10 de noviembre de 2019

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PERÚ, APUNTAR A LA CABEZA

Por: Carlos Angulo Rivas.

8 de julio de 2008

La mayoría de los ciudadanos peruanos impulsa una vez más un paro nacional de enormes proporciones. La central de trabajadores CGTP, el sindicato de maestros SUTEP, los frentes de defensa regionales, las organizaciones cívicas, los partidos progresistas, las autoridades del interior del país, los campesinos, las organizaciones juveniles y universitarias y hasta las amas de casa, paralizarán sus actividades diarias el nueve de julio próximo a manera de enjuiciamiento y protesta contra Alan García Pérez. Y decimos de enorme proporciones por cuanto las movilizaciones sociales previas apuntan a una definición concluyente frente a la gran estafa nacional que significa el gobierno de un hombre escogido por el imperialismo a pesar de sus antecedentes delincuenciales de ladrón calificado y encausado en crímenes de lesa humanidad, desapariciones y genocidio.

Un hombre sin escrúpulos, necesario para el acostumbrado juego sucio de la Casa Blanca en relación a los países pobres impedidos de lograr su desarrollo, independencia y soberanía; Alan García y Alvaro Uribe son hombres necesarios como fueron los dictadores latinoamericanos Somoza, Trujillo, Batista, Pinochet, Videla, Morales Bermúdez, Fujimori y otros tantos africanos donde destacan el fallecido Mobutu o el octogenario dictador Mugabe. Con las tres cuartas partes del país en contra de la gestión de Alan García, según las encuestas de significativa seriedad, y con apenas siete por ciento de aprobación en la macroregión del sur, el paro nacional convocado es inminentemente político y obedece a numerosas razones de índole trascendental para la salud de la nación y su futuro inmediato. Imperiosamente cívico-político porque procedimientos radicales deben emerger de esta medida de fuerza a fin de dar la salida posterior a la crisis de representatividad del Estado.

Y es que el reto está planteado luego de una larga espera, ya no experimental sino lapidaria, de condena a los sectores populares excluidos de la sociedad, los que nunca podrán salir de la pobreza ni de la vida de precaria subsistencia. Comprobado está a nivel mundial que el neoliberalismo y la globalización no tienen fórmulas cercanas a una solución de los problemas centenarios de los pueblos empobrecidos y miserables, justamente emergidos de la explotación capitalista descarnada de los monopolios hoy globalizados para mayor rentabilidad a través de la eficacia destructora del ser humano y el medio ambiente. De allí la inviabilidad absoluta, política, social y económica, del Perú en el intento de Alan García de inscribirse tardíamente en el modelo neoliberal extremista, el cual practica con un fervor inusitado mientras se enriquece personalmente a más no poder. Amparándose, inclusive, en el auspicio de la intervención militar norteamericana en el país, mediante la autorización del ingreso de tropas armadas a la amazonía (Iquitos) y a la sierra central (Ayacucho) como medidas complementarias a la política de ’guerra preventiva’ de George W. Bush y la movilización de la IV Flota Naval norteamericana en los mares del Caribe y el Atlántico.

En consecuencia este paro nacional del nueve de julio tiene características históricas y se perfila como aquel del 19 de julio de 1977 que cambió el curso de la historia del país hacia una salida constituyente. No cabe duda, el país debe desandar los pasos que paulatinamente lo están llevando a un abismo cada vez más profundo y casi sin posibilidad de retorno. El procesado Alberto Fujimori inició la venta del país al mejor postor en medio de una ola de corrupción sorprendente, valiéndose de la corriente neoliberal impulsada por las grandes corporaciones internacionales y el imperialismo. En este proyecto teñido de inmoralidad involucró a la Fuerza Armada, al Poder Judicial, a los partidos políticos, a la Iglesia, a los medios de comunicación y a todas las instituciones del Estado hasta llegar a deshonrarlas. En este despiadado saqueo del país y despojo de los derechos sociales de los trabajadores, Fujimori tuvo la ventaja de escudarse en la lucha contra Sendero Luminoso y el MRTA continuando para ello con la guerra sucia, el terrorismo de estado y los genocidios denunciados por la Comisión de la Verdad y Reconciliación CVR, política violatoria de los derechos humanos también consumada por los gobiernos de Fernando Belaúnde y Alan García.

