25 de enero de 2020

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“AYUDA HUMANITARIA” ES GUERRA IMPERIALISTA POR EL BOTÍN DE LIBIA

Hugo R C Souza.

26 de abril de 2011

Traducción Enrique Chiappa

El 19 de marzo la coalición de fuerzas imperialistas compuesta por USA, Francia, Gran Bretaña, Italia y Canadá atacó a Libia. Después de un periodo de grandes ensayos que ocultaban las negociaciones entre estas potencias imperialistas por el botín de Libia, se escenificó en la ONU –la gran bolsa de negocios del imperialismo-— la votación para la intervención militar.

Francia, el primer Estado que reconoció a la “oposición” a Kadafi como gobierno libio, lanzó el primer ataque. De pasada por Brasil, Obama hablaba de paz, democracia, igualdad entre grandes y pequeños para una platea de chupamedias, mientras ordenaba a sus tropas que desencadenasen sus bombardeos.

Ésta ha sido la mayor operación militar realizada simultáneamente por las potencias transatlánticas y las naciones administradas por títeres, desde que ocurrieron las invasiones a Irak y Afganistán. Los cobardes bombardeos masivos sobre el territorio libio son parte de sus maniobras, en la tentativa de aprovecharse de las justas rebeliones de los últimos meses en el norte de África y en Oriente Medio contra la opresión, la corrupción, el deterioro generalizado de las condiciones de vida y por una democracia popular en el llamado mundo árabe.

El hecho de que esas rebeliones carezcan de una dirección revolucionaria consecuente ha sido aprovechado por las fuerzas manejadas por la batuta de USA y de la Unión Europea que, sirviéndose de las viejas concertaciones, frustran sus objetivos, conduciendo el proceso hacia una mera reestructuración de los viejos Estados de esos países. Tal es el caso de Túnez y de Egipto, como informamos en la edición 75 de AND.

El primer misil de la operación “Odisea del Amanecer” -— nombre con el cual la alianza imperialista bautizó la invasión a Libia, y que suena como si fuese la continuación de la operación “Tormenta del Desierto”, la de la invasión a Irak, que acaba de completar ocho años-— fue disparado por un avión de guerra de Francia. Este primer ataque a las fuerzas de Muammar Kadafi contó con 20 cazas Rafale y comprendió un área de 15 mil kilómetros cuadrados en torno a Benghazi, la segunda mayor ciudad de Libia y la más importante de la parte este del país, donde están instalados los mayores intereses petrolíferos imperialistas en Libia.

Los primeros bombardeos mataron más de 40 personas, entre hombres y mujeres, ancianos y niños, además de destruir la sede del gobierno en Trípoli. El 24 de marzo, un barrio residencial del este de Trípoli fue alcanzado, dejando gran destrucción y un número no divulgado de muertos y heridos. Otros ataques afectaron a equipos de rescate que socorrían a las víctimas de bombardeos anteriores. Ciudades distantes de Trípoli también relataron haber sufrido bombardeos que provocaron importantes daños en blancos militares y civiles. Las propias agencias del monopolio internacional de la comunicación informan que es incesante el sonido de las sirenas de ambulancias en esa metrópoli.

El inicio de los bombardeos a Libia fue el inicio de un rápido proceso desencadenado por USA y por la Unión Europea en el ámbito de la ONU para una intervención de emergencia en aquella nación, con el objetivo de socorrer a las fuerzas retrógradas con las cuales el imperialismo ya había arreglado para llevar a cabo la salvación del capitalismo burocrático local que les sirve, pues el régimen de Kadafi había sido sacudido por el pueblo. En aquel momento, estas fuerzas se encontraban en la inminencia de ser derrotadas por el ejército de Kadafi.
Tras el rastro de las revueltas árabes
Se engaña quien cree que el levantamiento popular en Libia fue desde su inicio manejado por el imperialismo. Así como en Egipto, Túnez, Yemen, etc., los libios fueron a las calles a protestar contra el empeoramiento de las condiciones de vida, el desempleo, la corrupción y particularmente contra la opresión del régimen de Kadafi. Las protestas ocurrieron no solamente en Benghazi, también en Trípoli, donde fueron más fácilmente aplastadas por el reaccionario gobierno de Kadafi.

