y que, desde ese mismo día, comenzara una larga lucha entre el nacionalsocialismo que propugnaba el futuro Führer y el que deseaban los Strasser. Gregor Strasser (1892-1934) llegó a ser presidente del NSDAP (Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores) entre 1923 y 1925, cuando fue encarcelado Hitler tras su fallido intento de golpe de estado en noviembre de 1923. Su hermano, Otto Strasser (1897-1974), lideró el ala izquierda del mismo partido. En el congreso nacional del NSDAP de 1926, los hermanos Strasser presentaron un programa alternativo al de Hitler, en el que proponían la socialización de los medios de producción, una reducción de la propiedad privada y una alianza entre Alemania y la Unión Soviética.

Desde la toma del poder por Hitler, los nazis de izquierda sufrieron una violenta represión, tildándoselos de "rojos con camisa parda" y, como era de esperar, inauguraron los campos de concentración. Expulsados del partido en 1930, Gregor fue asesinado en Berlín durante la "Noche de los cuchillos largos" de 1934, y Otto, que había emigrado en 1933 a Austria y posteriormente a Checoeslovaquia, fue víctima de varios intentos de asesinato por parte de la Gestapo. Así, se vio obligado a huir, primero a Portugal y después a los Estados Unidos, para acabar en Canadá. Recién pudo regresar a su país al término de la Segunda Guerra Mundial. En 1967, el periodista y escritor ruso Víctor Alexandrov (1908-1989) tuvo la oportunidad de entrevistar a Otto Strasser en su casa de Munich. Dicha entrevista fue publicada en la revista "Planeta" de Buenos Aires (nº 16, julio de 1967).

Usted es considerado generalmente el "cerebro del nacionalsocia­lismo", ¿está de acuerdo?

Sí y no. Sí, si por ello se entiende que traté de dar una forma al oscuro concepto del nacionalsocialismo y de utilizarlo según los datos económicos y políticos. Siempre lo hice, guiado por mi educación y mi forma de pensar; primeramente en lo que se llamó el "Programa de Bamberg" y luego en mis "Ca­torce tesis de la revolución alemana", que aparecieron en 1930. Justamente fue esta obra, en sus definiciones mismas, el principal mo­tivo de mi antagonismo con Hitler (dejando de lado cierta animosidad recíproca), que se empeñaba en no tener ningún programa, so­bre todo ningún programa anticapitalista. Así, podía esperar el apoyo de los "poderosos del momento", que necesitaba para tomar el po­der. Por eso hizo todo lo posible, sobre todo después del golpe abortado del 9 de noviem­bre de 1923, para no provocar al capitalismo, al ejército y a la burocracia; en una palabra para hacer fracasar la "revolución conservadora", finalidad que buscábamos y buscamos siempre mis amigos y yo. En ese sentido, yo no era el "cerebro del nacionalsocialismo" tal como Hitler lo desarrolló.

¿Cuándo y dónde conoció a Hitler?

En otoño de 1920, en la época en que yo era estudiante de la Universidad de Econo­mía y Jurisprudencia de Berlín, y pasaba mis vacaciones en Deggendorf. Mi hermano Gregor, entonces farmacéutico en Landshut, me invitó un día a su casa para conocer a dos personas importantes. En esa época, mi her­mano era jefe del "Cuerpo franco de la Baja Baviera", una de las numerosas organizacio­nes paramilitares contrarias al tratado de Versailles que iba a firmarse. Su ayudante era Heinrich Himmler, quien se encargaba de reunir los miembros dispersos de la organización (y sobre todo las armas) y de mantenerlos en condi­ciones. Fui a Landshut y allí mi hermano me informó que esperaba al general Ludendorff y a un tal Adolf Hitler. Ludendorff que­ría iniciar el reagrupamiento de todas las asociaciones paramilitares y con ese fin iba a hablar con mi hermano para que pusiera bajo sus órdenes a su grupo. Lo acompañaría Hitler, que era su "asesor político", pues el abortado golpe de marzo de 1920, le había demostrado que un golpe sin preparación política no tenía nin­guna posibilidad de éxito. Hitler debía asumir esa instrucción y esa preparación política, pues sus reuniones públicas realizadas anteriormen­te en Munich contaban con numeroso público.

¿Qué impresión tuvo de Hitler?

Cuando esos señores llegaron en au­tomóvil, el general Ludendorff me impresionó profundamente y correspondía exactamente a lo que yo me imaginaba. En cambio, su compañero Hitler me resultó desagradable por el servilismo que evidenciaba en presencia del general. Lo colmaba de atenciones como un maitre de hotel a un huésped de categoría. Cuando conversaba con él, todas sus frases comenzaban y terminaban con un "por su­puesto, excelencia", acompañado de una reve­rencia más o menos insinuada. Esa actitud ya me hubiera resultado chocante de haber vestido uniforme, pero con ropas civiles me resultaba doblemen­te desagradable. Ludendorff, en cambio, a pe­sar de lucir un uniforme militar, hablaba en forma simple y natural, y escuchaba con in­terés todas las sugestiones.

