17 de enero de 2022

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"NADIE MUERE DE AMOR EN DISNEYLANDIA" (*)

Por: Eduardo Pérsico (**).

15 de mayo de 2007

El 30 de abril de 1874, Juan Moreira go home.

Vea don, esa mujer que usted conoce se lo puede decir, porque viendo la historia real y no las apariencias, en el fondo estas cuestiones son similares. La María Verónica bien sabe que las raíces y los mandatos del matar y el morir son iguales, antes y ahora, y si no, ¿quién explica tanta matanza individual, las masacres de comarcas enteras o la trágica averiguación de la especie por conocer quién manda en el grupo? Esa puta vocación por subir peldaños en la escala..

Por ejemplo, imagínese usted la muerte del Juan Moreira; cuánta fantasía encendida más tanta contradicción y claroscuros del debate por ese personaje con mucho de realidad, porque existir, existió, y tanta recreación literaria agrandada en las reuniones de los ranchos, a puro mate y fogón. Y que yo, actor en esa muerte desde bien adentro, hoy pueda darle fe del sucedido gracias a esta maravilla científica que es la Memoria Multidireccional, que yo tengo. Sin sensiblerías ni conclusiones de improviso, na­die mejor puede describir aquella escena, repetida antes y más tarde, pertinaz reflejo de tantas versiones que ninguno puede relatarle con más veracidad que yo, mi amigo... Más debo decirle que no fue una buena muerte. Si respetamos que el gaucho supo ser bárbaro de acampar al raso, armarse un fuego de cualquier manera, olisquear el asado crepitando en la desolada noche y sin ninguna compañía, meter vino entre pecho y espalda, Moreira no tuvo una buena muerte.

Porque por mucho que lo deformaran los bibliotecarios del Poder, el gaucho no era más que un muñeco de la lejanía, capaz de combatir a caballo si el apuro así le aconsejaba, galopeador jinete entre trabucazos y lanzadas y sin embargo, también, varón de pelear mano a mano y matar de cerca, mirando a los ojos y asustado hasta los ijares como cualquier mortal. Así que Juan Moreira, - uno de esta catadura o linaje, llámelo como quiera- por abril de 1874 era buscado en los almacenes y paraderos de esa inmensidad que ya mostraba sus alambradas apropiando tanta tierra sin dueño. ‘Edad, cuarenta y seis a cuarenta y ocho año, estatura regular, color blanco colorado y picado de viruela, religión católica, vago y mal entretenido. Señas particulares: un balazo en la boca y herida en una mano recibida por la misma fecha’. Y sin una palabra apenas que atestiguara ‘matador caído en desgracia por lenguaraz’; algo que pudo ser muy cierto y yo no discuto. El hombre habría incumplido con ’alguien’ y de pronto era perse­guido sin ánimo de avistarlo, si necesitamos juntarnos una docena para salir al campo cuando nos anoticiaron que el fugitivo sosegaba en una casa de putas por las afueras del pueblo. Vea usted, igual que si la realidad insistiera en copiar a la literatura, los de esa estirpe o catadura, - llámelos como quiera- siempre se enredan en las enaguas de las hembras de burdel. Y también a veces se dan el gusto con alguna puta fina, una variante que el Poder no aprueba de buen tono; usted lo sabe y se hace el distraído...