Alejandro Toledo extendió la aplicación del modelo neoliberal de empobrecimiento nacional, siguiendo a Fujimori, aunque de manera un tanto moderada tratando de convencer de la bonanza de un ’chorreo’ que nunca se realizaría ni puede producirse. Luego Alan García en este periodo, antes de convertirse en cabecilla del actual gobierno neoliberal extremista, prometió un cambio responsable ante la arremetida electoral del pueblo contra el sistema imperante y se instaló en palacio a través de un doble fraude, auspiciado por la ultraderecha empresarial y la embajada norteamericana en Lima. En la primera vuelta cometió fraude contra Lourdes Flores en las mesas de sufragio usando la maquinaria aprista de personeros y en la segunda contra Ollanta Humala (demolición mediática.) Pero, una vez instalado en el palacio de gobierno batió todo record latinoamericano de embuste; y fanatizado como está con las falsificadas bonanzas del neoliberalismo extremista y el libre mercado, se convirtió en esbirro imperial autorizado y vocero destructor de la corriente integradora latinoamericana.

Sin embargo, el problema de fondo se sitúa en la imposibilidad o irracionalidad de un programa o modelo neoliberal o de ’libre comercio’ que no ha funcionado, a la luz de la recientes experiencias en América Latina y el mundo, ni puede funcionar en los países pobres. Menos cuando el desequilibrio entre pobres y ricos abre una brecha insalvable profundizada todos los días por la ley del embudo, ya que las grandes potencias económicas exigen mercados abiertos en contraste a sus políticas proteccionistas y de subsidios a la producción en sus propios países. Tenemos por ejemplo, la barbarie cometida por Alan García firmando el TLC con Estados Unidos sin exigir un mínimo de seguridad económica para el país y para la producción nacional primaria. No podemos en este caso ni en otros señalar falta de comprensión o desconocimiento respecto a lo ejecutado; Alan García supo perfectamente lo que hizo, sabe lo que hace entregando los recursos naturales del país principalmente mineros y forestales (arrasar las comunidades campesinas,) sabe lo que hace regalando los servicios públicos financieros, telefónicos, de puertos marítimos y aeropuertos; y para esta política depredadora y nociva a los intereses nacionales se preparó, previamente, a fin de enfrentar el rechazo popular con decretos legislativos autoritarios, falta de diálogo y un discurso confrontacional de condena a todo vestigio de crítica y oposición.

García Pérez aprobó así una serie de medidas ’legales’ de auspicio a la represión y el crimen oficial mediante el uso de la fuerza administrativa, judicial, policial y militar. Medidas todas ellas atentatorias a los derechos humanos y a los derechos ciudadanos. Esta criminalización de la protesta social y las detenciones arbitrarias no tenía precedentes en el país hasta Fujimori y deben considerarse como una nueva variante del terrorismo de Estado al que el líder aprista es muy afín, aunque felizmente tenemos hombres como el general Jordán de la policía nacional quien se negó a masacrar al pueblo de Moquegua, durante el bloqueo de la carretera panamericana sur hacia Tacna, a pesar de las exigencias canallescas de Alan García y el ministro del Interior Alva Castro. La política fascista del momento actual, a cargo de Alan García, llega al colmo de resucitar a los movimientos subversivos como el desactivado MRTA y Sendero Luminoso en tanto le sirva a la política represiva contra el movimiento social y popular; y no contento con ello también echa mano de acusaciones arbitrarias contra los presidentes Hugo Chávez y Evo Morales atribuyéndoles una injerencia agitativa en los asuntos internos del Perú, cuando en realidad las ideas bolivarianas o cualquiera otras no tienen fronteras y son las condiciones subjetivas y objetivas las que determinan la lucha de los pueblos por su liberación nacional y social. Actitudes Maccartistas todas ellas, llenas de calumnias, donde casi todos los dirigentes sociales y políticos resultan subversivos, terroristas o guerrilleros, con el agravante de crear la figura justificatoria de ’delitos y crímenes por razones de Estado’ como si García Pérez estuviera repitiendo a los procesados Fujimori y Montesinos o la política del Tercer Reich de Adolfo Hitler.

