24 de agosto de 2019

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EL ORIGEN DE LAS IDEAS ABSTRACTAS

Por: Paul Lafargue (*).

6 de enero de 2007

“El modo de producción de la vida material domina en general el desenvolvimiento de la vida social, política e intelectual”. (Carlos Marx).

En la historia del pensamiento humano ocurre a menudo que desaparecen del campo de la actividad intelectual, hipótesis y teorías, para reaparecer de nuevo después de un olvido más o menos prolongado: entonces son examinadas otra vez con auxilio de los conocimientos acumulados durante el intervalo, acabando en más de una ocasión por ser clasificadas entre el número de las verdades adquiridas.

La teoría de la continuidad de las especies, inconscientemente admitida por el salvaje que cree ver en aquellos seres a antecesores suyos dotados de cualidades humanas, científicamente vislumbrada por los pensadores de la antigüedad y del Renacimiento, y genialmente precisada por los naturalistas de fines del siglo XVIII, cayó en tan profundo olvido después del memorable debate entre Geoffroy Saint-Hilaire y Cuvier, que se atribuyó su descubrimiento a Darwin, al hacerla revivir éste en 1859 con la publicación de su obra Origen de las Especies. Las pruebas de que en 1831 careció Geoffroy Saint-Hilaire para hacer triunfar su tesis de "la unidad de plan", habían sido después acumuladas con tal abundancia, que Darwin y sus discípulos pudieron completar la teoría e imponerla al mundo científico.

La teoría materialista del origen de las ideas abstractas ha corrido la misma suerte. Emitida y discutida por los pensadores griegos, presentada nuevamente en Inglaterra por los filósofos del siglo XVII, y en Francia por los del XVIII, al triunfar la burguesía fue eliminada del orden de las preocupaciones filosóficas.

Al lado de las ideas que corresponden a cosas y a personas, existen otras que no son tangibles, tales como las que se refieren a lo Justo, a lo Verdadero, al Bien, al Mal, al Número, a la Causa, al Infinito, etc.. Ignórase cómo se realiza el esfuerzo cerebral que transforma la sensación en idea, de igual suerte que desconocemos cómo un dínamo convierte el movimiento en electricidad, pero no es difícil darse cuenta de que las ideas tienen su origen en los objetos que caen bajo nuestros sentidos, al paso que el origen de las ideas abstractas, que no corres­ponden a ninguna realidad objetiva, ha sido objeto de estudios que no han dado aún concluyentes resultados.

Los filósofos griegos pretendieron resolver el problema de las ideas abstractas, Zenón, el fundador de la escuela estoica, consideraba el sentido como la fuente de los conocimientos, pero la sensación no se convertía en noción hasta después de haber sufrido una serie de transformaciones intelectuales. Los salvajes y los bárbaros, que fueron los fundadores de las lenguas latina y griega, adelantándose a los filósofos parece que ya participaron de la convicción de que los pensamientos eran lujos de las sensaciones, pues en griego, jaca, apariencia física un objeto, lo que hiere la vista, significa idea, y que en latín sapientia, sabor de un cuerpo, lo que hiere el paladar, se convierte en razón [1].

Platón creía, por el contrario, que las ideas del Bien, del Mal, de lo Bello, etc., eran innatas, inmutables y universales; "el alma, en su viaje siguiendo a Dios, menospreciando lo que impropiamente llamamos seres y elevando las miradas hacia el solo Ser Verdadero, lo había contemplado y nuevamente se acordaba de lo que había visto" (Fedro). Sócrates había co­locado igualmente encima de la humanidad al Dios natural, cuyas leyes, no escritas en parte alguna, son respetadas no obstante en toda la tierra, aunque los hombres no se han reuni­do jamás para decretarlas mediante un común acuerdo [2].

Aristóteles no demostraba ser gran entusiasta del derecho natural, del que se burla agradablemente cuando asegura que sólo era inviolable para los dioses. Sin embargo, los inmortales del Olimpo tenían en tan poco este derecho natural, y sus he­chos y sus gestos chocaban tan groseramente con la moral en uso entre los mortales, que Pitágoras condenaba al suplicio del infierno a las almas de Homero y de Hesíodo, por haberse atre­vido a narrarlos. Para Aristóteles, el derecho no era univer­sal; en su concepto, no podía existir más que entre personas de igual condición; el padre de familia, por ejemplo, no podía co­meter injusticia con su mujer, sus hijos, sus esclavos y toda persona que vivía bajo su dependencia, estando facultado, por tanto, para herirles, venderles y aun matarles sin salirse del derecho. Aristóteles, según costumbre, adaptaba su derecho a las costumbres de su época, y como no concebía la transfor­mación de la familia patriarcal, se veía obligado a erigir sus costumbres en principios del derecho. Pero, en vez de conceder a este derecho un carácter universal e inmutable, sólo le daba un valor relativo y limitaba su acción entre personas colocadas sobre la base de un principio de igualdad.

