24 de agosto de 2019

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PERÚ: NIÑOS DE BARRO Y ORO

Por: Jorge Zavaleta.

29 de junio de 2008

El oro siempre ha despertado la codicia y el envilecimiento humano. En lo que va del siglo XXI los placeres auríferos siguen provocando las peores tragedias y abusos, empezando por los más indefensos: los niños. Y la malhadada contaminación ambiental se complementa con el protocolo de la muerte que ocultan las financieras multilaterales.

¿Es posible acabar, reducir o aplacar tan inmenso drama, teniendo entre manos recursos financieros?. En el mundo, hay alrededor de 250 millones de niños y niñas que trabajan, de los cuales 180 millones realizan actividades peligrosas. De ellos, una buena cantidad participa en la extracción de minerales, según señalan el Convenio 182 de la OIT, ratificado por la mayoría de estados Latinoamericanos y los códigos de ética de la banca multilateral.

En la Amazonía y en los Andes la explotación del oro plantea una urgente y total revisión de las normas nacionales e internacionales, incluyendo a entidades como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Banco Mundial (BM), entre otras, para que la cooperación técnica y financiera sea realmente un instrumento adecuado y pueda reducir la pauperización de la infancia y también en armonía con la labor de esa masa anónima de “consultores” que opera en condiciones de marginalidad, sin el reconocimiento de sus mínimos derechos laborales.

Sobre los cuatro mil metros de altura, donde el frío y el viento azotan sin clemencia, los niños peruanos trabajan junto con sus padres o solos para extraer el oro de Ananea, Sina y Cuyo Cuyo, de la zona de La Rincoda, en las provincias de Putinas y Sandia, cerca del Lago Titicaca, en la frontera de peruano boliviana.

Estadísticas oficiales indican que las muertes en esa zona, en su mayor parte, son consecuencia de accidentes e intoxicación por monóxido de carbono, y que es difícil detectar la silicosis, porque no hay equipos médicos para certificarla.

“En Puno, varias comunidades campesinas producen algunas toneladas de oro, pero allí solo quedan pobreza y violencia. Al Estado no le interesa tener presencia en “zonas de conflicto”, reflexiona Ernesto García, representante de World Learning en un proyecto educativo financiado por el BID en las montañas de La Rinconada, Cerro Lunar con proyección a una decena de poblados.

Llegamos a La Rinconada, pueblo habitado por unas 30 mil personas, donde el municipio ha registrado más de 150 burdeles y karaokes, y donde el gobernador Lucio Cárdenas, es una autoridad simbólica, sin recursos fiscales. Hemos viajado seis horas desde Juliaca paraíso del contrabando y la economía informal, para tomar contacto con los centros artesanales de la extracción del metal del diablo como lo llamaban los mineros boliviano desde el Potosí colonial. Cálculos informales estiman que la producción anual de oro en La Rinconada supera una tonelada, aunque el Ministerio de Minas registró en el 2005 sólo 109 kilos.

Allí reina el caos. El agua llega desde los manantiales a través de rústicos y viejos tubos de plástico a cisternas y con precios muy altos. Hay fuerte consumo de pasta de cocaína y licores adulterados. Prostitutas adolescentes llegan los fines de semana, en tanto los padres de familia retornan a sus casas sin dinero, maltratan a la mujer y a los hijos. Esa es la rutina.

La iglesia está lejana. No hay sacerdotes en el Perú rural. La población no suele ir a la parroquia, salvo en las fiestas patronales. El sacerdote vive en la capital de la provincia.

Las pocas escuelas y el único colegio de secundaria tienen solo “maestros de miércoles”. El mejor profesor es aquel que alterna el aula con la cantina y otros en la minería. Las postas médicas funcionan mejor que los centros educativos, porque los “enganchadores” necesitan gente con buena salud y de preferencia que no sepan leer ni escribir.

Los conflictos son una monotonía. El juez de paz letrado Dagoberto Reynolds confiesa su fatiga por que todos los días recibe el mismo lamento, la misma queja de centenas de mujeres, y porque no dispone de los instrumentos legales y económicos para superar la violencia.

Cooperativas

Hay dos modalidades de extracción del oro: individual y a través de cooperativas. En ambos casos, el trabajo es artesanal. El mineral se extrae de socavones, y de los cerros, mediante fuertes chorros de agua para eliminar la tierra y hacer visible las rocas donde hay mantas o hilos oscuros de oro en bruto.

Cada contratista contrata entre 100 y 400 trabajadores. “Los dirigentes de la cooperativa son muy activos, viajan por Lima y el mundo, están muy enterados de los precios del mineral, pero esa dinámica gremial no se traduce a favor de sus asociados”, comenta Pedro Cárdenas, un socio de la organización autogestionaria. En el 2008 el precio de la onza de oro supera los 1,500 dólares.

El salario no se conoce. La moneda no existe. El “cachorreo” o trueque es una forma de pago y depende de la buena suerte. Hay veces el obrero logra 20 y 30 gramos por mes, pero podría ser 5 gramos o menos. El trabajador opera 28 días para el contratista y dos para el mismo.

Hay contratistas que disponen de maquinarias y pueden extraer más mineral. La mayoría opera de manera rústica, con combas y lampas. El ingreso familiar es de 15 ó 20 dólares mensuales. Pero, además, el pan, cacao y otros alimentos básicos tienen precios especulativos.

En una población mayoritaria de pastores de ovejas, alpacas y llamas, la colaboración de los niños es una costumbre muy arraigada. Los padres demandan el trabajo de sus hijos, porque la educación es de tan mala calidad, que no incentiva la asistencia.

El poco dinero que gana el padre de familia es complementado con las faenas de las mujeres o “pallaqueras” que se acompañan de sus menores hijos. Dominga Murga, lleva más de 12 años trabajando en La Rinconada “y hasta ahora solo gano para supervivir”, remarca.

Promesa de equidad

La siguiente es una breve historia, que se multiplica alevosamente en centenas de proyectos descentralizados financiados por las multilaterales.

La noche del 22 de enero del 2007, una ráfaga de metralleta acabó con la ejemplar lideresa de los niños del altiplano, Elsa Checmapocco (42). Ella viajaba de La Rinconada - Sina a la capital de Puno, después de agotadora semana. Sin embargo, su desaparición no ha motivado preocupación alguna de las autoridades, por lo que quedará impune como otros casos similares. Dos meses mes después de ese hecho, la administración central del BID, en Washington, decidió cumplir el protocolo con la muerte.

Entre Lima - Puno - Lima hay unos cinco mil kilómetros por carretera, con tramos muy difíciles al cruzar la sierra. Un chofer del BID tuvo que recorrer esa larguísima ruta en lujoso vehículo únicamente para trasladar a la Misión del BID que viaja en vuelos de primera desde el aeropuerto puneño de Juliaca hasta Santa Rosa de Melgar (unos 60 kilómetros) donde se había programado la ceremonia de solidaridad con el alcalde y familiares de la heroína comunal. Aguardaban la visita, miembros de la Asociación de Artesanas Santa Rosita de Lima y de la Central de Artesanas de Ayaviri, organizaciones que Elsa Checmapocco fundó.