20 de noviembre de 2017

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UNA MIRADA AL BOICOT DE LAS OLIMPIADAS EN CHINA

Por: Vicky Peláez.

28 de abril de 2008

(EL DIARIO - LA PRENSA, Nueva York)

“No se puede esconder tres cosas: el sol, la luna y la verdad”. Buda

La creciente campaña para boicotear los Juegos Olímpicos en China, por su “actuación violenta y asesina en Tíbet”, nos recuerda una vez más que en esta época globalizada, la política es sólo un modo de ejercer el cinismo. En este escenario, los líderes del supuesto mundo superdemocrático y desarrollado compiten en su habilidad de crear pretextos para aplicar el arte viejo de la decepción en pos de los intereses de los países que representan. La historia es testigo implacable de este oportunismo occidental, sin ir muy lejos; en 1936, las voces tímidas de algunos políticos llamando al boicot de los Juegos Olímpicos del Berlín nazi fueron acalladas y su propulsor norteamericano, Ernst Lee Jahncke, fue expulsado del Comité Olímpico Internacional. Aquella vez el presidente Franklin D. Roosevelt quedó callado.

Fue en 1980, cuando el presidente Jimmy Carter, al ver los intereses geoestratégicos de Estados Unidos mermados en Asia por el envío de tropas soviéticas a Afganistán, ordenó boicotear los Juegos Olímpicos en la Unión Soviética. Sin embargo, ningún país occidental se atrevió a denunciar los Juegos Olímpicos en EEUU en 1984 por invadir en 1983 a Grenada. Alguna vez el ex ministro de defensa del Reino Unido, M. Portillo dijo sarcásticamente: “las invasiones rusas son malas, las invasiones norteamericanas son buenas”.

Ahora, esto se repite utilizando la polémica figura del líder espiritual de seis millones de tibetanos, el Dalai Lama que se llama a si mismo “un monje sin ambición política”. Elevado a la posición de Dalai Lama - rey dios-a la edad de 15 años, el monje Tenzin Gyato se convirtió desde su infancia en presa codiciada de alemanes, británicos y norteamericanos que siempre han visto en el Tíbet un enclave que les permitiría controlar tanto a China como a India.

Adolfo Hitler, en este aspecto, fue más allá de los intereses geopolíticos. Buscando en el olvidado y remoto Tíbet las raíces de una “súper civilización aria” envió grupos de antropólogos junto con los comandos nazis. Uno de los hombres allegados al jefe de la Gestapo Heinrich Himmler, el capitán de las SS, Heinrich Harrer, que estuvo en Tíbet varias veces como un explorador, se desempeñó de 1946 a 1951 como uno de los tutores del futuro 14º Dalai Lama. Después del triunfo del Ejército de Liberación de China, se escapó a Austria.

En aquel entonces, Tíbet seguía sumergido en el medioevo. El 95 por ciento de la población era analfabeto. Un 90% siervos y un 5%, esclavos. Toda la tierra cultivable estaba distribuida entre el gobierno local (30.9%), aristócratas (29.6%) y monjes superiores (39.5%). El budismo tibetano consistía en la combinación de religión y política, alienación de la mujer, el abuso sexual y psicológico. Su rey-dios Dalai Lama vivía en un palacio de 1,000 habitaciones esperando la realización de la profecía del 13º Dalai Lama, que murió en 1933, que “la ley real vendrá del occidente”.

La revolución china hizo fracasar aquella profecía al reincorporar al Tíbet como una región autónoma en su república. En realidad Tíbet, desde el siglo IX, era una zona autónoma dentro de China. Sin embargo, la esperada “ley real” pareció llegar cuando la CIA organizó el levantamiento tibetano en 1959 que fue aplastado por el ejército chino. El Dalai Lama escapó con 100.000 de sus seguidores a Dharamshala (India) donde formó un gobierno provisional y siguió su estrecha relación con sus mentores de la CIA que no ha dejado de ayudarlo financieramente.

El reciente levantamiento en Tíbet fue preparado en Dharamshala y su propósito es la independencia y creación de un Tíbet grande y prooccidental siguiendo las recetas del viejo proyecto de George W Bush: “Project for a New American Century”, que considera a China como un fuerte obstáculo para los intereses de EEUU en Asia. Mientras el Dalai Lama habla sobre paz y democracia, uno de sus más estrechos seguidores, nacionalizado norteamericano, Tsewang Rigzin, no oculta sus planes de sangre y levantamiento armado en Tíbet.

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