El paro nacional convocado, ya hemos señalado, no es reivindicativo sino inminentemente político, en este caso el pliego de reclamos resulta formal, pues luego de una larga espera de dieciocho años de neoliberalismo, donde se destruyeron todos los derechos laborales hasta hacer del trabajador un esclavo miserable del sistema neoliberal, García Pérez ha definido el juego a favor del imperialismo y las transnacionales, olvidando todas y cada una de sus promesas electorales del ’cambio responsable,’ llevando el país a un callejón sin salida, donde la exclusión y la pobreza serán los símbolos preclaros de su segundo gobierno como la quiebra del país el desfalco del Estado, la guerra sucia y el genocidio lo fueron de su primer gobierno. No caben reivindicaciones porque García Pérez y sus congéneres no están dispuestos a cambiar el programa económico del hambre y la miseria sino a confirmarlo contra viento y marea, ampliando de esta forma el espectro de la explotación de los trabajadores, la falta de empleo y la depredación de los recursos naturales sin dejar mayor retribución económica en el país. El diálogo es imposible porque Alan García se ensucia en los compromisos y la falta de credibilidad del gobierno es absoluta en relación a los trabajadores, campesinos, pobladores y jornaleros. Los incendios de la protesta popular los apaga el mayordomo principal del régimen a cargo de la presidencia del consejo de ministros, Jorge Del Castillo, firmando actas a granel de acuerdos inservibles porque nunca se cumplen. A la fecha en apenas dos años 38 actas fueron firmadas solemnemente.

El círculo vicioso de la mentira, la farsa y el cinismo es el único estandarte de este celoso guardián de los intereses transnacionales y oligárquicos; y sobre las mismas andanzas del pasado, nada de Alan García se puede esperar excepto más hambre, pobreza y asesinatos como los ocurridos en las movilizaciones sociales de Ancash y Ayacucho últimamente. Millones de millones de personas en el continente no podemos equivocarnos. La corriente integracionista en América Latina viene ganando muchas batallas y quedan todavía muchas más por ganar enfrentando el adverso y desdichado modelo económico neoliberal a través de la unidad regional independiente y soberana y fortaleciendo los mercados internos de cada país, única forma de luchar efectivamente contra la pobreza y exclusión. La inmensa corriente antiglobalización debe prevalecer por encima de los intereses particulares de las castas políticas degeneradas y fascistas a las cuales adhieren Alan García y Alvaro Uribe, dos notable saboteadores de los esfuerzos de los presidentes de Brasil, Bolivia, Uruguay, Ecuador, Venezuela, Argentina, Nicaragua, Cuba y el futuro de Paraguay.

Sin darle muchas vueltas al asunto, el protagonismo fascista de Alan García y de Alvaro Uribe, ambos connotados peones de George W. Bush impide la rebeldía unánime contra el consenso de Washington y el avance de la lucha antineoliberal y contra la pobreza. Los gobiernos progresistas de Latinoamérica pueden tener diferentes maneras de interpretación de esta lucha imprescindible, sin embargo, tienen un denominador común nacionalista y antiimperialista en la búsqueda permanente de soluciones soberanas y sobre todo ellas recogen el profundo sentimiento de la gente expresado en los foros sociales internacionales. Democracia participativa, defensa de los recursos naturales y nacionalización de la explotación de ellos, defensa de la producción nacional, eliminación de la pobreza, impulso al empleo y la seguridad social, programas de alfabetización, salud y educación; erradicación de la inmoralidad y la corrupción. Y absolutamente ninguna de estas sencillas medidas se encuentran en la agenda de Alan García, quien luego del paro nacional deberá renunciar o ser destituido como Fernando de La Rúa, Sánchez de Losada, Alberto Fujimori o Lucio Gutierrez, simplemente por incapacidad moral y traición a la patria. El paro nacional tomará el rasgo característico de una salida política desde las regiones ante una pacata Lima centralista y sumisa, acomodaticia y en muchos aspectos prostituida por la corrupción a mares que emana del Estado putrefacto.