¿Pero cómo se concibe que Platón, cuyo espíritu era tan sutil, que tenía ante sus ojos las mismas costumbres, cuyas ventajas de abolición no concebía, puesto que su República ideal introducía la esclavitud, no hubiese participado de la misma opinión respecto a la relatividad de lo Justo?

De unas frases de Aristóteles se ha deducido que Platón, así como los sacerdotes de los misterios sagrados y la mayor parte de los sofistas, no había expuesto en sus escritos toda su filosofía, la cual sólo era revelada a un pequeño número de aventajados discípulos; supónese asimismo que Platón se inti­midó ante la condena de Sócrates y ante los peligros que había experimentado Anaxágoras en Atenas, donde había importado la filosofía natural, viéndose obligado a apelar a la fuga para escapar de la muerte.

Esta opinión queda confirmada con una atenta y compara­da lectura de los Diálogos, de Platón, quien, según hace obser­var Goethe, se burla a menudo de sus lectores. Lo cierto es, que Platón y alguno de sus discípulos no tenían más que una im­perfecta idea de la inmutabilidad de la Justicia. Arquelao, que mereció el calificativo de naturalista, negaba el derecho natural y sostenía que las leyes civiles eran los únicos funda­mentos de lo Justo y de lo Injusto. Arístipo afectaba un pro­fundo desprecio hacia el derecho natural y social, y sostenía que el cuerdo debía colocarse por encima de las leyes civiles y permitirse cuanto aquéllas impedían, siempre que pudiese realizarlo con toda seguridad, pues las acciones que aquéllas no permitían, sólo eran malas en la opinión del vulgo, invocada para servir de freno a los tontos [3]. Platón; sin tener la auda­cia de emitir semejantes doctrinas, demostraba, con sus aficio­nes pederastas, cuán poco tenía en estima el derecho natural. Este amor contra natura, no permitido a los esclavos, constituía un privilegio de los ciudadanos libres y de los hombres virtuo­sos; en la República, Sócrates hace de él una recompensa del valor guerrero.

La querella sobre el origen de las ideas fue reanudada nuevamente durante los siglos XVII y XVIII en Inglaterra y en Francia, cuando la Burguesía se preparaba para apoderarse de la dictadura social. No existen nociones innatas, declaraban Diderot y los enciclopedistas: el hombre viene al mundo como una tabla lisa, sobre la cual los objetos de la Naturaleza graban sus impresiones con el tiempo. La escuela sensualista de Condillac for­mulaba su famoso axioma: nada existe en el entendimiento que, anteriormente, no haya estado en los sentidos. Buffon aconse­jaba reunir hechos para procurarse ideas, que no son más que sensaciones comparadas ó, por mejor decir, asociaciones de sensaciones.

Descartes, resucitando el método de introspección y el con­ócete a ti mismo de Sócrates y poniendo en práctica el rom­pecabezas chino de la Escuela Alejandrina: dado esto, hallar a Dios, se encerraba en su yo para conocer el universo, y de su yo hacia partir el principio de la filosofía, según la crítica Vico. Como en "su yo purificado de las ideas adquiridas, o, en otros términos, de los prejuicios concebidos desde la infancia por los sentidos, así como de todas las verdades enseñadas por la cien­cias", encontraba Descartes las ideas de substancia, de causa, etc., las suponía inherentes a la inteligencia y no adquiridas por las sensaciones. Según expresión de Kant, las ideas eran universales y necesarias, conceptos racionales cuyo objeto no puede ser proporcionado por la experiencia, sino que deben existir incontrastablemente en nuestro espíritu. Lo sepamos o lo igno­remos, llevamos constantemente juicios precisos y universales; en la más simple de las proposiciones están contenidos los principios de substancia, de causa y de ser.

Leibnitz replicaba a los que, con Locke, afirmaban que las ideas se introducían por medio de los sentidos, que, en efecto, nada existía en el entendimiento que antes no hubiese pasado por los sentidos, excepto el entendimiento mismo. El hombre, en su concepto, aportaba al nacer ideas y nociones escondidas en su entendimiento que el encuentro de los objetos exteriores hacían aparecer. La inteligencia es preformada antes de empezar la experiencia individual. Además, comparaba las ideas y las nociones anteriores a la experiencia, a las vetas diversamente coloreadas que surcan un bloque de mármol del cual se sirve el hábil escultor para ornamentar las estatuas que labra.