¿Cuál era su posición política en esa época?

Yo todavía era miembro del partido socialdemócrata y participaba en los cursos de estudios del Vorwarts. Hitler, que según todas las apariencias se había informado acerca de mí antes de nuestra entrevista, me atacó de inmediato. "¿Es cierto que en marzo usted tomó las armas contra el golpe nacional y por consiguiente con­tra su excelencia Ludendorff?", me preguntó con tono cortante. "Sí, y tam­bién lo hice el año anterior contra el poder del Consejo de Baviera, porque me opongo a toda dictadura, ya sea roja o parda. Además, estoy convencido de que el resurgimiento nacional sólo podrá hacerse con la bandera del socia­lismo y no con la del capitalismo y la reacción, y que los golpistas eran ciertamente nacionalistas pero también reaccionarios y capitalistas". Ludendorff tomó entonces la pa­labra y me dio la razón: "Todos eran viejos reaccionarios.

Cuando lo advertí, los abandoné inmediatamente des­vinculándome de su intento". Insistí a Hitler para que nos dijera finalmente cuál era el programa de su partido que se llamaba "Par­tido Obrero Nacionalsocialista"; era un her­moso nombre y yo deseaba saber qué cubría, pero fue en vano. Aunque la conversación se prolongó durante varias horas, no pude lograr que Hitler me definiera un programa cualquiera, a pesar de que en varias ocasiones el general Ludendorff se esforzó en traducir las explicaciones de Hitler en el plano de la economía y la política interna. Cuando nos separamos ya avanzada la tarde, mi hermano se había puesto bajo el comando militar de Ludendorff, pero pidió tiempo para pensar en lo referente al aspecto político. Al despedirse, Hitler se dirigió a mi hermano: "Con usted me hubiera entendido fácilmente, pero su her­mano es un marxista y un intelectual. Es di­fícil ponerse de acuerdo con esa gente".

¿Cuál fue su impresión en general y cuáles fueron las consecuencias de esa en­trevista?

Mi impresión fue totalmente negativa. Un hombre que no puede precisar su pen­samiento carece de plan claro y bien definido, o no quiere revelarlo. En mi opinión, en esa época y también después, Hitler no tenía pro­grama político, fuera del programa que tomó de Gottfried Feder, conocido con el nombre de los "25 puntos del NSDAP". Hitler quería el poder, nada más que el poder, para Adolf Hitler. Cualquier programa que lo llevase al poder le hubiese convenido. Su intuición le hizo comprender que la unión del nacionalismo y del socialismo, las dos ideas fuerzas del siglo XX, era "el camino del futuro" que lo llevaría a él al poder.

¿Considera entonces que Hitler no creía en ningún concepto político?

Sí, creía en el antisemitismo, si podemos llamar a eso un concepto político. De todas maneras, es una fuerza política y lo ha sido a través de los siglos, y no solamente en Alemania.

¿Cuándo y dónde volvió a ver nuevamente a Hitler?

Mi hermano ingresó en el NSDAP y yo abandoné el partido socialdemócrata. Me mantuve entonces al margen de la polí­tica, aprobé mi doctorado e ingresé como informante en el ministerio de Abastecimiento y Agricultura en Berlín. El 9 de noviembre de 1923 se produjo el golpe de Hitler del cual me enteré en Berlín, cuando ya había terminado. Mi hermano fue detenido y conde­nado lo mismo que Ludendorff y Hitler, pero en 1924 fue puesto en libertad al ser elegido diputado en la Dieta de Baviera. Hitler per­maneció en Landsberg y Ludendorff fue absuelto. Es más, después del alejamiento de Hitler de la vida política alemana, Ludendorff y mi hermano se hicieron cargo de la direc­ción política del movimiento nacional, para su gran desagrado. En esa época mi hermano pi­dió mi colaboración, en su carácter de consejero político, para hacer del NSDAP un verdadero partido nacionalso­cialista, con un programa claro y eficaz. Ingre­sé así en ese partido "sin Hitler", y fundamos con Gregor las "Letras Nacionalsocialistas" y designamos jefe de redacción al doctor Joseph Goebbels, ex miembro del "Partido de la Li­bertad del Pueblo Alemán". Re­cibía un pequeño sueldo mensual como secre­tario particular de Gregor, el primer dinero que el joven Goebbels ganó regularmente.

¿Cómo volvió Hitler a la escena?

