15 de agosto de 2020

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RATZINGER, EL PAPA EXTRAVAGANTE

Por: Jaime Richard.

9 de diciembre de 2007

(ARGENPRESS.info). Decididamente Ratzinger no está bien de la cabeza. Ha leído demasiados libros de caballería teológica. Cuando pese a todo lo que hay de dicho y escrito bajo el sol el último de los mortales sabe bien que la sabiduría no está en toneladas de charlatanería, ni en la retórica, ni en los juegos de palabras y conceptos... sino en el silencio, no se puede conceder la prioridad máxima de su razón sobre el resto de la humanidad a ningún otro mortal. No es a golpe de inagotables argumentaciones como se llega a la Verdad, sino quedamente, recogidamente, humildemente. Lo que no se puede probar con los instrumentos probatorios materiales que son las palabras -la existencia de Dios-, no se intente probar. Y lo que no se puede medir y calibrar más que a base de palabras, no se haga con conceptos acuñados desde el interés propio conceptual que no otra cosa es la principia petitio (dar por demostrado lo que precisamente se quiere demostrar). No se puede hacer afirmaciones categóricas desde un filosofar a martillazos, como hace Nietzsche, y menos desde un púlpito tan teñido de históricas sospechas...

A nadie, absolutamente a nadie se le puede conceder ese privilegio, el de estar en posesión de la Verdad. Pues ello significa tanto como negarle al resto la Verdad. Y si lo pretende, será a sus expensas. Pero entonces sobre él caerá el peso de la soberbia de Luzbel, de las sospechas de cretinismo y, al final, de la necedad también bíblica y erasmista. Que no hay una verdad única lo sabe también cualquiera. Pero si hay alguna y se postula que la hay en los textos sagrados de la cristiandad, esto es en el Antiguo y el Nuevo Testamento, esa verdad sólo toma cuerpo en el alma del individuo a solas a la que va dirigida, pero no está destinada a levantar sociedades enteras ni a organizar naciones. Mucho menos razón hay para culpar de la crueldad y de la necedad de humanos y pueblos a un movimiento revolucionario concreto que siempre tiene como propósito acabar con el abuso, con la prepotencia, con el rigor que encierra todo poder. Y ello pese a que este poder sea reemplazado por el de esa Revolución y luego asimismo se corrompa. Pero se ha dado un paso más... Todas las revoluciones han sido útiles. Máxime cuando hasta el siglo XVIII precisamente el Vaticano mantuvo secuestrada a la Razón, con todas las barbaridades que ese secuestro, compartido con el poder civil, deparó a la humanidad

Toda la verdad eventual e inconcusa que pueda haber en el verbo de Jesucristo, la hace añicos Ratzinger de un golpe con sus prolijas interpretaciones de la Verdad con mayúsculas, de la Historia y de la fisiognómica y efectos de la Historia. Interpretaciones que ni siquiera asientan verdades filosóficas, ni apenas pueden decirse sean racionales. Parecen las de un loco. Pues, tal como están abordadas no son más que doctrina, un grupo de teorías encerradas en un modo de contemplar desfiguradamente el mundo, el demonio y la carne. Un grupo de teorías -el conteo de los demonios que hizo Ratzinger en 1983, por ejemplo- hecho por un ser que se ha arrogado, extravagante él, el derecho a decidir por el alma de los demás y a condenar el pensamiento ajeno sin más atributos que los que la tradición le otorga y los que salen de una inteligencia confusa, pertinaz y subjetiva hasta el solipsismo aunque, por la solemnidad de la que está revestida, sea atronadora.

No puede un ser humano decir, como afirma en la encíclica Spe salvi (Salvados en la esperanza), sin incurrir en la aberración más absoluta o sin haber bebido más de la cuenta, que ’El cristianismo no trajo consigo un mensaje político-revolucionario como aquel con el que Espartaco, en lucha cruenta, había fracasado sino algo totalmente distinto: el encuentro con el Señor de todos los Señores’. Diríjase a las naciones, pero más que a los estamentos políticos a las estructuras económicas, a la gran industria del automóvil, a la farmacéutica, a la armamentística, a todo el emporio ultracapitalista que está destrozando el mundo, y quizá llegue a ablandar el corazón de los consejos de administración, a los staffs, a los invasores de naciones, a los dueños virtuales del planeta. Me refiero a los dueños reales que, a diferencia de los políticos que se turnan cada cuatro años, son los que perduran durante lustros o decenios y desafían al Señor de todos los Señores, y, lo que es peor, a la humanidad. Diríjase directamente a ellos y déjennos en paz a quienes no tenemos ninguna responsabilidad. Ni siquiera a los políticos que, en el fondo, sólo están en manos de ellos...

¡Qué desvarío decir en esa misma encíclica que la historia de la humanidad “ha torcido la Revolución Francesa”!, que ella haya sido ella la causa de la indignidad humana, del retroceso del pensamiento y del extravío de las sociedades occidentales. Eso, si acaso, se podría decir precisamente del papado, del vaticanismo, de la institución católica en cuanto a tal. No puede decirlo, a menos que su propósito sea provocar de nuevo a la Razón, a la inteligencia más recatada que rechaza el doctrinarismo.

Precisamente Europa, en los aspectos más importantes del pensamiento colectivo y social, está levantada sobre tres pilares fundamentales: el humanismo que en buena parte deviene del cristianismo, la Revolución Francesa que dio lugar a los derechos fundamentales civiles sobre los que gravita la práctica totalidad de los ordenamientos jurídicos europeos, y el luteranismo y la Reforma que contestaron precisamente a tanta bellaquería de tantos predecesores de Ratzinger en la Ciudad del Vaticano. Después de tantas rectificaciones y solicitudes de perdón por los errores históricos de la Iglesia y el Papado que ni la Iglesia, ni el Papado ni los montaraces obispos españoles han hecho, Ratzinger debiera ir preparándose para pedir perdón y rectificar por este nuevo desvarío, por esta nueva cretinez, antes de irse al otro mundo. Este desvarío, unido a tantos otros anteriores, como el famoso recuento de los demonios y las necias palabras vertidas en Ratisbona, ponen en la picota a la clase sacerdotal que en tantos sitios realiza una misión excelsa que él pone con sus actitudes en estúpida evidencia. Déjese, Ratzinger, de recurrir a la extravagancia desde sus luces de neón, y aplíquese no tanto a la Razón que está perdiendo como a la humildad que es lo único que en materia espiritual se vende bien.