Hobbes, ya antes que Locke había dicho en su tratado sobre La naturaleza humana que "todas las nociones del alma habían preexistido en la sensación", y que las sensaciones son el origen do las ideas, ampliando de esta suerte la tesis de Arquelao al sostener en su De Cive que era preciso buscar en las leyes una idea de lo Justo y de lo Injusto. Ellas nos indican cuando debe­mos "llamar ladrón, asesino, adúltero o calumnioso a un ciuda­dano, pues no constituye robo el quitar a uno lo que posee, sino lo que le pertenece, debiendo determinar la ley lo que es nues­tro y lo que es de los demás. De igual suerte, todo homicidio no es asesinato, como no constituye adulterio el simple hecho de acostarse con una mujer, sino el de tener relaciones íntimas con una mujer que la ley impide todo contacto con ella". Los pa­tricios de Roma y de Atenas no cometían adulterio fornicando con las mujeres de los artistas; in quas stuprum non comittitur, decía la brutal fórmula jurídica, pues estaban consagradas a la corrupción aristocrática.

El hombre que en nuestros días mate a su mujer en Inglaterra, aun sorprendida en flagrante delito de adulterio, será juzgado como un asesino vulgar, mientras que en Francia, lejos de ser castigado es admirado como un héroe que ha sabido vengar su honor puesto en peligro por su señora esposa. El curso de un río basta para transformar un crimen en un acto virtuoso, decía con Pascal, el escéptico Montaigne. (Ensayos, lib. II, cap. XIII).

Locke pretendía que las ideas tenían dos procedencias: la sensación y la reflexión; Condillac eliminaba la doctrina del filósofo inglés de estas fuentes, la reflexión, no conservando más que la sensación, que transformaba en atención, comparación, análisis, razonamiento, y en último término en deseo y volun­tad. Su ex discípulo Maine de Biran prescindía de la sensa­ción, y adoptando el método de Descartes, que lo sacaba todo de un yo, como de un pozo, hallaba en el entendimiento el punto de partida de las ideas. Las nociones de causa y de substancias, decía, son en nuestro espíritu anteriores a los dos principios que las contienen: primero pensamos en nosotros mismos, en el conocimiento de causa y de substancia que somos; una vez estas ideas adquiridas, la inducción las transporta fue­ra de nosotros y nos hacen concebir causas y substancias en todas partes donde existen fenómenos y cualidades. El principio de causa y de substancia se reduce, pues, a no ser más que un fenómeno, o más bien, a una ficción de nuestro entendimiento, según la frase de Hume. El método de introspección de Des­cartes y de Sócrates, del cual los espiritualistas burgueses abusan tan liberalmente, conduce, de una parte, al escepticismo y de otra a la impotencia, pues "pretender alumbrar las profundidades de la actividad psicológica en medio de la conciencia individual, equivale a querer alumbrar el universo con una cerilla", dice Maudsley.

La victoria definitiva de la Burguesía en Inglaterra y en Francia imprimió una completa revolución en la concepción filosófica. Las teorías de Hobbes, de Locke y de Condillac, después de haber mantenido alto el pabellón, fueron destronadas; no se quiso ni discutirías y sólo se hacía mención de ellas reproduciendo algunos fragmentos truncados y falsificados, como ejemplos de las aberraciones en que cae el espíritu humano cuando abandona el temor de Dios. La reacción llegó tan lejos, que bajo el mismo Carlos X la filosofía de los sofistas del espi­ritualismo fue tenida por demasiado revolucionaria, tratando hasta de impedir su enseñanza en los colegios [4]. La Burguesía triunfante restauró sobre el altar de su Razón las verdades eternas y el espiritualismo más vulgar. La Justicia, que los filósofos de Grecia, de Inglaterra y de Francia habían reducido a razonables proporciones, que la acomodaban a las circunstan­cias del medio social donde se manifestaba, se convirtió en un principio necesario, inmutable y universal. "La Justicia, escribe uno de los académicos más sofistas de la filosofía burguesa, es invariable y presente siempre, aunque sólo se percibe por grados en el pensamiento humano y en los hechos sociales. Los límites de su campo de acción se ensanchan siempre y no se estrechan nunca, pues ninguna potencia humana es bastante para hacerle perder el terreno adquirido".

Los enciclopedistas se habían lanzado con tal entusiasmo revolucionario a la investigación de los orígenes de las ideas, que esperaban descubrirlos interrogando la inteligencia del niño y del salvaje [5]; pero la nueva filosofía rechazó con desdén estas investigaciones, susceptibles de conducir a peligrosos resultados. "Descartemos ante todo la cuestión de origen, dice Víctor Cousín, el maestro sofista, en su estudio sobre lo Verdadero, lo Bello y lo Bueno. La filosofía del último siglo se complacía demasiado en dedicarse a este género de investigaciones. ¿Cómo pedir la luz a la región de las tinieblas y la explicación de la realidad a una hipótesis? ¿Por qué remontar a un pretendido estado primitivo para darse cuenta de un estado presente que puede estudiarse en sí mismo? ¿Por qué investigar lo que haya podido ser en germen lo que puede percibirse y lo que se trata de conocer terminado y perfecto?... Negamos en absoluto que sea preciso estudiar la naturaleza huma­na en el famoso salvaje del Aveyron o en otros de las islas de la Oceanía o del continente americano... El hombre verdade­ro, es el hombre perfecto en su género; la verdadera naturale­za humana llegada a su mayor desenvolvimiento, como la ver­dadera sociedad es asimismo la sociedad perfeccionada... Separemos los ojos del niño y del salvaje, para fijarlos sobre el hombre real y acabado" (lecciones XV y XVI). El yo de Só­crates y de Descartes debía conducir fatalmente a la adora­ción del Burgués, el hombre perfecto en su género, real, acabado, el tipo de la naturaleza humana llegada a su completo desenvolvimiento y a la consagración de la sociedad burguesa, el orden social perfeccionado, fundado sobre los principios eternos e inmutables del Bien y de lo Justo.