Mediante una serie de influencias aún no aclaradas. Según las investigaciones de los historiadores, Hitler habría sido puesto en libertad en forma totalmente inesperada e incluso se le habría permitido -al menos en territorio bávaro- reiniciar su actividad política, aunque siempre fuera extranjero y a pesar de haber sido condenado a varios años justamente por sus actividades políticas. Prusia emitió una orden de arresto y le prohibió residir en su territorio y hacer uso de la palabra en público, de modo que dos tercios de Alemania le eran inaccesibles. Mi hermano aprovechó esa situación para convocar a un mitin en Hannover, con el fin de constituir una comunidad de todos los trabajadores del norte de Alemania. Las "Letras Nacionalsocialistas" serían para ellos un órgano de formación política y servirían para ampliar y difundir la acción. En Berlín fundamos las "Ediciones Combate" y como yo debía asumir la dirección, acepté continuar mi colaboración, pero puse como condición la adopción de un programa definido, que elaboré junto con mi hermano, y que se conoció más tarde con el nombre de "Programa de Bamberg".

La asamblea de Hannover se pronunció en favor de dicho programa, de modo que tuvimos las manos libres. Así, mientras en el sur de Alemania "reinaba" Hitler junto con Rosenberg y Streicher, en el norte mi her­mano tenía sólidamente el partido en sus ma­nos, con el apoyo de hombres como Kaufmann y Schlange Schöningen. Goebbels y yo mismo asegurábamos el apoyo intelectual. Hitler tomó la iniciativa du­rante una reunión del partido realizada en Bamberg (primavera de 1926), para tratar de obtener por la fuerza una elección definitiva entre "hitlerismo" y "strasserismo". Pero ello se frustró y no tuvo otra consecuencia que el ingreso de Goebbels en el sector hitlerista, que tenía la ventaja de ser el más rico.

¿Cómo se desarrollaron sus relaciones con Hitler?

Después de la reunión en Bam­berg, la antipatía que Hitler sentía por mí aumentó cuando Goebbels le contó que en Hannover yo había preconizado la declaración del nacionalsocialismo contra el antisemitismo de Munich. Pero Hitler sabía muy bien que mientras durase su destierro del norte de Alemania nada podía hacer sin mi hermano. Por consiguiente, trató siempre de estrechar sus vínculos personales con él. Fue el padrino de los mellizos de mi hermano, frecuentó asi­duamente su casa, y en oportunidad de la muerte de mi padre pronunció una alocución fúnebre en la casa de mi familia, de modo que durante el período entre 1925 y 1930 mantuve con él numerosas entrevistas. Ello me parece muy importante porque existe una enorme diferencia entre el hecho de haber conocido a un hombre en privado y en sus comienzos, y el de verlo con la investidura del poder. Junto con Rudolf Hess, que por lo demás se hallaba presente a menudo, soy el único hombre vivo que conoció a Hitler en sus comienzos y en un círculo tan restringido.

¿Y cuál es su juicio definitivo acerca de la personalidad de Hitler?

Coincide exactamente con mi primera impresión de 1920. El encanto austríaco de Hitler, que usaba o del cual se despojaba a voluntad y también sus accesos de furia igualmente controlados eran tan irresistibles como su voluntad sobrehumana. Gracias a su poder de intuición, basado justamente en su incultura, Hitler desorientaba a los débiles y a los fuertes -pero sobre todo a los débiles- que conversaban con él, y entonces explotaba sin ningún escrúpulo esos puntos vulnerables, para ganar a su in­terlocutor a su causa o para intimidarlo, según la importancia que le atribuía. Su fuerza de voluntad, que superaba las dimensiones humanas, se acrecentaba también con su falta de cultura y de conocimientos, convirtiéndose así en el arma decisiva de su desmesurada ambición. Esa ambición indomable, una voluntad poco común, una falta total de principios morales y su poder de intuición fueron los in­gredientes de esa mezcla explosiva que al ser lanzada en medio de la situación revolucionaria de la posguerra, tanto en Alemania como en Europa, tuvieron el efecto fatal que todos nosotros conocemos.

¿En qué época tuvo usted frecuentes oportunidades de conversar a solas con Hitler?

En los primeros años posteriores a su liberación. Hitler era frecuentemente huésped de mi hermano en Landshut y de mis padres en Dinge. Durante esos encuentros pri­vados y sin protocolo, podía en cierta forma salir de sí mismo; Hitler se expresaba de manera muy diferente cuando se hallaba ante un público numeroso que cuando asistía a una pequeña reunión, pues temía la crítica. En este caso, cuando hablaba de política, se limi­taba siempre a generalidades y evitaba todo problema preciso. Desviaba la conversación al terreno del arte.

¿Puede describirme usted una jornada que haya pasado en compañía de Hitler?

Con mucho gusto. En Dingensbüttel, en el año 1926, estando de visita en casa de los abuelos Strasser, fuimos a buscarlo des­pués del desayuno para visitar la ciudad. De inmediato comenzó a exponer sus proyectos para modificar su aspecto. Su odio se dirigía especialmente contra los techos planos que, según afirmaba, eran de inspiración judía. Al recordar las visitas que hicieron a la ciudad los emperadores, acometió contra los banqueros judíos y los prestamistas, entre los cuales Fugger era, según él, el típico representante judío, y con un ligero movimiento de la mano rechazó mi objeción de que Fugger no era judío. Hitler sentía aversión por toda rectificación o corrección, sobre todo si se presentaban pruebas. Le gustaba discurrir solo y llamaba "juegos de intelectuales" a las discusiones. Por la tarde, a la hora del café, Hitler se limitaba a hablar de arte o de obras políticas que coincidían con sus propias concepciones. Recuerdo una larga conversación sobre Maquiavelo. Creía poder deducir de la obra del florentino que todos los hombres son malos y que un jefe debía tomar a César Borgia como modelo.