Algunos grupos revisionistas y trotskistas insisten en caracterizar los levantamientos como dirigidos directamente por el imperialismo desde el inicio, insinuando que los rebeldes serían monarquistas. Eso se debe a que algunas banderas con los colores de la monarquía de Idris I fueron alzadas en las manifestaciones. Pero ignoran que fueron incontables las declaraciones populares de contenido antiimperialista, del tipo “Ni USA/sionismo ni Kadafi”. Nutren también una gran ilusión en un falso carácter antiimperialista del gobierno de Kadafi.

Apostando en continuar en las buenas gracias del imperialismo, Kadafi pasó a denunciar los levantamientos como cosa de Al Qaeda, a la espera de declaraciones de apoyo, principalmente de los yanquis, debido a los servicios prestados en el pasado. Esa expectativa era justificada por la posición asumida desde hace años por Kadafi, como peón en el tablero de ajedrez del imperialismo, como la disposición de ayudar en la “guerra al terror” de Bush, en la expulsión de 30 mil palestinos en 1995 y en la autorización a transnacionales petroleras como la francesa Total, la británica British Petroleum y la yanqui ExxonMobile exploten el principal recurso natural del país.

Tal situación se debe a que el gobierno Kadafi, nacido de una revolución, se degeneró rápidamente en una tiranía con el objetivo de impulsar un capitalismo atrasado de tipo burocrático, atado y subyugado al imperialismo, al contrario de toda su propaganda socialista y de gobierno popular que hasta hoy seduce a mucha gente que cree en un frente con su gobierno para derrotar el imperialismo.

Sin embargo, el régimen de Kadafi se debilitó con los levantamientos y comenzó a despedazarse. Sectores de las clases dominantes que hasta entonces lo apoyaban, temiendo caer junto con él, hicieron un acuerdo con agentes imperialistas, principalmente franceses, y declararon el liderazgo de los “rebeldes” acogidos en Benghazi, habilitándose el reconocimiento del imperialismo.

Potencias no renuncian al petróleo barato libio

En los días anteriores a la invasión extranjera, Kadafi había retomado varias ciudades controladas por las facciones locales armadas y financiadas por las potencias, hasta encorralarlas en Benghazi, ciudad saludada por la contra propaganda del monopolio internacional de la comunicación como “bastión rebelde”. Esta expresión imprecisa, fue adoptada en medio de los esfuerzos para escamotear el hecho de que, después de las justas protestas de febrero contra las precarias condiciones de vida de las masas bajo el régimen autoritario y reaccionario de Kadafi —lo que es fruto de la degeneración de la revolución democrática de 1969 en Libia— el pueblo pasó a ser utilizado por el liderazgo “rebelde” como carne de cañón contra el “dictador”.

Las potencias decidieron desencadenar la invasión de Libia aún después de la retirada estratégica del ejército de Kadafi, que declaró un “cese al fuego” inmediato en la secuencia de la aprobación de una resolución avalando el ataque y estableciendo una zona de exclusión aérea sobre el territorio libio a fin de socorrer las facciones sitiadas, proveyéndolas de más equipamientos y armas, aprobada el 17 de marzo por el Consejo de Seguridad de la ONU.

Las razones para el ataque a Libia fueron falseadas por Obama, como es rutina en los ocupantes de ese cargo. El jefe yanqui, estaba pasando en revista a la semicolonia Brasil, cuando ordenó que los primeros misiles fuesen lanzados sobre Trípoli y Benghazi. Resumió así la versión actual de la patraña de siempre es utilizada para justificar las invasiones imperialistas: “no podemos quedarnos parados cuando un tirano dice a su pueblo que no habrá misericordia”.

