10 de abril de 2021

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LA HISTORIA JAMÁS CONTADA. EL BOMBARDEO DE NAGASAKI

Doctor Gary G. Kohls, MD*

13 de agosto de 2010

Hace 64 años, el 9 de agosto de 1945, la segunda de las dos únicas bombas atómicas jamás usadas como instrumentos de destrucción masiva fue arrojada sobre la indefensa población civil de la ciudad de Nagasaki, Japón, por un equipo de bombarderos, todos cristianos, que por meses habían sido entrenados para esta misión. El equipo solo "estaba haciendo su trabajo" y lo hicieron con eficiencia y precisión militar.

Habían pasado solo tres días desde que la primera bomba, una bomba de uranio, había incinerado Hiroshima, creando caos y confusión en Tokyo, donde los líderes del gobieno facista militar del Japón y el Emperador Hiroíto habían estado buscando por meses como encontrar una forma honorable de terminar la guerra, una guerra que había agotado al Japón y que ya lo tenía en un estado virtualmente de moribundo y sin defensa.

El único obstáculo para la rendición había sido la insistencia de la administración Truman en una capitulación incondicional, lo que habría significado que el Emperador hubiera sido sacado de su posición de honor —una demanda que los japoneses no podían tolerar: para ellos su Emperador es una deidad.

El ejército ruso estaba cruzando Manchuria con el fin declarado de entrar en guerra contra el Japón el 8 de Agosto, así que había un incentivo extra para que Estados Unidos termine pronto la guerra: el comando militar norteamericano no quería dividir el botín o compartir el poder cuando el Japón pidió la paz, lo que ambos lados sabían era inevitable. La mayor dificultad era la demanda irracional de Estados Unidos de rendición incondicional.

El comando de bombarderos norteamericano había evitado que Hiroshima, Nagasaki y Kokura sufrieran los bombardeos incendiarios convencionales que habían quemado casi totalmente a más de 60 grandes ciudades japonesas, en la primera mitad de 1945. Una de las razones por postergar el ataque de ciudades no dañadas con estas nuevas armas fue científica: ver que pasaría a edificios intactos —y a los habitantes que allí vivían— cuando armas atómicas estallaban sobre ellos.

Temprano en la mañana del 9 de agosto de 1945, una Super-Fortaleza B-29 llamada Carro de Bock, salió, con las oraciones y la bendición de sus capellanes luteranos y católicos, de la Isla de Tinián y fue hacia Kokura, su primer blanco. La bomba de plutonio que llevaba tenía el nombre de código, "Panzón," en honor a Winston Churchill.

La única explosion en campo abierto de una bomba de prueba, blasfemosamente llamada, "Trinidad", había ocurrido solo tres semanas antes, el 16 de julio de 1945, en Alamogordo, Nuevo México. La roca, parecida a la lava, generada por el intenso calor —llamada "trinititato"— se puede encontrar hoy todavía en el sitio de la explosión.

Con órdenes de dejar caer la bomba solo en un lugar que se pueda ver bién, el Carro de Bock llegó a Kukura , pero la ciudad estaba nublada. Así que después de volar tres veces alrededor de la ciudad, buscando un lugar abierto, sin nubes, y usando en el proceso inmensas cantidades de combustible, decidieron ir al blanco alternativo, Nagasaki.

Nagasaki es famosa en la historia del cristianismo japonés. No sólo fue el sitio de la más grande iglesia cristiana en el Oriente, la Catedral de Santa María, si no que también tenía la más grande concentración de cristianos bautizados en todo el Japón. Nagasaki fue la ciudad donde el legendario misionero Jesuita, Francisco Xavier, estableció una misión católica en 1549, una comunidad cristiana que creció rápidamente y prosperó por varias generaciones. Sin embargo, como pasó en Sudamérica, Africa, Asia y en otros nuevos paises "descubiertos," los intereses comerciales españoles y portugueses que patrocinaron las actividades misioneras de Xavier, empezaron la planeada explotación de los recursos naturales y del pueblo japonés. Pero, como no pasó en otras tribus y naciones colonizadas, los mercaderes fueron certeramente percibidos como explotadores, y fueron ordenados que se vayan del Japón. Y la religión de los sospechosos extranjeros pronto se convirtió en el blanco de brutales persecusiciones.

A los 60 años del comienzo de la misión de Francisco Xavier, el cristianismo pasó a ser una religión fuera de la ley y profesar la fé cristiana fue crimen capital. Los japoneses que se negaban a renunciar al cristianismo y volver al shintoísmo o al budismo sufrían ostracismo, tortura e incluso crucifixiones similares a las persecuciones romanas de los primeros siglos del cristianismo. Cuando terminó el terror, todos los observadores creían que el cristianismo había sido eliminado del Japón.