Esta conversación del año 1926 me parece muy importante a la luz de los acon­tecimientos del 30 de junio de 1934: cuando yo condenaba el cobarde asesinato de sus ge­nerales realizados por Borgia, Hitler lo defendió considerándolo la mayor hazaña po­lítica de Borgia. Afirmó que un jefe siempre debe estar dispuesto a separarse de sus com­pañeros de la primera hora, si ellos represen­tan un obstáculo para el fin que se propone. En "Mein Kampf" (Mi lucha), Hitler confiesa haber leído solamente libros que confirmaban sus propias convicciones. Buscaba argumentos para su imaginación enfermiza. Casi siempre lo acompañaban Hess y su chofer Schaub. Llevaba un ligero impermeable sobre sus ropas y botas de montar y no se separaba de su fusta. Durante la noche, lo visitaban algunos notables de la ciudad, y Hitler les exponía sus planes para la transformación de la ciudad de Munich, que esperaba embellecer con un mo­numento conmemorativo dedicado a la marina. Hitler era el hombre más desprovisto de sentido del humor; detestaba los cuentos cómicos, los juegos de naipes y las conversacio­nes galantes. Se acostaba siempre a las diez de la noche. Hitler era un fenómeno interesante, de un magne­tismo extraordinario. He visto a muchas per­sonas que le eran totalmente hostiles entusias­marse completamente con él al cabo de diez minutos, porque Hitler advertía sus debili­dades y sabía halagarlas.

¿Cuál es su opinión acerca de la actitud de Hitler con las mujeres, basada justamente en su conocimiento personal e íntimo?

¡Hitler no tenía ninguna relación con las mujeres! Esa fue una de las razones de la desconfianza instintiva que sentía por él. Quien no gusta de las mujeres, no bebe vino y se precia de no fumar ni de comer carne, me resulta sospechoso a primera vista. Mi experiencia de la vida me ha enseñado que conviene cuidarse de esta clase de hombres. Frecuentemente, ellos compensan esos sentimientos de frustración en una forma lamentable: anomalías sexuales, crueldad, deseos sanguinarios y un desprecio sin límites por la vida. Y Hitler odiaba a las mujeres. Ignoro si se trataba de una deficiencia congénita o de consecuencias de una experiencia desdichada. La historia de su juventud -la verdadera historia y no la fábula que él había inventado- puede hacer presumir dos eventualidades. Pero es total­mente cierto que Hitler era impotente y que a raíz de ello había concebido un odio por la mujer y por los hombres particularmente vi­riles. No obstante, además del hecho de con­siderar a las mujeres objetos capaces de per­mitirle alcanzar sus fines, especialmente para ganarse la voluntad de ciertos hombres o para perderlos, las veneraba en su condición de madres.

¿Ello es válido también en lo referente a su sobrina Geli Raubal? ¿Conocía usted a Geli? ¿Qué sabe usted de su muerte?

Ello es igualmente válido en lo re­ferente a las relaciones que tuvo con la hija de su hermanastra. Conocí muy bien a Geli. La frecuenté suficientemente para despertar los celos de Hitler pues no puede haber la menor duda de que Hitler estaba enamorado de su sobrina. No la amaba como tío, pero ese amor adquirió un carácter morboso precisamente porque Hitler era impotente, como ya he dicho. Mantenía prisionera a Geli; la encerraba en su habitación no sólo de noche sino frecuentemente también de día. Ella vivía en su casa, de modo que la tenía continuamente bajo sus ojos. Cuando salía, la hacía vigilar por un hombre de confianza. En suma, la tiranizaba tanto que ella me pidió que a través de mi hermano le consiguiera una autorización para establecerse en Berlín.

¿Y su muerte?

Es también un capítulo que nunca se aclaró, y cuyo secreto podría encontrarse tal vez en los archivos del gobierno bávaro. El hecho es que Geli fue encontrada muerta de un balazo en su habitación y que Hitler difundió la noticia de que Geli "se había suicidado por desespera­ción amorosa". Pero nunca pudo disiparse el rumor, en la jerarquía del partido, de que el mismo Hitler la había asesinado en una crisis de celos (de la cual hubo varios testigos). Se­gún esa versión, Hitler se habría enterado de una carta en la cual Geli confesaba estar encinta, lo que habría impulsado a Hitler a darle muerte.

¿Tenía Hitler propensión al sadismo?

Sin duda alguna. Por ejemplo, le gustaba hacerse proyectar filmes tomados durante ejecuciones.