El propio alboroto imperialista por la ayuda “humanitaria” para “proteger a la población civil” se desmiente cuando se observan más de cerca las articulaciones para la autorización al ataque. Francia, más articulada con la disidencia del régimen Kadafi, juega su peso en favor de la intervención para derrumbar Kadafi y colocar títeres en el poder. USA duda, temiendo perder la vieja inversión para transformar a Kadafi en su peón, pero, al ver su debilitamiento, apoya la propuesta, para no quedarse fuera de la repartición de Libia. El empeño por la aprobación de la propuesta de intervención de la ONU y participación de los ataques se debe a que USA necesita mejorar su posición en la disputa para exigir una parte mayor en el botín. Pero también, nada le impide de cambiar de posición y proponer una salida negociada con Kadafi, usándolo a su favor para el mismo fin.

Sin embargo, no se puede subestimar la habilidad política de Kadafi, un viejo zorro que percibe bien las contradicciones interimperialistas y hará el juego que le parezca mejor. Por eso, propone sucesivamente negociaciones con los “rebeldes” (apoyados por Francia, principalmente), ofreciéndose cómo representante de las otras potencias (principalmente USA e Italia). Públicamente hace un discurso antiimperialista, utilizando el argumento de defender su país agredido por fuerzas extranjeras, mientras también involucra a Rusia y China, con las declaraciones hechas de que de ahora en adelante estos serían los clientes preferenciales de su petróleo. Para él, la cuestión es aislar a Francia y para eso recurrirá a todo tipo de acuerdos secretos con USA e Italia.

Redoblan los tambores de guerra

Antes de la invasión, Francia, potencia que hizo las “honras” de los primeros bombardeos a Libia, ya había hecho acuerdos con las facciones locales más reaccionarias que corrieron para presentarse como los “liderazgos rebeldes” del país, buscando ganar prestigio para negociar con los monopolios. El día 10 de marzo, la administración de Nicolas Sarkozy se adelantó para hacer de Francia la primera potencia en reconocer el Consejo Nacional de Transición Interna (CNTR) como el gobierno legítimo de Libia.

El reconocimiento de París fue conseguido por representantes de la CNTR que estuvieron en Europa desde el inicio de marzo intentando cerrar acuerdos con el imperialismo europeo, mientras el pueblo libio sufría en las calles, y en la piel, la brutalidad de la represión desencadenada por Kadafi. El “presidente” de la CNTR es el ex-ministro de la justicia Mustafá Abdel Jalil, que saltó del barco de Kadafi directamente en el barco de la pandilla que ahora se ofrece gestionar la reestructuración del viejo Estado libio. Pocos días antes, la “oposición” libia que se presentó como líder de las protestas en las calles había anunciado la creación de un consejo militar en Benghazi. La propia composición de lo que se llama la “oposición” libia denota en el fondo las contradicciones existentes en aquel país. La disensión ocurrió principalmente entre las clases dominantes que dan la esencia al Estado y las primeras protestas populares fueron la señal para que los sectores insatisfechos rompieran la unidad con Kadafi.

Fue el debilitamiento de estos “liderazgos rebeldes”, ante las fuerzas de Kadafi, dispuestos a negociar con las potencias de la “comunidad internacional” que hizo que el imperialismo lleve a cabo el ataque a Libia, por la coalición formada inicialmente por USA, Francia, Gran Bretaña, Canadá e Italia. Pocas horas después de los primeros bombardeos por cazas franceses, el Pentágono anunció que ya había disparado más de 110 misiles contra el territorio libio. Los Emiratos Árabes Unidos y Qatar, enclaves yanquis en Oriente Medio, fueron llamados a contribuir con aviones de combate.