Es tiempo ya de conocer lo que valen esta justicia y estas verdades eternas del espiritualismo burgués, y de reanudar el debate acerca del origen de las ideas.

II FORMACION DEL INSTINTO Y DE LAS IDEAS ABSTRACTAS

Puede aplicarse al instinto de los animales lo que los filósofos espiritualistas dicen de las ideas innatas.

Las bestias nacen con una predisposición orgánica, con una preformación intelectual, según la frase de Leibnitz, que les permite cumplir espontáneamente, sin pasar por escuela alguna de la experiencia, los actos más complicados, necesarios a su conservación individual y a la propagación de la especie. Esta preformación no es en ninguna parte tan notable como entre los insectos que sufren metamorfosis (mariposas, libélu­las, etc.); a medida que se operan estas transformaciones adop­tan diferentes géneros de vida en rigurosa correlación con cada una de las nuevas formas que revisten. Sebastián Mercier tenía razón cuando declaraba que "el instinto era una idea innata" [6]. No aceptando los espiritualistas que el instinto podría ser el resultado de la lenta adaptación de una especie animal a las condiciones de su medio natural, deducen que el instinto es un presente de Dios. El hombre no ha titubeado jamás en poner fuera de su alcance las causas de los fenómenos que le escapan a su concepción.

Pero el instinto no es, como la Justicia de los sofistas del espiritualismo, una facultad inmutable, no susceptible de ninguna modificación, de ninguna desviación. Los animales domésticos han modificado más o menos los instintos que Dios, en su inagotable bondad, otorgó a sus salvajes antecesores. Los pollos y los ánades de nuestros corrales han perdido casi por completo el instinto del vuelo, que resulta inútil en el medio artificial en que el hombre les ha colocado desde hace algunos siglos. El instinto acuático ha llegado a ser olvidado a los ánades de Ceilán, a los cuales hay que perseguir y fustigar para hacerles penetrar en el agua. Diversas razas de gallinas han sido despojadas del instinto de la maternidad, y aunque excelentes ponedo­ras, no piensan jamás en cubrir sus huevos. Habiendo sido los becerros quitados de sus madres durante varias generaciones en algunas regiones de Alemania desde el momento de haber naci­do, obsérvase en las vacas un notable decrecimiento del instin­to maternal. Giard supone que una de las primeras causas de este instinto en los mamíferos es la necesidad de desembarazar­le de la leche que entumece y causa dolor en los pechos. Otro naturalista demuestra que el instinto constructor de nido de la espinocha debe atribuirse, no a Dios, sino a una inflamación temporal que experimenta la planta durante la estación amorosa.

No es necesario muy largo período de tiempo para alterar el instinto mejor arraigado. Romanes cita el caso de una gallina a la que se hizo empollar tres veces consecutivas huevos de ánade y que llevaba conscientemente al agua verdaderos polluelos que se le había permitido cuidar. El hombre ha alterado los instintos de la raza canina; según han sido sus necesidades la ha dotado de nuevos instintos o los ha suprimido. El perro en estado salvaje no ladra; todos los perros de este género son mudos; el hombre civilizado ha dado al perro el instinto de ladrar, suprimiéndolo después en algunas razas.

El hombre puede estudiar en sí mismo la formación del instinto. El hombre no puede aprender, corporal o intelectualmen­te, sin una determinada tensión cerebral, que disminuye a me­dida que el estudio se va convirtiendo en costumbre.

Cuando, por ejemplo, se empieza a estudiar el piano, debe vigilarse atentamente el juego de las manos y de los dedos, para dar exactamente en la nota deseada, pero con el hábito se llega a tocar maquinalmente, sin necesidad de mirar el teclado y hasta teniendo el pensamiento en otra parte. De igual suerte, cuando se estudia una lengua extranjera debe tenerse constan­temente puesta la atención en las palabras, los artículos, prepo­siciones, adjetivos, verbos, etc., etc., que se conocen instintivamente a medida que se va familiarizando con la nueva lengua.