¿A qué ejecuciones se refiere?

El caso del espionaje Sonowsky en Berlín, por ejemplo, culminó con la decapitación de la baronesa Von Berg en Plotzensee. Pues bien, Hitler se hizo proyectar varias veces el filme de esa decapitación. Las ejecu­ciones que siguieron al desmembramiento del movimiento de resistencia del 20 de julio eran igualmente uno de sus filmes favoritos.

¿Cuáles son los episodios menos co­nocidos de la vida de Hitler?

El capítulo más oscuro es el de sus orígenes. Se sabe que el padre de Hitler era hijo ilegítimo de una señorita Schickelgrüber, que posteriormente casó con un señor Hitler, a quien hizo adoptar el niño. Pero hoy se ha probado que ese niño, es decir el padre de Adolf Hitler, era mitad judío. Su padre fue un judío soltero cuya criada era la señorita Schickelgrüber. Si bien es fácil comprender que el mismo Hi­tler haya hecho todo lo posible para ocultar estos hechos y evitar su difusión, resulta mu­cho menos comprensible la actitud de sus ad­versarios -del interior y el exterior- que entonces no podían ignorarlos. Resulta sorprendente que nunca se haya hablado de ellos. Si se hubieran revela­do, la leyenda hitlerista habría perdido todo fundamento: la ascendencia judía de Hitler habría terminado definitivamente con su mito. Otro capítulo oscuro de la vida de Hitler es el de su comportamiento durante el período lla­mado "el gobierno de los Soviets de Munich".

En "Mi lucha" nos informa que a comienzos de la revolución el 9 de noviembre de 1918, Hitler se hallaba internado en el hospital municipal de Pasewalk por una pre­sunta intoxicación por gas que le habría oca­sionado trastornos visuales. Es curioso que nunca se haya encontrado el menor indicio de la historia clínica del cabo del Regimiento 16 de Infantería de Reserva bávaro Adolf Hitler. Quienes tuvieron ocasión de ver esa historia aseguran que nunca se trató de una intoxicación de esa clase. Ello es más que probable, pues durante las últimas semanas de la guerra los aliados ya no usaron gases, ya que se hallaban en continuo avance y se hubieran expuesto a encontrarse con sus propias ema­naciones venenosas. Sea como fuere, lo importante aquí es que Hitler nunca dio una explicación plausible de sus actividades durante ese período. Sin em­bargo, lo volvemos a encontrar, a comienzos de 1919, en un cuartel de Mu­nich, donde se disolvió su antiguo regimiento. Hitler no se hizo desmovilizar y llevó el bra­zalete rojo del ejército revolucionario que el gobierno de noviembre impuso en reemplazo de las insignias tradicionales del ejército. Per­maneció allí incluso cuando se proclamó la República de los Soviets en Baviera en 1919, lo cual provocó la huida a Bamberg del go­bierno legítimo de Hoffmann, que desde aque­lla ciudad lanzó un llamado a la rebelión contra la dictadura roja.

El presidente Ebert, en Berlín, lo apoyó y dispuso la intervención a la Fuerza de Defensa, reforzada con numerosos paramilitares a los cuales me incorporé. Hitler no sólo se abs­tuvo de incorporarse sino que, por el contrario, siguió prestando servicios durante esas semanas de marzo y abril de 1919 luciendo el brazalete rojo. Ninguno de sus biógrafos, ni él por lo demás, menciona ninguna participación en la lucha contra el bolcheviquismo. Sólo después de la victoria de la Fuerza de Defensa y de sus paramilitares, el cabo Adolf Hitler apareció en el des­pacho del capitán Roehm, el oficial político de las tropas vic­toriosas, para ponerse a su disposición en su carácter de espía de los di­versos movimientos políticos que entonces se producían en la capital de la Baviera libe­rada. Hitler tuvo la audacia de designarse a sí mismo en esta función como "oficial po­lítico", es decir como oficial patriota encargado de difundir la doctrina. En realidad, sólo era uno de los numerosos agentes de in­formaciones de la División VII que de­bían informar al jefe de la sección política de todo lo que sucedía entonces en Munich. Así, Hitler tuvo ocasión de asistir a una re­unión del Partido de los Trabajadores Ale­manes que ya tenía dos años de vida. Después de asistir a algunas de las reuniones, durante las cuales usó varias veces de la palabra, Hi­tler fue invitado por el presidente del pequeño partido a asumir la dirección de la propagan­da, en su carácter de séptimo miembro del consejo directivo. Hitler siempre se negó a responder a las preguntas que se le formularon con respecto a su acción durante la dictadura de los Soviets en Munich.

¿Conoció usted a Alois, el herma­nastro de Hitler?