Kadafi prometió una guerra y dijo que va a armar un millón de personas contra las potencias imperialistas. Pero la tendencia apunta hacia las negociaciones y Kadafi jugará ciertamente con las contradicciones entre las potencias que luchan por el control del petróleo y de la posición estratégica de Libia en el Mediterráneo y en la cabeza del África. Para el imperialismo Kadafi no es el problema, se trata al final de cuentas, de liquidar cualquier posibilidad de que una fuerza rebelde revolucionaria asuma el poder en Libia o en parte de ella y de resolver con quien queda la parte principal del botín del petróleo libio. Por su parte, Kadafi usará el discurso antiimperialista de combatir la agresión extranjera para disputar con las facciones disidentes de las masas rebeladas y para intentar recuperar su imagen delante de las naciones y pueblos oprimidos del mundo. Con el único objetivo, claro, de estar en la mesa de negociaciones del imperialismo.

El domingo 20 de marzo, Rusia y la Liga Árabe acusaron a la coalición agresora de matar civiles en Libia. Redoblan los tambores de un conflicto de grandes proporciones.

Escenarios posibles

Por todo eso, se ve que la situación en Libia no es tan simple como los revisionistas y trotskistas quieren hacer creer. Hacer una alianza con Kadafi para derrotar la agresión imperialista para sólo entonces separarse de él, es pura ingenuidad y sería terriblemente desastroso para las masas que están bajo el fuego cruzado en Libia.

La realización de un frente entre las fuerzas revolucionarias y Kadafi, contra el imperialismo, depende de condiciones que la actual situación en Libia no reúne. Primero, porque el régimen de Kadafi no es ningún régimen burgués-democrático o popular, y sí más una pieza en el tablero de ajedrez del imperialismo. Si no fuere así, él se dispondría a hacer una guerra de liberación. Sin embargo, su promesa de “armar un millón de personas” para una guerra contra el imperialismo hasta ahora no fue colocada en práctica, y probablemente no lo será.

Situación muy diferente era la de Irak con Sadam Hussein, que era también un gobierno reaccionario que siempre golpeó sin piedad a sus opositores y que también durante largo tiempo hizo el juego de los yanquis. Pero después que entró en contradicción con USA y en la medida en que la situación se agravaba, Hussein intentó unir al máximo la población con el discurso anti yanqui, a pesar de aún perseguir a los opositores. Cuando la segunda agresión a Irak se hizo inminente, convocó a la unidad nacional, liberó los presos políticos, abrió los depósitos de armas para la población y la convocó para una guerra prolongada contra el invasor.

Kadafi difícilmente haría eso, debido a que está envuelto con muchos compromisos con el imperialismo, no tiene más la base de masas que tenía antes y ni la que Sadam supo conformar. Su discurso antiimperialista es extremadamente limitado e incapaz de sensibilizar a las masas, pese a la tradición de lucha del pueblo libio contra los invasores.

Resta entonces a Kadafi apoyarse en la fuerza armada que aún es leal a él para sentarse en la mesa de negociación, posando de defensor de la soberanía del país, sin embargo como un peón de la repartija imperialista, principalmente al servicio de USA, secundariamente de Rusia y de China, que aún no mostraron disposición en este conflicto de ir más allá de las intrigas.

En esas condiciones, una negociación, que interrumpa los ataques imperialistas, favorecerá a Kadafi y debilitará a la oposición, ya que esto le da tiempo para posicionarse como parte en la disputa interimperialista, jugando contra Francia, claro.

En esa compleja situación, los revolucionarios deben seguir denunciando y repeliendo al imperialismo, combatiendo a Kadafi y desenmascarando a los dirigentes de la oposición como agentes del imperialismo, principalmente francés. Cualquier táctica de alianza interna sólo podrá ser considerada a partir de los desdoblamientos de las negociaciones (si ocurren y resultan decisiones y acuerdos).

De cualquier forma, la tendencia principal es la salida negociada de Kadafi y la formación de un nuevo gobierno de composición entre las fuerzas en disputa. Existe también la posibilidad de que esa negociación derive en la balcanización –división– de Libia, pero ese es el escenario menos probable. El primer desenlace se llevará con la reanudación de la revolución democrática de nuevo tipo, rumbo al socialismo. El segundo con una guerra de liberación y por la reunificación del país bajo una nueva democracia, rumbo al socialismo.