El cerebro y el cuerpo del hombre y del animal tienen la propiedad de transformar en actos automáticos lo que primiti­vamente era deseado y constituía el resultado de una atención continuada. Si no poseyese la facultad de automatizarse, el hombre seria incapaz de recibir una educación física e intelectual; si se viese obligado a vigilar sus movimientos para hablar, para andar, comer, etc., etc., permanecería en una eterna infancia. La educación enseña al hombre a prescindir de su inteligencia, y tiende a transformarle en una máquina siempre más com­plicada: la conclusión es paradoja.

El cerebro de un adulto es más o menos automatizado según sea el grado de su educación y de su raza; las nociones abstractas elementales, de causa, de número, de substancia, de ser, de jus­ticia, etc., le son tan familiares como el comer y el beber, y ha perdido todo recuerdo de la manera como las adquirió, pues el hombre civilizado hereda al nacer el hábito tradicional de adqui­rirlas a la primera ocasión. Pero esta tendencia a adquirirlas es la resultante de una progresiva experiencia ancestral prolon­gada durante miles de años. Sería ridículo suponer que las ideas abstractas han germinado espontáneamente en la cabeza huma­na, como lo sería el pensar que la bicicleta o toda otra máquina del tipo más perfeccionado han sido construidas al primer inten­to tales como las vemos en la actualidad. Las ideas abstractas, lo propio que el instinto de los animales, se han formado gradualmente en el individuo y en la especie. Para conocer los orí­genes, no sólo es necesario analizar la manera de pensar del adulto civilizado, según lo hacía Descartes, sino que, como lo entendían los enciclopedistas, precisa examinar la inteligencia del niño y remontar el curso de las edades para estudiar la del bárbaro y la del salvaje, como importa hacer cuando se quieren hallar los orígenes de nuestras instituciones políticas y sociales, de nuestras artes y de nuestros conocimientos.

Los sensualistas del siglo último, al hacer del cerebro una tabla lisa, lo que constituía una manera radical de renovar la "purificación" de Descartes, olvidaban este hecho, de importancia capital: que el cerebro del civilizado es un campo trabajado desde siglos y sembrado de nociones y de ideas por miles de ge­neraciones y que, según la exacta expresión de Leibnitz, está preformado antes que la experiencia individual haya empezado a manifestarse. Debe admitirse que el hombre posee la facultad de la coordinación molecular, destinada a dar nacimiento a un número considerable de ideas y de nociones: esto permite expli­car que hombres extraordinarios como Pascal hayan podido ha­llar por sí mismos series de ideas abstractas, tales como los teo­remas del primer libro de Euclides, que sólo han podido ser ela­borados por una larga serie de pensadores. Como quiera que sea, lo exacto es que el cerebro posee tal aptitud para adquirir determinadas nociones e ideas elementales, que ni se apercibe del hecho de su adquisición.

El cerebro no se limita solamente a recibir las impresiones procedentes del exterior por medio de los sentidos, sino que hace de sí mismo un trabajo molecular, que los fisiólogos ingleses denominan cerebración inconsciente, que le ayuda a comple­tar sus adquisiciones y hasta a hacer de nuevas sin pasar por la experiencia. Los alumnos sacan partido de esta preciosa facultad cuando aprenden imperfectamente sus lecciones antes de acos­tarse, dejando al sueño el cuidado de fijarlas en la memoria.

El cerebro está, además, lleno de misterios: es un mundo des­conocido, que apenas empiezan los fisiólogos a explorar. Es cier­to que posee facultades que a menudo no hallan aplicación en el medio en que el individuo y su raza evolucionan; estas facul­tades, no pueden ser, pues, la resultante de la acción directa del medio exterior sobre el cerebro, sino la de su acción sobre otros órganos, que a su vez accionan sobre los centros nerviosos. Goethe y Geoffroy Saint-Hilaire designaban este fenómeno con el nombre de "balanceo de las ideas". He aquí dos ejemplos históricos:

Los salvajes y los bárbaros son capaces de realizar un núme­ro de operaciones intelectuales más considerable que el que efec­túan en su vida diaria: durante centenares de años los europeos han transportado de las costas del Africa, de las colonias, miles de negros salvajes y bárbaros, separados de los civilizados por siglos de cultura. No obstante, al cabo de muy poco tiempo se asimilaban las costumbres de la civilización. Cuando los jesuitas emprendieron su educación, los guarayanos del Paraguay erraban desnudos por las selvas, no teniendo otras armas que el arco y la maza de madera y no conociendo más que el culti­vo del maíz. Su inteligencia era tan rudimentaria, que no po­dían contar más allá de 20, debiendo servirse para ello de los dedos de las manos y de los pies. Sin embargo, los jesuitas hi­cieron de aquellos salvajes obreros hábiles, capaces de realizar trabajos difíciles, tales como órganos complicados, esferas geo­gráficas, pinturas y esculturas decorativas, etc.. Estas artes y estos oficios, con las correspondientes ideas, no existían en estado innato en las manos y en el cerebro de los guarayanos, sino que fueron vertidas por los jesuitas. De lo cual se deduce que si el cerebro de los guarayanos era incapaz por propia iniciativa de realizar descubrimientos, se hallaba, en cambio, maravillosamen­te predispuesto o preformado, según la frase de Leibnitz, para adquirirlos.

