31 de agosto de 2022

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EN ARGENTINA LA PELOTA SIGUE SIENDO REDONDA

Opinión de Eduardo Pérsico.

25 de marzo de 2008

Una constante del sector más pudiente en Argentina es reclamar mayor seguridad y leyes más claras para la economía. La propia, naturalmente; y entre sus dirigentes esa especie de rictus exige del Estado la protección de sus vidas y haciendas y después, si el mismo Estado puede, cumplir con otras obligaciones. Que para los ciudadanos comunes resultan la educación, la salud y demás asignaturas de la seguridad social tan prometidas y poco concretadas. Pero este requerimiento de los privilegiados propio del derecho de Peticionar a las Autoridades, se ejerce con mayor fuerza de la clase media hacia arriba, apoyados con su propio estilo por los defensores de la represión que tanto rédito le otorgaron, históricamente, para incrementar sus bienes con ‘cierta desmesura’; supo bromear alguien de los antiguamente llmados oligarcas. Algo que nos perfila a tantos descendientes de la Conquista del Desierto y algunos encartados hoy judicialmente en fuga de capitales y crímenes de lesa humanidad; esa perversa simultaneidad tan frecuente a quienes vociferan contra la inseguridad pública despreciando debatir sus tangibles causas económicas y políticas. Una negación de la desigualdad que se evidencia en todas las negociaciones, donde nuestra sociedad muestra en su entretela al aceptar, por ejemplo, que al convenir el sueldo de un trabajador se anteponga lo que el tipo necesita para vivir al valor de su trabajo. Pero claro, plantear esa realidad a los patrones los haría suponer un carnaval marxista leninista que pretende discutir la plusvalía, cruz diablo, cuando ellos son los dueños no sólo del negocio sino del método para discutirlo con los sindicalistas; por decir de algún modo.

Sin extremarnos ni forzar mucho las cosas, estos desajustes propiciados del poder de los negocios hacen jugar en igual equipo a las sociedades agropecuarias, quienes menos sequías y epidemias vacunas, se sienten dueños de vacas, hectáreas más los atardeceres y las lluvias, en este caso puntual con los organizadores de los espectáculos deportivos en la Argentina. Leyendo y escuchando, sobraría con analizar los puntos en contacto que soportan los discursos en muchos casos.

Así, por estos días de marzo del 2008 hubo tres muertes en diferentes encuentros de fútbol, según las habituales salvajadas que en la Argentina adornan este juego. Barras bravas y malandras de todo pelaje mezclados con dealers de la droga y arrebatadores, siempre socios y allegados a las comisiones directivas de cada caso, integran una inexplicable estructura delictiva. Pero a pesar de las muertes, ‘una jornada que no debe suspenderse nunca’, según sus organizadores en esta emergencia, además del vetusto refrán ‘el fútbol es una verdadera fiesta popular’ ahora se le suma ‘suspender una fecha sería darle la razón a los criminales’. Y su razón puede tener todos los intereses de quienes viven del negocio, en tanto los muertos siguen siendo la excepción y los organizadores del espectáculo son más y en último caso, mejores. Eso y además porque según repiten los dirigentes futboleros, la seguridad de los estadios no es obligación de los dirigentes; ‘nosotros aprendimos a dirigir un club y no a ser policías’; sino del Estado. Para la Asociación del Fútbol Argentino el espectáculo de jugar lo organizan los clubes con sus dirigentes que administran los negocios publicitarios y televisivos mediante, en tanto cuidar el orden y la integridad de la gente del estadio y sus alrededores corre por cuenta de la comunidad toda. Digamos, ellos cobran la entrada y el riesgo del que paga lo cubren sus familiares, amigos y deudos. Eso se llama redondear un brillante negocio con la pelota, acaso algo sospechoso si alguien se adentrara en esa economía futbolera y liberal que negocia cifras millonarias de varios colores, donde los organismos recaudadores jamás emprenden campañas para terminar con la evasión y las masas de dinero en negro, según se estila con los vendedores de chocolatines, quizá porque la gente común de los gobiernos; incluído éste de Cristina Kirchner; no tiene acceso a ‘sectores de la cancha’ donde circulan millones de convincentes razones.

Vaya uno a saber pero así las cosas, en el gigantesco negocio del fútbol en la Argentina los responsables y beneficiarios del negocio, alegremente discursean que cuidan la seguridad del público pagando horas extras a policías fuera de servicio, - una irracionalidad institucional negociada con los mandos policiales, nadie lo niega- y exigen con la misma vehemencia que usan los dueños de la tierra, que toda la sociedad proteja su negocio sin preguntarse nunca quien paga semejante fiesta. Algo que increíblemente han suscripto pasados y presentes altos funcionarios del Estado administrador con siniestros guiños cómplices con responsables del fútbol, en un libreto próximo a esas novelas de intriga donde al final el asesino resultaría el mismo detective investigador, que eso sí, nunca aparece.


Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.