Sí, lo conocí muy bien. Su her­manastro, que había heredado el nombre de Alois de su padre común, era maitre de hotel en el restaurante Hut de la Potzdamer Platz en Berlín. Hacía mucho tiempo que Alois había aceptado su común origen judío. Escribió a su hermanastro Adolf informándole que tenía en su poder cartas del abuelo judío a la señora Schickelgrüber, que, además de la pensión alimentaria, trataban de la Evolución y de los progresos del hijo común, y que se proponía venderlas al "Frankfurter Zeitung". Ello debía suceder en 1927 o 1928, y a raíz de ello, Adolf Hitler adquirió esas cartas a su hermanastro, precisamente por intervención de su abogado, también mitad judío, que veía en ello un medio de presión contra el führer.

¿Cómo escribió Hitler "Mi lucha"?

Decir que lo escribió es inexacto. Refirió sus aventuras de juventud, sus ideas, a su compañero de celda Rudolf Hess, y éste decidió consignar todas esas cosas por escrito. Mientras Hitler caminaba a lo largo de la celda, evocando sus recuerdos y exponiendo sus ideas, en forma frecuentemen­te incoherente y vaga, Hess se ocupaba de tomar nota de ellos. Después de abandonar Landsberg, Hess habló del manuscrito a Gottfried Feder, uno de los redactores de los famosos "25 puntos". Este último lo completó y luego lo envió, para una última corrección, al padre Stenzler, que en esa época era jefe de redacción de un periódico nacionalista de prestigio, el "Miesbacher Anzeiger", y que juzgó muy malo el estilo suprimiendo numerosos pasajes, para gran disgusto de Hitler. El padre Stenzler fue asesinado por las SS el 30 de junio de 1930, y corrió el rumor de que su críti­ca de "Mi lucha" no era ajena a ese fin trágico.

¿Conocía usted la organización Thulé (Orden de los Teutones)? ¿Cuál era la posición de Hitler con respecto a ella?

Personalmente nunca tuve nada que ver con el grupo Thulé. Sólo he sabido que en la época de su lucha contra el poder del Consejo, los comunistas detuvieron e hicieron fu­silar a más de una docena de miembros de ese movimiento, como represalia. Más tarde supe que Hess había pertenecido a esa so­ciedad secreta. Es probable que Hitler haya estado vinculado con ella, pero no puedo ase­gurarlo.

Pero Hess fue discípulo del profesor Haushoffer. ¿Hasta qué punto Haushoffer se hallaba vinculado a ese círculo?

Haushoffer fue mi último jefe, en su carácter de coronel del Regimiento 1º de Artillería de Campaña bávaro. Después de mi desmovilización fue profesor en Munich y, en gran parte, fue el creador de esa nueva cien­cia llamada "geopolítica". Hess era un adepto entusiasta de Haushoffer, con quien colabo­raban sus dos hijos. Pero como estos últimos no satisfacían las exigencias de Hitler acerca de la herencia aria, Haushoffer y sus dos hijos no desempeñaron un papel importante en el partido. No obstante, a través de Hess, Hitler sufrió una fuerte influencia de las teorías ge­nerales y espirituales de Haushoffer.

¿Cómo se incorporaba Hitler en este esquema?

Al igual que todos los miembros de su partido, Hitler era un apasionado adepto a la astrología y a las ciencias ocultas. Su afi­ción surgió en su juventud por influjo de la doctrina del ex monje Lanz Von Liebenfels. Sin embargo, mi profundo conoci­miento del carácter de Hitler me induciría a decir que creía tan poco en la astrología como en el catolicismo, pero sabía utilizarlos muy bien para conquistarse a los hombres y domi­narlos. No sólo dejó el campo libre a Hess y a Himmler, los dos "místicos" entre sus alle­gados inmediatos, sino que, gracias a ellos, mantuvo también relaciones instructivas con famosos astrólogos y los alentó a usar hábilmente sus pre­dicciones con fines de propaganda. Pero lo más importante era que, al menos en sus comienzos, las predicciones de estos hombres fueron casi exclusivamente favorables a Hitler. En esa medida, la astrología fue confirmada por los hechos, a diferencia por ejemplo de los ridículos análisis de los periódicos ale­manes "Frankfurter Zeitung" y "Berliner Tageblatt".

¿Es cierto que usted y su "Frente Negro" utilizaron la primera verdadera emi­sora clandestina?

Sí, es exacto. Ya en 1934, es decir cinco años antes de la guerra, yo había conce­bido el proyecto de difundir a Alemania mi propaganda contra Hitler mediante un trans­misor de onda corta. Realicé ese plan con la ayuda de mi amigo Rudolf Formis, ingeniero jefe de la planta transmisora de Radio Stuttgart. Para furia de Hitler y de sus acólitos, todas las noches y durante largas horas, un río de verdades se volcaba en Alemania, sobre todo después de la "Noche de San Bartolomé alemana" del 30 de junio de 1934. Finalmente, Hitler encargó a su "superasesino" Heydrich para que pusiera término a la actividad del transmisor del "Frente Negro", y trajera a Ale­mania, vivos o muertos, a Strasser y a Formis. No lo lograron, pero Heydrich encontró no obstante su instrumento mortal: el jefe SS Alfred Naujocks. Con la colaboración de una mujer de apellido Kersbach y de otro asesino SS, Naujocks descubrió el escondrijo del trans­misor (el hotel Zahorcy en Praga), y asesinó a mi amigo Formis, aunque fue herido por este último durante su heroica defensa.