Es igualmente exacto que el salvaje es tan extraño a las nociones abstractas de los civilizados como a sus artes y oficios, lo que prueba la ausencia de su lengua de términos a propósito para expresar las ideas generales. ¿Cómo, pues, las nociones y las ideas abstractas que son tan familiares al hombre civiliza­do han penetrado en el cerebro humano? Para resolver este pro­blema, que ha preocupado tanto al pensamiento filosófico es pre­ciso, como enciclopedistas, penetrar por la puerta abierta por Vico e interrogar la lengua, el más importante si no el primer modo de manifestación de los sentimientos y de las ideas [7]; la lengua juega un papel tan importante, que el cristiano de los primeros siglos, reproduciendo la idea de los hombres pri­mitivos, dice: "el verbo es Dios", y que los griegos designan por el mismo nombre, logos, la palabra y el pensamiento, y que del verbo hablar derivan el hablarse a sí mismo, el pensar.

En efecto, la cabeza más abstracta no puede pensar sin servirse de palabras, sin hablarse mentalmente; si de hecho no lo hace como los niños, son muchos los adultos que barbotean lo que piensan. La lengua ocupa un lugar demasiado grande en el desenvolvimiento de la inteligencia, para que la formación etimológica de las palabras y sus significaciones sucesivas no refle­jen las condiciones de vida y el estado mental de los hombres que las han creado y empleado.

Un hecho llama la atención: a menudo una misma palabra está empleada para designar una idea abstracta y un objeto concreto. Las palabras que en las lenguas europeas significan bienes materiales y la línea derecha, quieren indicar asimismo el Bien moral y el Derecho, lo Justo.

El hecho es tan digno de ser observado como es poco conocido; lo propio ocurre en los fenómenos que se realizan a dia­rio; no se ven porque se cierra los ojos no queriéndolos ver. No obstante, vale la pena preguntarse cómo la lengua vulgar y la lengua filosófica y jurídica han podido reunir bajo la mis­ma palabra lo material y lo ideal, lo concreto y lo abstracto.

Dos problemas se plantean al llegar a este punto:

¿Lo abstracto y lo ideal han descendido hasta lo concreto y hasta la materia, o la materia y lo concreto se han transfor­mado en ideal y en abstracción? ¿Cómo se ha realizado esta transubstanciación?

La historia de las significaciones sucesivas de las palabras resuelve la primera dificultad: demuestra el significado con­creto precedente, siempre el significado abstracto.

El lazo que une el sentido abstracto al sentido concreto, no es siempre aparente. Así es difícil percibir a la primera ojeada como el espíritu humano ha podido unir pasto a la idea abstracta de Ley, la línea recta a la idea de lo Justo, la parte de un invitado en un festín al Destino. Ya pondremos de manifiesto los lazos que unen estos diferentes significados de momento sólo importa señalar el hecho.

El espíritu humano emplea comúnmente el mismo método de trabajo, a pesar de la diversidad de objetos sobre los cuales opera; por ejemplo, el medio que ha seguido para transformar los sonidos en vocales y en consonantes es el mismo que ha empleado para elevarse de lo material a lo abstracto. El origen de las letras le parece tan misterioso al obispo Ma­llinkrot, que en su De arte typographica, para quedar tran­quilo de espíritu atribuye su invención a Dios, que ya era el autor responsable del instinto y de las ideas abstractas.

Pero las investigaciones de los filósofos han arrancado una a una las vendas que cubrían el misterio alfabético; han demostrado que las letras no habían caído totalmente formadas del cielo, sino que el hombre sólo había llegado gradualmente a representar los sonidos por consonantes y por vocales. Queremos mencionar las primeras etapas recorridas, por ser útiles a nuestra demostración.

El hombre debuta por la escritura figurativa; representa un objeto, por su imagen, y un perro, por el dibujo de un perro; pasa después a la escritura simbólica y figura la parte por el todo, la cabeza de un animal, por el animal entero; lue­go se eleva a la escritura metafórica, dibuja un objeto tenien­do alguna semejanza real o supuesta con la idea que pretende expresar, la parte anterior de un león, para significar la idea de prioridad, un codo para la Justicia y la Verdad, un buitre para la Maternidad, etc. El primer ensayo fonético se hace por medio de jeroglífico; se representa un sonido por la ima­gen de un objeto que tenga el mismo sonido; los egipcios, llamando deb a la cola de un cerdo, figuran el sonido deb por la imagen de la cola, convertida en una especie de trompeta de puerco; retienen después un número determinado de imágenes más o menos modificadas, no ya por el valor fonético de algu­nas sílabas, sino simplemente por el de la sílaba inicial [8].

