10 de noviembre de 2019

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BOLIVIA: NO VOTAR. DESARROLLAR UN VERDADERO MOVIMIENTO POPULAR

Frente Revolucionario del Pueblo (Bolivia).

21 de enero de 2009

Primera parte.

Colusión y pugna, unidad y lucha. Ésa es la dinámica de las clases dominantes, de las facciones de la gran burguesía y los terratenientes. La unidad es relativa, la lucha es constante, el cálculo político, cuánto cede uno o el otro en el reparto de los beneficios estatales, es lo que el pueblo boliviano ha visto en el proceso político del 2008.

La agudización de las pugnas entre la burguesía burocrática (representada por el gobierno) y la burguesía compradora más los terratenientes (encarnados en la oposición, “media luna”) para imponer su proyecto de gobierno y de reestructuración del Estado devino en un pacto estampado en el proyecto de Constitución Política que será votada el 25 de enero del 2009. Los augurios de una guerra civil y una separación de Bolivia, por parte de los agoreros de una u otra facción, terminaron en nada. La explicación de esta ausencia de “fatalidad” es que las clases dominantes no se suicidan, por el contrario, cuando se ve amenazado el viejo Estado, al que llaman democrático, pactan y resuelven sus contradicciones, por eso es que la agudización de sus diferencias es un paso previo para la colusión o acuerdo. En ese marco sucedió la demostración de fuerzas en las calles durante el 2008, y la negociación política de las clases dominantes derivó en un pacto acorde con ese despliegue de las fuerzas en el campo de batalla. Como siempre, el pueblo puso los muertos y los heridos.

El pacto de las clases dominantes

Como venimos señalando, el gobierno de Evo Morales es reformista y busca la reestructuración del Estado boliviano que está en crisis profunda. Para ello levanta el viejo programa de la burguesía burocrática, aplicado en 1952 por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Eso significa que las pugnas entre el gobierno y la oposición (representantes de las facciones de la gran burguesía) son contradicciones entre un programa burgués burocrático y otro programa comprador. Contradicciones en el seno de las clases dominantes y no una contradicción entre “el pueblo y la derecha”, como argumentan los oportunistas y revisionistas en el gobierno.

El programa de la burguesía burocrática del 52 propugnaba la formación de una “burguesía nacional” capaz de sacar al país del atraso y la miseria. Junto a eso concretó reformas democráticas liberales, la nacionalización de las minas y la reforma agraria por presión de las masas mineras y campesinas. El programa agrario de ese tiempo planteó formalmente acabar con el latifundio, pero en el oriente la propia reforma inició el camino de la concentración de tierras en manos de los “nuevos” terratenientes. Se propugnó una “alianza de clases” para hacer la “revolución nacional”, pues, según algunos teóricos del “movimientismo” (MNR), la clase obrera era insignificante para hacer la revolución socialista.

La burguesía burocrática comienza a aparecer en la década de los 30, pero recién en 1950 asume la dirección del viejo Estado y aplica su programa. En los años posteriores (1950-1985) la lucha de facciones de la gran burguesía continúa en función de repartirse los beneficios del Estado. En la década de los 80, durante el gobierno de la Unidad Democrática Popular (UDP) se produce una gran crisis del Estado y la bancarrota del programa de la burguesía burocrática. En 1985 la facción compradora retoma la dirección del Estado. Nuevamente el MNR, su ala más proimperialista, dirige este proceso, aplicando el programa del viejo liberalismo, ahora llamado “neoliberal”. Nuevamente la pugna de las facciones se agudiza, pero la facción compradora vence.

La coyuntura actual refleja la nueva lucha por la dirección de Estado. Dada la crisis de éste y del programa comprador, el Movimiento Al Socialismo (MAS) entra en la batalla por el gobierno en 2004, aunque su proceso de aglutinamiento de fuerzas data de los 90. Salido de los sectores populares, el MAS asume la defensa del viejo Estado a nombre de “defender la democracia” y retoma el viejo programa burgués burocrático con un ropaje indigenista para que le proporcione legitimidad ante el pueblo boliviano. En el mismo sentido de las reformas liberales burguesas, incorpora la inclusión de los indígenas en las decisiones políticas del país, según sus argumentos, “porque los indígenas fueron tradicionalmente excluidos de los destinos de la patria” y de la administración del Estado.

A estas alturas el pacto entre el gobierno y la oposición no nos debe sorprender. La visión del gobierno de Evo Morales no es más que la visión de las clases dominantes comprometidas con un Estado explotador, hambreador y criminal.