Sin embargo, 250 años después, en los 1850s, cuando la coercitiva diplomacia a punto de cañón del Comodoro Perry forzó que se abra una isla cerca de la costa para los negocios norteamericanos, se descubrió que habían miles de cristianos bautizados en Nagasaki, que practicaban su fé viviendo en catacumbas, totalmente a escondidas del gobierno – el que, cuando la comunidad fue descubierta, comenzó inmediatamente otra purga. Pero por presión internacional, las persecuciones terminaron, y el cristianismo de Nagasaki salió de la clandestinidad. Para 1917, sin ninguna ayuda del gobierno, la comunidad cristiana japonesa construyó la masiva Catedral de Santa María, en el distrito del Río Urakami de Nagasaki.

Ahora bién, en el misterio del bién y el mal, ocurrió que la masiva Catedral de Santa María fue uno de los puntos que el bombardero del Carro de Bock podía ver a 31,000 piés, y, viendo la Catedral desde su punto de tiro, la identificó y ordenó que dejen caer la bomba.

Así, a las 11:02 am, del 9 de agosto de 1945, la comunidad cristiana de Nagasaki hirvió, se evaporó y carbonizó en una abrasadora bola de fuego radioactivo muchas veces más caliente que el sol. El vibrantre, fiel, perseguido centro del cristianismo japonés se convirtió en punto zero.

Y lo que el gobierno Imperial japonés no pudo hacer en más de 200 años de persecución, cristianos norteamericanos lo hicieron en 9 segundos. 8,500 de los miembros celebrantes de una comunidad de 12,000 perecieron en Nagasaki a consecuencia de la bomba.

Esta verdadera historia (que no se quiere recordar) debe estimular discusiones entre todos los que se dicen ser discípulos de Jesús de Nazaret. El capellán católico del Grupo Compuesto 509 (grupo secreto de 1500 hombres del Ejército de la Fuerza Aérea, cuya misión principal era lanzar exitosamente a sus blacos las bombas atómicas) fue el Padre George Zabelka. Varias décadas después que terminó la guerra, él finalmente vió su grave error teológico al dar legitimidad religiosa a la carnicería humana organizada que es la guerra moderna por tierra y aire. Reconoció finalmente que los enemigos de Estados Unidos no eran enemigos de Dios, sino hijos de Dios a quien Dios ama y a quienes los seguidores de Jesús deben amar también. La conversión del Padre Zabelka a la no-violencia cristiana lo hizo dedicar las décadas restantes de su vida a hablar contra la violencia en todas sus formas, especialmente contra la violencia del militarismo. El capellán luterano, William Downey, en su asistencia socio-psicológica a soldados con trauma por su participación en cometer asesinatos por orden del estado, denunció después todos los asesinatos, sea por tiro simple o por arma de destrucción masiva.

En su importante libro, Infierno, Curación y Resistencia, (Hell, Healing and Resistance,) el escritor Daniel Hallock habla de un retiro budista con Thich Nhat Hanh, en 1997, en el que se trató de analizar las diabólicas realidades que eran sufridas por veteranos de Viet Nam después de los combates, traumatizados por su participación en la guerra. La ironía de lo que pasó en ese retiro hizo que Hallock escribiera, “Claramente, el budismo ofrece algo que no se puede encontrar en el cristianismo institucional. Pero, naturalmente, ¿porqué los veteranos (que en su mayoría han abandonado la fé de su infancia por hipócrita) van a ser parte de una religión que ha bendecido las guerras que arruinaron sus almas? No sorprende que ellos buscaran a un gentil monje budista para escuchar lo que son, en gran parte, las verdades de Cristo.”

Como cristiano por toda mi vida, ese comentario me impactó, pero fue el impacto de una verdad triste y seria. Y como médico que trata todos los días a pacientes sicológicamente traumatizados, yo sé que es la violencia, en todas sus formas, lo que hiere y destruye el psyche y el alma humanos, y que ese trauma es mortal y contagioso, se propaga por las familias hasta la tercera y cuarta generaciones —y que se va a continuar propagando hasta que la violencia militar que nutre tanta violencia doméstica sea eliminada.