La escritura había de pasar fatalmente por la etapa meta­fórica, puesto que el hombre primitivo piensa y habla por metáforas. Los pieles rojas de América, para decir un gue­rrero valiente, dicen: es como el oso; un hombre de mirada penetrante es como el águila; para afirmar que ha sido olvi­dado un ultraje se declara que ha quedado enterrado bajo tierra.

Estas metáforas son a veces indescifrables para nosotros; así nos es difícil comprender como los egipcios han podido representar en sus jeroglíficos la Justicia y la Verdad por el codo y la Maternidad por el buitre.

Nos proponemos desembrollar la metáfora del buitre; la otra será objeto del siguiente artículo.

La familia matriarcal ha tenido en Egipto una longevidad extraordinaria; constan asimismo en sus mitos religiosos mu­chos rasgos del antagonismo de los dos sexos, luchando uno de ellos para conservas su elevada posición dentro de la familia, y el otro para desposeería.

El egipcio, lo mismo que Apolo en las Euménides de Esqui­lo, declara que es el hombre quien llena la función importante en el acto de la generación, y que la mujer, "como la cápsula de un fruto, no, hace más que recibir y nutrir su germen"; pero la mujer egipcia le devuelve el cumplido, jactándose de concebir sin el concurso del hombre.

La estatua de Neith la diosa Madre, "la soberana de la región superior" llevaba en Sais, según afirma Plutarco, esta arrogante inscripción: "Yo soy todo lo que ha sido, todo lo que es, y lo que será; nadie ha levantado mis ropas, y el fruto que he dado a luz ha sido el sol". Su nombre, entre otros sig­nos, tiene por emblema el buitre y la primera letra de la palabra Madre.

Los jeroglíficos de Horapollon nos demuestran que los egipcios creían que en la especie de los buitres no existían machos, y que las hembras eran fecundadas por el viento; atribuían a este pájaro, considerado entonces en todas partes como feroz y voraz, una terneza maternal tan extremada, que suponían se desgarraba el pecho para nutrir a sus pequeñuelos.

Así, después de haber hecho del pájaro de Neith, a causa de su extraña propiedad generatriz, la diosa Madre, que ha procreado sin concurso de varón, la convirtieron en símbolo de la Madre y de la Maternidad.

Este ejemplo característico ofrece una idea de los rodeos realizados por el espíritu humano hasta haber conseguido presentar sus ideas abstractas por imágenes de objetos reales y efectivos.

Si en la escritura metafórica y emblemática la imagen de un objeto material se convierte en símbolo de una idea abstracta, se concibe que una palabra creada para designar un objeto o uno de sus atributos acabe por servir para designar una idea abstracta.

En la cabeza del niño y del salvaje, "el niño del género humano", según la expresión de Vico, no existe más que imágenes de objetos determinados: cuando el pequeño dice mu­ñeca, no se refiere a no importa qué muñeca, sino a una deter­minada, que ha tenido en sus manos o que ha sido ya demos­trada, y si se le presenta otra llega a rechazarla con cólera. Así cada palabra es para él un nombre propio, el símbolo del objeto con el cual ha estado en contacto. Su lengua, así como la del salvaje, no posee términos genéricos, abarcando una clase de objetos de la misma naturaleza, sino series de nombres propios; del mismo modo las lenguas salvajes no poseen vocablos para las ideas generales, tales como hombre, cuerpo, etc., y para las ideas abstractas de tiempo, de causa, etcétera; las hay también que carecen del verbo ser. El tasmaniano tenía una abundancia de vocablos para cada árbol de diferentes especies, pero no término para decir árbol en gene­ral; el malayo no posee ningún vocablo equivalente a color, en abstracto, aunque tenga palabras para cada color; el abi­pón no tiene palabras para expresar hombre, cuerpo, tiempo, etc., y no posee el verbo ser, no diciendo: yo soy abipón, sino yo, abipón".

Pero poco a poco, el niño y el hombre primitivo extienden el nombre y la idea de las primeras personas y cosas que cono­cieron a todas las personas y cosas que presentan con ellas semejanzas reales o ficticias, elaborando de esta suerte, por vía de analogía y comparación, idea generales, abstractas, abarcando grupos de objetos más o menos extensos, y algu­nas veces el nombre propio de un objeto llega a ser el término simbólico de la idea abstracta representando el grupo de objetos que tiene analogías con el objeto por el cual el vocablo había sido formado. Platón pretende que las ideas generales así obtenidas, que clasifican los objetos sin tener en cuenta sus diferencias individuales, son "esencias de origen divino". Sócrates, en el libro X de la República, dice: que la "idea de lecho" es una esencia de creación divina, por­que es inmutable, siempre igual a sí misma, mientras que los lechos creados por los ebanistas difieren todos entre sí.