En el "Vólkische Beobachter" del 23 de noviembre de 1939 se decía que usted había preparado un complot contra Hitler con la colaboración de los servicios secretos ingleses. En la acusación se mencionaba el hecho de que usted había intentado asesinar a Hitler en 1936, durante los Juegos Olímpicos de Ber­lín, luego en ocasión de una reunión del Parti­do en Nuremberg, y finalmente durante la visita del Duce en 1937. En mayo de 1938, us­ted habría hecho transportar también un arte­facto explosivo a Dresden con el propósito de dar muerte a Hitler. ¿Es verdad?

¡Como usted ve los nazis siempre tuvieron confianza en mí! Responderé objeti­vamente: considero que el tiranicidio es un medio legítimo de un pueblo sometido para reconquistar su libertad. Y Hitler comenzó por reducir al pueblo alemán a la esclavitud para arrojarlo luego al abismo de la guerra total, es decir, de la destrucción total. Hubiera sido una gran suerte lograr eliminar a Hitler antes de ese cataclismo e incluso al precio del asesi­nato. Por esa razón organicé numerosos aten­tados; algunos no fueron preparados por mí y aunque estaban dentro del espíritu del "Fren­te Negro", los ignoraba totalmente. Basta ima­ginar lo que ese tiranicidio hubiera evitado a Alemania y a toda la humanidad, para jus­tificarlo plenamente. Veamos los detalles: aparte de un atentado personal contra Hitler ejecutado por un grupo SA, que después del 30 de junio de 1934 quería vengar el ase­sinato de Röhm y me entrevistaron en Praga para prepararlo, sólo el atentado mediante una bomba contra el diario "Der Stürmer" fue organizado y realizado según mis planes. La­mentablemente, debí abortar a raíz de una traición en Alemania misma con un saldo de tres víctimas: Hirsch, Kremin y Dopkin, que fueron ahorcados por el verdugo de Hitler. Todos ellos sabían que una lucha por la libertad exigía sacrificios humanos, pero también sabían cuál era la finalidad perse­guida: evitar la guerra.

Schellenberg, que estaba encargado de perseguirlo a usted, ¿fue quien determinó su expulsión de Suiza?

En sus memorias, Schellenberg me dedica todo un capítulo a mí y a las persecu­ciones de que me hizo objeto, especialmente en Portugal. Es más que verosímil que durante las diversas entrevistas que tuvo con Masson, el jefe de los servicios de seguridad suizos, haya solicitado también mi extradición. En efecto, yo fui expulsado indirectamente de Suiza, después del atentado de la sala "Burgerbrau" en Munich en noviembre de 1939. Se me comunicó que Hitler había solicitado mi arresto y mi extradición. Sólo me quedaba huir a Francia, cosa que logré a mediados de ese mes. Una vez más escapé de las garras de la Gestapo.

¿Usted afirmó que Hitler no fue el líder sino el catalizador del pueblo alemán?

Exactamente. Como lo he dicho y repetido tantas veces, no era el jefe, sino el "tapón" de la Revolución alemana; no fue el que formó la voluntad del pueblo alemán, sino el que la soportaba, como una membrana, y expresaba los sentimientos de un pueblo aplastado por la Primera Guerra Mundial y una revolución social abortada. Gracias a ello siempre vibró al unísono de las masas y ca­si siempre en oposición a las clases dirigentes del pueblo alemán: la nobleza, los intelectua­les, el ejército y la Iglesia. Hitler odiaba, por instinto y por razonamiento, a esos voceros de la minoría y de la élite, e hizo todo lo posible para destruir las instituciones que ellos representaban.

No nos referimos únicamente a su odio contra éstas, sino también a la disolución de las organizaciones estudiantiles. También en esta ocasión obtiene la total apro­bación de la gran masa del pueblo. Le daré un solo ejemplo de su infalibilidad premonitoria, que era independiente de su propia convicción. Un día debía hablar en un congreso femenino ante un millar de mujeres de todas las clases so­ciales. Mi hermano creía que iba a ser un fiasco total, puesto que Hitler no tenía nin­guna relación normal con las mujeres. Hitler habló y terminó su discurso con este grito: "¿Y qué os ha dado el nacional­socialismo? ¡El hombre!". Había encontrado el denominador común. La intuición de Hitler no puede subes­timarse. Si se agrega a su fuerza de voluntad y a su absoluta falta de escrúpulos, consti­tuye el origen esencial de sus éxitos. Hitler nunca fue un jefe que impusiera al pueblo sus propias concepciones: fue sólo un medio capaz de penetrar en los sentimientos confusos de un pueblo en un momento dado, traducir­los en palabras y convertirlos en el fin de su voluntad.