Una de las así llamadas, "enfermedades mentales" más difíciles de tratar, es el trauma que resulta de los combates de guerra, post traumatic stress disorder (PTSD). La forma más virulenta de PTSD, en mi opinión profesional, es incurable. También es un hecho que, aún cuando la mayoría de soldados de la era de Viet Nam fueron criados en iglesias en las que activamente practicaban su fé, si tenían PTSD causado por la guerra al volver a sus hogares, el porcentaje de los que siguen en la fé de sus familias casi llega a cero.

Este es un serio problema espiritual para cualquier iglesia que —sea por su activo apoyo a las "gloriosas" guerras de su país o por su silencio frente a tales problemas— no enseña a su juventud lo que sobre esos asuntos enseñó Jesús de Nazaret: la violencia es prohibida para aquellos que quieran seguirlo.

Si una comunidad cristiana falla en informar detalladamente a sus congregaciones sobre las horribles realidades de los campos de batalla y de los peligros para sus propias almas antes de que se registren para una posible conscripción militar, éso presagia la condena de la que Jesús habló en Mateo, 18, 5-6: “Y el que recibe en mi nombre a un niño como éste, a mi me recibe. Al que haga caer a uno de estos pequeños que creen en mí mejor le sería que le amarraran al cuello una gran piedra de moler y que lo hundieran en lo más profundo del mar."

El propósito de este ensayo es estimular discuciones abiertas y honestas (por lo menos entre los seguidores de Jesús) sobre la ética de matar del o por nuestro gobierno no desde la perspectiva de la ética de la seguridad nacional, no desde una perspectiva militar, no desde la perspectiva de la retaliación pre-cristiana ojo-por-ojo que Jesús rechazó, sino desde la perspectiva del evangelio dentro del evangelio —el Sermón de la Montaña— que contiene el corazón ético de las enseñanzas de Jesús, que se encuentran en Mateo 5, 6 y 7 y en Lucas 6.

De esas discusiones (si hay quienes se atrevan a sostenerlas) deben salir respuestas para aquellas horribles realidades que parecen inmobilizar por todo el mundo a decentes cristianos que creen en la Biblia: ¿Porqué hay tantos cristianos tan deseosos de cometer (o de patrocinar y/o pagar para que otros la cometan) violencia homicida contra otros hijos de un Dios amante, misericordioso y compasivo, el Dios a quien Jesús claramente nos pide que imitemos? Y, ¿qué pueden hacer los cristianos, empezando desde ahora, para prevenir la próxima guerra y la próxima epidemia de almas destruidas por el desorden traumático causado por los combates?

¿Qué podemos hacer para prevenir el retorno de tales atrocidades? De las brutalidades de la lista que sigue todas fueron perpetradas por cristianos devotos: la Masacre de Mi-Lai, Auschwitz, Dresden, El Mozote, Rwanda, Jonestown, los bombardeos de las iglesias de los negros norteamericanos, sanciones mortales contra Irak (que mató a 500,000 niños irakíes en los 1990s), la guerra presente que ha matado a más de un millón de inocentes civiles irakíes), las masacres de Fallujah, la tortura de “sospechosos no-acusados” en Guantánamo y Abu Ghraib, además de las muchas otras que, por definición, son crímenes de guerra internacionales, crímenes contra la paz y crímenes contra la humanidad.

¿Qué es lo que se tiene que hacer para prevenir el siguiente Nagasaki?

Gran parte de la responsibilidad por causar y, en consecuencia prevenir, atrocidades militares como Nagasaki yace en la Teoría de la Guerra Justa de las iglesias cristianas de Estados Unidos y en si ellas van a finalmente empezar a enseñar lo que Jesús de Nazaret enseñó y empezar a vivir como El vivió: el amor incondicional del amigo, del vecino y del enemigo negándose a matar a otros hijos de un amante Dios.

Se puede prevenir el siguiente Nagasaki si las iglesias con coraje y públicamente resisten con medios no-violentos el militarismo y no escuchan las demandas del gobierno por la conscripción de los cuerpos y almas de sus hijos e hijas.

Si las iglesias empiezan a ejercitar su sagrado deber de hablar a los miembros jovenes de sus congregaciones sobre lo que matar causa a sus almas, quizas no sea demasiado tarde salvar al adolorido pueblo de un planeta agonizante, desgarrado por la guerra y moralmente en quiebra.

*El Dr. Kohls, miembro fundador de Cada Iglesia una Iglesia de la Paz, (www.ecapc.org), es parte del comité organizador de La Semana Conmemorativa de Hiroshima/Nagasaki, de Duluth, Minnesota, 2009.

Traducción libre del inglés enviado por
Gary G. Kohls, MD, gkohls@cpinternet.com,
hecha en REFUGIO DEL RIO GRANDE, Texas.