Breve historia de Libia

Libia es un pueblo guerrero desde tiempos inmemoriales. Su división en clanes y tribus rivales permanece hasta hoy, pero en diversas ocasiones esos grupos se unieron en frentes para combatir el colonialismo y el imperialismo, principalmente europeo, pero también yanqui.

Italia ya había ocupado a Libia durante la I Gran Guerra Imperialista (1914-1918), quitándola del dominio del Imperio Otomano. Una de las grandes páginas en la historia de ese pueblo fue la resistencia al fascismo italiano que, si bien no logró expulsar los invasores en la década de 1930, llegó a crear grandes liderazgos que dieron lecciones de bravura y se negaron a capitular ante el enemigo. Tal es el caso de Omar Mukhtar, que tuvo su vida retratada en la película León del desierto (ver AND 62, Antes ellos eran héroes).

Libia fue un importante teatro de guerra durante la II Gran Guerra Imperialista, siendo escenario del enfrentamiento del Afrika Korps, del general nazi Rommel, y las tropas aliadas, principalmente de Inglaterra. Sin embargo, después de la expulsión de los nazi-fascistas, el país quedó dominado por ingleses y franceses hasta 1952, cuando asegurada la transición para un gobierno lacayo que garantice los intereses imperialistas, la ONU concede la independencia a Libia, que pasa a ser gobernada por una monarquía liderada por el rey Idris I, un emir de la cofradía musulmana sanussi. Se sigue la instalación de bases militares, principalmente yanquis y británicas, y después del descubrimiento de petróleo en 1959, se profundiza la dominación extranjera.

En 1969, un grupo de oficiales militares, inspirados por los ideales nacionalistas árabes de Gamal Abdel Nasser, uno de los líderes tercermundistas, derroca a Idris I. El entonces coronel Muamar Kadafi asume el poder y toma una serie de medidas en respeto a los preceptos del islamismo, como la prohibición de bebidas alcohólicas y el cierre de bares y boîtes. Pero el paso definitivo para caer en desgracia con los yanquis fue la prohibición de la venta de petróleo para USA, la confiscación y nacionalización de bancos y otras propiedades extranjeras.

En la década de 1970, después de la muerte de Nasser, Kadafi asume aún más la posición antiimperialista y pasa a apoyar grupos de resistencia por el mundo, entre ellos la Organización para la Liberación de la Palestina, los Panteras Negras en USA y el Ejército Republicano Irlandés (IRA).

En esa época, lanza su Libro verde, en el cual expone su filosofía política, una mezcla ecléctica de socialismo, nacionalismo árabe e islamismo.

En 1986, en represalia a un supuesto atentado con bomba en Berlín donde murieron dos norteamericanos, USA lanza ataques aéreos a Trípoli, la capital, y Benghazi. Esos bombardeos mataron a la esposa y a una hija adoptiva de Kadafi. Hubo la imposición de sanciones económicas al país, que se profundizaron con el embargo impuesto por la ONU en 1992 y la inclusión del régimen de Kadafi en la lista de los países terroristas, debido a las explosiones de los aviones de la PanAm en Escocia y de la UTA sobre el desierto del Sahara.
La década del 2000 marcó la definitiva capitulación de Kadafi al imperialismo. Kadafi admitió su responsabilidad en los atentados a los aviones y aceptó indemnizar a las familias de las víctimas en retribución a una flexibilización de los embargos sobre Libia.

En el 2003, se anunció que había desistido de tener armas de destrucción masiva y que deseaba colaborar en la “guerra al terror” de Bush. Abiertas las puertas, las transnacionales yanquis de petróleo y armamentos, así como de la inversión (léase especulación) se instalan en Libia, concentrándose en la región de Benghazi, donde actualmente se sitúa el bastión de los opositores de Kadafi.

