31 de agosto de 2022

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A PÉREZ CELIS, QUE MURIÓ SIN MORIRSE

Por Orlando Barone.

30 de septiembre de 2008

Gaceta Literaria (Buenos Aires, Argentina).

Las cenizas son una forma de volver más rápido al origen. Unos días antes de su muerte le pregunté a Pérez Celis, tratando de distraerlo con algo, si había pensado en Dios durante este tiempo. Me contestó serenamente que no: que él no tenía esas convicciones o creencias. Enseguida, como para dejar algún resquicio, me dijo con su voz cada día más débil: “No, no creo en ningún Dios, pero intuyo que algo debe de haber en alguna parte más allá que nosotros”.

El ahora sabe cuál es la respuesta.

Celebremos respetuosa y honestamente a un artista admirable, que durante décadas impregnó con su obra sanguínea la historia contemporánea de la pintura. Y esa paradoja- que él se haya ido por vaciamiento de sangre- es una prueba metafórica de que esa sangre faltante ha quedado en sus cuadros para nosotros, los sobrevivientes.

Todo aquél que se va deja algo: basta la transmisión de un recuerdo íntimo o de un testimonio aunque sea familiar o de amigos. Sea una anécdota, una imagen, un reloj o un ignorado rastro genético. Pero un artista, además de eso, ha deseado dejar algo que lo hace excepcional. Y ese algo excepcional es el esbozo de una ilusión humana casi imposible, pero quién sabe, posible: la de la inmortalidad. Porque no nos basta con la procreación sucesiva de la especie, y el arte es el intento de una perduración superior de ese nosotros ordinario y terrestre.
Como contemporáneos de Pérez Celis desearíamos que su obra ascendiera a alguna escala de esa inmortalidad, para así sentir la honrosa vanidad de haber sido testigos de un artista no perecedero.

Y de ser acompañantes de esa aventura personal que es en su origen narcisística pero que se derrama generosa sobre todos los “yo” que la comparten.

El arte, que nace como el egoísmo más intenso, acaba transformándose en un indiscriminado distribuidor de su riqueza. Por más que el mercado seleccione propietarios, el arte desparrama con las manos abiertas. Qué privilegio el de él, haber conseguido esa clase de naturalidad de lo sublime; de acercar hasta acá lo trascendente. De andar geografías, de soñar latitudes y seguirse creyendo habitante de ese barrio, La Boca, que le llenaba la boca los domingos de fútbol. Por eso haber sido un artista popular es el gran sinceramiento de un artista.
Creo que Pérez Celis se fue convencido de que yéndose estaba dejando algo que superaba su modesta estadía biológica. De modo que en este trance dramático que nos concierne a todos los vivos su destino debiera consolarnos. Porque se va sin irse. Porque amaga convertirse en polvo pero nos deja tramposamente su pintura en la que él está encarnado y renacido.

La muerte no es para tanto. Lo que es para tanto es la vida. Y él la ha merecido.

Creo que este Pérez Celis que se fue, y cuyo adiós nos pesa, va a ser superado por este Pérez Celis que se queda.

(La pintura que acompaña el artículo pertenece a Pérez Celis).