En lo que concierne al porvenir, ¿cree usted que puede haber un nuevo Hitler en Alemania?

No creo, ¡estoy seguro! ¿Por qué? Porque hoy se plantean los mismos problemas de un nuevo orden económico y político que antaño, en la época de la República de Weimar, y que hacen objetivamente posible la aparición de un nuevo Hitler. Dichos proble­mas no fueron resueltos por Hitler, ni por las potencias victoriosas ni por Bonn. Y mientras esos problemas -a los cuales se agrega ahora el de la unificación de Alemania- subsistan, las tensiones internas conducirán a intentos de solución, como sucedió en el pasado, y el es­píritu del pueblo alemán le permitirá superar la "solución fascista".

¿Cómo podría, en su opinión, con­cretarse esa posibilidad?

Ante todo el problema principal: la situación de la Alemania de Bonn debe dete­riorarse forzosamente a raíz del fin de la "guerra fría" (de la cual Bonn será el principal beneficiario). La tensión siempre en aumento entre Moscú y Pekín ha producido y seguirá produciendo una distensión entre Moscú y Washington. Por consiguiente, la actitud obs­tinada y estéril de Bonn se hace molesta in­cluso para Washington. A ello debe agregarse el deterioro de la situación económica y financiera de Bonn. Di­cho deterioro induce ya a amplios sectores de la gran industria a interesarse vivamente en las posibilidades de soluciones "parafascistas", tendencia ésta que habrá de acentuarse en el futuro. No debe olvidarse que a fines de la era de Weimar, la gran industria buscó en la mis­ma forma un "hombre fuerte" y que lo en­contró en la persona de Hitler. Esos mismos círculos mantienen en reserva desde 1945 a importantes representantes del régimen hitlerista. Así, hombres como el doc­tor Best, condenado a muerte en Dinamarca, como Sepp Dietrich, el asesino de Röhm, y como el general SS Meyer, condenado a muer­te en Canadá, ocupaban y ocupan todavía car­gos honoríficos y fuertemente pagados en la industria alemana. No deben dichos cargos a su capacidad profesional, créame, se los con­serva como "agentes de enlace", en caso de necesidad, o por si aparece una posibilidad. Esa necesidad se impondrá cuando la situación de Bonn se torne cada vez más difícil.

¿Piensa usted que hay algún candi­dato para ese papel de Hitler II?

Debe señalarse que Hitler II se parecerá tan poco (o tanto) a Hi­tler como Napoleón III a Napoleón I. Un "hombre fuerte" no tiene ninguna intención de hacerse cargo de un papel ya hecho; la expe­riencia ha costado muy cara. Evidente­mente, tiene que haber sido miembro del partido, pero sin haber desempeñado una par­te activa en la persecución de los judíos. Debe haberse aproxi­mado a Hitler lo suficientemente cerca para beneficiarse con el sello de la legitimidad, pero al mismo tiempo hallarse suficientemente ale­jado para no ser contaminado por el olor nau­seabundo de los hornos crematorios. Debe ser un capitalista convencido, pero también hablar elocuentemente de justicia social, en lo posible, ¡con las flores del estilo evangélico! Debe ser católico, pero sin un apego espectacu­lar por la Iglesia, y tener cierto encanto en la televisión que resulta indispensable para esta forma de "dictadura demagógica". Debe ser pronorteamericano, sin dejar de mostrarse amable con De Gaulle y evitar sostener opiniones dirigidas contra Moscú. Además, debe resultar simpático al pueblo e inofensivo para las personas que tie­nen alguna influencia lo mismo que para el Parlamento, que no tiene ninguna vocación por ninguna forma de cambio.

¿Cómo se explica que usted no haya recibido ninguna indemnización por haber combatido el sistema hitlerista, mientras que las señoras Goering y Heydrich reciben una pensión del gobierno de Bonn?

Usted ha puesto el dedo en una de las paradojas del "espíritu de Bonn". A hom­bres como el profesor Nikisch y yo nunca se nos reconoció como "víctimas del nazismo", mientras que nazis reconocidos conservan sus cargos o reciben elevadas pensiones como re­paración. Pero recuerde usted que fue un hombre como Schroeder, actual ministro de relaciones exteriores de Bonn, en su época agente de Hitler en la sección jurídica de los SA, quien se ocupó como ministro del Interior del decreto que privaba a Hitler de sus dere­chos ciudadanos, y que al mismo tiempo me declaró "extranjero indeseable" que no podía beneficiarse con la nacionalidad alemana. De­bí librar una batalla de cinco años contra Bonn para recobrar finalmente mi nacionalidad y el derecho de poder volver a mi país, pero des­pués de seis procesos. Bonn sigue negándome toda indemnización. Así pues, ni indemniza­ción ni reparación, he ahí el espíritu de Bonn en todo su esplendor.

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