La empresa de perseguir al gaucho matrero empezó al mediodía. Los tres o cuatro responsables de proteger la decencia en el pueblo nos aprontábamos a comer y llegó el encargue. La noche anterior había caído una helada de pelarse, muy prematura si recién despuntaba la mitad del otoño, fin de abril, y en la cuneta del caminito al Café Pompadour aún brillaban los cristalitos de la escarcha. Buena señal si se pretende un invierno llovedor... Sí, entendió bien, le dije ’Café Pompadour’ porque ya nos venía de lejos nuestra pretensión de ser extranjeros. Bueno, le digo que al comenzar la marcha éramos seis del pueblo y otros seis supieron llegar de Saladillo; un piquete del teniente Bertoni o Bertón, con cinco soldados montados sin entusiasmo, mirándose a ojeadas y contraseñas de bocaza grosera entre rebencazos y alguna costalada de los anima­les, como jugando. De verdad perdimos un buen rato rodeando el Pompadour, un portal grande medio celestón y paredes blanqueadas a la cal, menos las traseras que limitaban con la pampa. Casa de putas en mitad de la llanura y adentro ni un murmullo; doble silencio del lugar adonde jamás ha sucedido nada, tan sólo el temor del viento agrupando en la sala grande a contarse las numeraciones del destino, a esas mujeres que sabían emperifollarse al anochecer y Cata, la encargada, sargentona con rostro de predecir desgracias y un revólver Colt famoso de ser guardado bajo su falda. No avistamos nada. Todo fue apearse y volver a montar, sin una pelusita siquiera del célebre matador a quien nadie en la partida ya mencionaba, y quizá los cinco de Saladillo ni se animaban a imaginarlo, tanto se respetaba el miedo de nombrar su nombre. Así que a paso menos voluntarioso tro­tamos al Café de la Estrella, cortando medio camino por un potrero que nos llevó derecho y sofrenando en unos charquitos de la parte baja. Entonces sin rodeos, los cinco del pueblo y los dos tenientes nos adentramos en el primer cuarto y levantamos a ese Andrada, - Juan o Julián, no me acuerdo- amigo inseparable de Moreira que ni se retobó y sólo pidió por la mujer que seguía en la cama y nos miró de mala manera. ¡Lindo arrebato de ser una dama en aquella desolación de ecos devorados, esclavizante y castigadora con tanta lejanía!

Ahora veo clarito el facón cabo de plata de Andrada, relumbrando cuando uno de nosotros, creo que Larcen, lo mira como si lo midiera al contraluz que entra en la ha­bitación. Nadie vuelve a decir palabra, silencio de las premoniciones y achicar hasta la mirada al ir a voltear la siguiente puerta antes que nos aflojara el coraje. Ahí la primera perdigonada que llovió de adentro acertó en una rodilla del teniente Varela; el hombre nos aguardaba despierto y ‘ahora verán si me llevan’, bellaqueó y lo vimos recién después que recargara el trabuco. Al enterarse de que así los recibíría Moreira los cinco milicos de Saladillo huyeron a desbandada y alguno de ellos hasta carcajeando. No habían terciado señas para salir al galope, misterio de las inconfesables hermandades, burlona revancha de quienes nunca deciden contra el Poder que ejercen los pícaros, o el miedo nada más, vaya uno a saber, pero los paisanos aquellos bien que talonearon las verijas y huyeron de galope. Y vea don, develar el enigma de las admiraciones entre los peones de la tierra nos explicaría ciertas desgracias del pobrerío, pero de precavidos nomás, los cinco de Saladillo se perdieron el gusto de prender al fugitivo Juan Moreira... Después siguió una tarea cargada de insultos, alguna estrategia de parlamentar y de pronto fuimos siete contra Moreira; esta vez sin cota de malla donde le rebotaban las puñaladas, como se decía, pero igual embistiendo al bulto. Y vea, este hachazo que tengo en la zurda me viene de ahí y hoy, a más de un siglo y medio de aquella pelea, ni vale vanagloriarse de tan sórdida y despareja que resultó esa parodia sin valor ni hombría. Hasta que por allí ese milico municipal de nombre italiano, un tal Chirino que jamás figuró en ningún acta y terminó muriendo por el barrio de Mataderos, en Buenos Aires, le ensartó al Moreira un bayonetazo cuando ya el otro ni se sostenía sobre una tapia, tan malherido que venía. Pero lo mismo encaró de nuevo en contra mío y del sargento Isla, metiendo a fondo en el último embate, arremetida con furor de fiera traicionada y esa boqueada de sangre encharcando los pasillos de la casa. Después lo de costumbre: redactar un informe, pedir permiso al Cura del pueblo para tirar los huesos en el camposanto y por un tiempo entretenerse con la leyenda de esa corajeada imbécil...

Esto sucedió cuando le digo, por abril del ’74, y María Verónica esa mujer cercana del Poder le dirá que la certeza de las fechas y los nombres, al fin son de menor importancia. Y hasta poco significante resulta cualquier dato si los contadores de la historia siempre son los mismos; y es como le digo, a ese Moreira se le perdonaron muchas malandanzas pero menos que anduviera por los boliches divulgando quienes eran sus ‘sponsors’.

Nota:
(*).Fragmento de la novela "NADIE MUERE DE AMOR EN DISNEYLANDIA".

(**). Eduardo Pérsico, narrador y ensayista, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.