Nacionalismo burgués y capitalismo burocrático

El nasserismo —de Nasser, que gobernó el Egipto de 1954 hasta 1970— es una corriente nacionalista burguesa árabe que influenció varios movimientos panarabistas, que abogaban la formación de una sola gran nación árabe, y también de grupos autonomistas de otras regiones. Al lado de Jawaharlal Nehru, de la India, Nasser se convirtió en uno de los líderes del llamado tercermundismo.

En su gobierno, Nasser nacionalizó el Canal de Suez, en 1956, lo que atrajo contra él, el poderío militar británico y francés pues perdieron la mina de oro del Mediterráneo. Los egipcios vencieron la guerra y eso dio gran impulso al nasserismo. Egipto forma junto con Siria la República Árabe Unida, un ensayo de lo que sería la gran nación árabe.

Sin embargo, los días de gloria de Nasser terminarían con la derrota frente a Israel en la Guerra de los Seis Días, en 1967, cuando su fuerza aérea fue destruida y Egipto aún perdió la península del Sinaí para los sionistas. Nasser murió en 1970 y su sucesor, Anwar al Sadat, prácticamente abandonó el nacionalismo árabe.

En ese momento, Kadafi, en Libia, asume el liderazgo en el movimiento, apoyando varios movimientos de liberación nacional. Internamente, sin embargo, el nacionalismo árabe expresa sus debilidades por no ser un movimiento revolucionario como el que la época del imperialismo exigía.

Por tratarse de un movimiento burgués y no apoyarse en las masas de obreros, campesinos y otras clases revolucionarias presentes en los países dominados, los regímenes nacionalistas árabes, rápidamente degeneraron en Estados reaccionarios para servir a los intereses del imperialismo, impulsando un capitalismo de tipo burocrático atado y dominado por él. El mismo que caracteriza a las semicolonias de Asia, África y América Latina, como Brasil.

Tal hecho, se debe a que en esos países, aunque se haya iniciado el proceso de la revolución democrática, ésta ha sido liderada por la burguesía, que le dio el contenido político e ideológico, no se construyó un Estado capaz de asegurar la completa independencia nacional y la autodeterminación de esas naciones. Derrumbadas las monarquías o los gobiernos títeres electos “democráticamente”, los gobiernos “nacionalistas” acabaron afiliándose a una u otra potencia, sea el imperialismo yanqui o europeo, sea el social-imperialismo ruso después de la restauración del capitalismo en la URSS en 1956.

En el caso de Libia, Kadafi garantizó una base social a través del apaciguamiento de las contradicciones entre los líderes tribales y una amplia participación en el llamado Consejo de la Revolución.

Aprovisionando petróleo a las potencias europeas, principalmente a Italia, Libia es el país con el mayor Índice de Desarrollo Humano - IDH (estadística utilizada para enmascarar la concentración de renta) de África. Kadafi utiliza parte del dinero para promover algunas reformas sociales, otra parte para promoverse internacionalmente como líder “popular y socialista”, de hecho, se afilió a la corriente oportunista chavista del denominado “socialismo del siglo 21”, y otra parte va para su fortuna personal y familiar, cuyos tentáculos se extienden por varios países europeos.

Kadafi emprendió guerras contra Chad y Sudán en la década de 1980. Es accionista del club de fútbol Juventus de Italia, y uno de sus hijos ha hecho sucesivas declaraciones de que el régimen libio habría financiado la campaña del fascista Sarkozy para la presidencia de Francia (triste ironía, pues Francia ha sido la primera en bombardearlo).

En esencia, por lo tanto, el régimen de Kadafi en nada difiere de los de Bem Ali en Túnez y el de Mubarak, en Egipto, ya que lo que se desarrolla en esos países también es el mismo sistema capitalista burocrático y, a pesar de la retórica, el Estado libio no es ni popular, ni socialista, ni “nacional-democrático” como quieren hacer creer revisionistas, oportunistas y trotskistas de todos los matices.