Mientras en el 2005 el pueblo luchaba y demandaba la expulsión de las transnacionales (agenda de octubre de 2003), Evo Morales, haciendo buena plana ante el imperialismo, declaraba: "Cuando era ignorante pedía que se vayan las empresas transnacionales, ahora he entendido que tenemos que hacer negocios con ellas". Su postura “antiimperialista” gira alrededor de este eje y se complementa con la máxima “queremos socios y no patrones” en los negocios con las transnacionales. La “madurez” de las declaraciones de Morales y su pensamiento van con la necesidad de administrar el gobierno en alianza con los sectores compradores y terratenientes.

Álvaro García Linera, vicepresidente del país y arrepentido de la lucha armada, expresó de manera nítida, en mayo del 2007, a la revista Nueva Sociedad Nº 209, que su gobierno busca una “redistribución pactada del poder”. Sobre las reformas en la entonces Asamblea Constituyente dice: “nuestro objetivo es pactarla”, refiriéndose a las pugnas con la oposición (burguesía compradora y viejos terratenientes). “Lo que tienen que entender las viejas élites es que ahora deben compartir las decisiones con los indios”, plantea, y respecto a su visión del llamado “proceso de cambios” dice que “es una ampliación de las élites, una ampliación de derechos y una redistribución de la riqueza”.

La necesidad de lograr un pacto con la oposición también fue planteada claramente por Evo Morales en otro discurso, luego del referéndum revocatorio de mandato de agosto del 2008. Mientras sus correligionarios le pedían mano dura contra la oposición, Evo dijo: “Estamos convencidos de que es importante unir a los bolivianos, y la participación del pueblo con su voto es para unir a los distintos sectores del campo y la ciudad, del oriente y del occidente, y esa unidad se hará juntando la nueva Constitución Política del Estado boliviano (propuesta del gobierno) con los estatutos autonómicos (propuesta de la “media luna”). Ésa es la mejor forma de unir a los bolivianos y bolivianas”.

Sólo la necedad de los revisionistas y oportunistas no puede ver esta dinámica de colusión y pugna, principalmente porque están comprometidos en puestos de trabajo en el propio gobierno.

Las clases dominantes tuvieron la necesidad de pactar por diferentes razones:
La fuerte polarización puede poner en peligro los intereses de las clases dominantes en su conjunto.

Las facciones de la gran burguesía no tienen el interés de aplastarse una a otra porque, en definitiva, sus contradicciones no son antagónicas.
La agudización de estas contradicciones debilita al Estado y abre la lucha de las masas.
El ascenso de la lucha de las masas, a la que convocaron ambas facciones, amenazaba con salir del control corporativo al que están sometidas a través de la dirección de sus dirigentes. Había peligro de rebasar a esa dirigencia.

Por ello, gobierno y oposición iniciaron negociaciones clandestinas, mientras que en público azuzaban a sus bases haciendo demostraciones de fuerza.
El pacto mostró que, como tradicionalmente ocurre, las viejas fuerzas partidarias (MNR, Podemos, Unidad Nacional y el MAS) tienen el poder de definir una situación y que la Asamblea Constituyente nunca tuvo el poder originario o fundacional, inútilmente reclamado por quienes creían refundar el país. A los asambleístas les quedó el papel de tontos útiles y figuras decorativas del “proceso de cambio” del gobierno de Evo Morales.

Para que no queden dudas de la concepción del gobierno basta ver estas ilustrativas declaraciones de uno los protagonistas principales de la negociación política, Álvaro García Linera, en un Coloquio público denominado “Poder y Cambio en Bolivia (2003-2007)” realizado en noviembre en La Paz:

“El pacto de la nueva Constitución no hubiera sido posible sin un momento guerrero en la historia… Ha habido una extraña mezcla con los compañeros senadores reunidos, decir ‘en esto cedo, en esto no’, llamar a la CAO (Cámara Agropecuaria del Oriente que agrupa a los terratenientes de Bolivia), llamar a Surco (máximo dirigente del Conalcam), llamar a la COB (Central Obrera Boliviana), hacer esos pactos inclusivos que no se redujeron a los dos compañeros redactores que fueron los compañeros Borth (senador de Podemos) y el ministro (de Agricultura César Romero), pero esos compañeros rodeados de reuniones, salidas clandestinas del Congreso para tener que reunirse con empresarios, con organizaciones sociales, dirigentes sindicales. Hubo un nivel de pacto muy rico y de alguna manera, inaugurando lo que van a tener que ser los futuros pactos políticos en el país, congresales y extracongresales, canalizados a través de un hecho congresal. A la vez esta nueva modalidad de pacto político social sustancial no hubiera sido posible sin un momento de tensionamiento, que yo lo califiqué de punto de bifurcación que creo que se ha dado, que ese momento de exhibición de fuerzas, no necesariamente el despliegue brutal de la fuerza, pero si la exhibición guerrera de las fuerzas, pequeños choques, en mirar cuánto gano y cuánto pierdo, y a su modo hacer armisticios y capitulaciones. Creo que esta construcción de lo democrático, o este enriquecimiento del pacto democrático de los últimos meses no hubiera sido posible sin esta previa escenificación guerrera de correlación de fuerzas, bruta, despliegue de pura correlación de fuerzas, cuántos aeropuertos te toma, cuántos miles de movilizados cercan, cuántos regimientos están en apronte, cuántos detenidos, cuántos enfrentamientos, y sobre la suma política de eso, decir ‘ya está bien, me voy para atrás’, o ‘me voy para atrás pero déjame esto’, o ‘llego hasta aquí pero te doy esto para que te quedes tranquilo’… El momento de exhibición de fuerzas llana, brutal, en el caso de Bolivia ha costado casi 20 muertos para dar lugar, para obligar, no tanto a las fuerzas del gobierno que vinieron rogando pactos desde hace mas de un año y medio, sino principalmente a las fuerzas opositoras que, hasta el día del estado de sitio, me atrevo a pensar que confiaban en su fuero interior que en algún momento nos íbamos a caer... Nunca creyeron en la persistencia, y creo que en el momento en que entendieron que no nos íbamos a ir así nomás, que estábamos dispuestos a todo, fue en dos momentos cuando se dispuso, se organizó una gigantesca movilización en torno a Santa Cruz, más gigantesca de lo que podría parecer, y el estado de sitio”.

La necesidad de pactar con la “media luna” en la cabeza de los “estrategas del gobierno” está muy clara. El manejo y el cálculo político de las acciones en los enfrentamientos de gobierno y oposición, el uso corporativo de los sectores sindicales y las masas, las negociaciones secretas con empresarios, terratenientes y dirigentes políticos de oposición, y la organización de las protestas, que el gobierno y sus allegados denominaban “marchas realizadas espontáneamente por los movimientos sociales”, estuvieron dentro su planificación con el fin último de ir a la negociación.

Los maoístas venimos planteando que la agudización de la pugna política de las facciones es el paso previo para sentarse a la mesa de negociaciones. La naturaleza de este enfrentamiento está orientada a esquivar el peligro para el Estado, así lo confiesa García Linera cuando dice: “Creo que esta construcción de lo democrático, o este enriquecimiento del pacto democrático de los últimos meses no hubiera sido posible sin esta previa escenificación guerrera de correlación de fuerzas bruta, despliegue de pura correlación de fuerzas”. Ésta es la expresión del comportamiento de las clases dominantes y su necesidad de pactar una convivencia en el poder. García reveló que el gobierno necesitaba ese acuerdo hace mucho tiempo por eso la “escenificación guerrera” fue “para obligar, no tanto a las fuerzas del gobierno que vinieron rogando pactos desde hace mas de un año y medio, sino principalmente a las fuerzas opositoras”.

Frente a este modus operandi del MAS, los argumentos altisonantes del revisionismo no son más que la vil complicidad y estafa al pueblo boliviano para socapar un programa de gobierno con el justificativo de que éste pretende acabar con el capitalismo, que está desmontando el neoliberalismo y que ha iniciado la marcha hacia el socialismo. El trabajo de los revisionistas sólo sirve, en los hechos, para sostener al viejo Estado en su insalvable crisis y para que este viejo Estado siga explotando al pueblo.

Ciertamente la habilidad del gobierno en la negociación, le ha permitido retomar la iniciativa política que estaba perdiendo, ha debilitado a la oposición y ha afianzado a la facción burocrática en el gobierno con la fuerza del control de Estado.

Esto no significa que el pueblo ganará algo. El resultado plasmado en el nuevo proyecto constitucional es una muestra (una reforma constitucional no va a cambiar la situación de las clases explotadas) de cómo se han distribuido los intereses entre una y otra facción.