El espíritu humano ha comparado frecuentemente los objetos más distintos, aunque no tuvieran entre sí más que un vago punto de semejanza; así, por un procedimiento de antro­pomorfismo, el hombre ha tomado a sus propios miembros por término de comparación, como lo prueban las metáforas que perduran en las lenguas civilizadas, aunque las mismas datan de los albores de la humanidad, tales como entrañas de la tie­rra, vena de una mina, corazón de un roble, diente de una sierra, hueso de una fruta, garganta de una montaña, brazo de mar, etcétera. Cuando la idea abstracta de medida se presenta a su mente, toma por unidad su pie, su mano, su dedo, sus brazos (orgyía, medida griega igual a dos brazos exten­didos). Toda medida es una metáfora; cuando se dice que un objeto tiene tres pies y dos pulgadas, eso significa que es tan largo como tres pies y dos pulgares. Pero con el desarrollo de la civilización fue forzoso recurrir a otras unidades de medida: así los griegos tenían el Stadion, la longitud recorri­da por los corredores a pié en los juegos olímpicos, y los latinos el jugerum, la superficie que se podía labrar durante un día, un jugum (un yugo de buey).

Una palabra abstracta, como observa Max Müller, no es frecuentemente más que un adjetivo transformado en sustan­tivo, es decir, el atributo de un objeto metamorfoseado en per­sonaje, en entidad metafísica, en ser imaginario, y es por vía metafórica que se verifica esta metempsicosis; la metáfo­ra es uno de los principales medios por los cuales la abstrac­ción penetra en la cabeza humana. En las metáforas precedentes se dice boca de una caverna, lengua de tierra, porque la boca presenta una abertura y la lengua una forma alargada; se ha recurrido al mismo procedimiento para procurarse nuevos términos de comparación a medida que las necesidades lo exi­gían, siendo la propiedad más saliente del objeto, aquella que, por consiguiente, impresiona más vivamente los sentidos, la que desempeña el papel de término de comparación. Gran número de lenguas salvajes carecen de vocablos correspondientes a las ideas abstractas de dureza, redondez, calor, etc., y están privadas de las mismas porque el salvaje no ha llegado a crear seres ima­ginarios o entidades metafísicas, que correspondan a tales términos; así en vez de duro, dicen "como piedra"; en vez de redondo, "como luna"; en vez de caliente, "como sol"; porque las cualidades de duro, redondo y caliente figuran en su cere­bro como inseparables de piedra, luna y sol. Sólo después de una larga elaboración mental dichas cualidades son separadas, abstraídas de sus objetos concretos, para ser metamorfoseadas en seres imaginarios; entonces el calificativo se convierte en sustantivo y sirve de signo a la idea abstracta formada en el cerebro.

No se han encontrado nunca pueblos salvajes sin la idea de número, la idea abstracta por excelencia, aunque la nume­ración de ciertos salvajes no pase de 2 o 3, siendo probable que hasta los animales puedan contar hasta dos. He aquí una observación, fácil de repetir, por mi hecha y que parece probarlo. La paloma, aunque no incube más que dos huevos, salvo raras excepciones, tiene, sin embargo, la propiedad de poner los huevos a voluntad; si después de haber puesto dos se le quita uno, la hembra pone un tercero y hasta un cuarto y un quinto, si los huevos se le quitan a medida que los ponga; necesita, pues, que haya dos huevos en el nido para empezar a incubar.

La paloma doméstica, cebada en demasía, puede algunas veces poner tres huevos, y cuando esto sucede echa uno fuera del nido o lo deja abandonado, si no puede expulsar el huevo suplementario.

Se concibe que la idea abstracta de número, contra lo que supone Vico, sea una de las primeras, si no la primera a formarse en el cerebro del hombre y de los animales, porque si todos los objetos no tienen la propiedad de ser duros, redon­dos o calientes, etc., tienen cuando menos una cualidad que les es común, la de ser distintos los unos de los otros por la forma y por la posición relativa que ocupan, y esta cualidad es el punto de partida de la numeración. Es necesario que la mate­ria cerebral tenga la idea de número, es decir, que pueda dis­tinguir los objetos entre sí para entrar en función, para pen­sar; esto es lo que había reconocido Filoleo, el primero que, según decía Diógenes de Laerra, afirmó que el movimiento de la tierra describía un círculo, cuando declaraba que "el número reside en todo lo que existe y que sin él es imposible conocer ni pensar nada".

Pero el ensanchar la numeración más allá del número 2 fue uno de los más penosos trabajos de Hércules que jamás se haya impuesto la mente humana, según lo demuestran el carácter místico atribuido a los diez primeros números [9], y los recuerdos mitológicos y legendarios adheridos a determinadas cifras: 10 (sitio de Troya y de Veies, que duran 10 años justos); 12 (los 12 dioses del Olimpo, los 12 trabajos de Hércules, los 12 apóstoles, etc.); 50 (los 50 hijos de Príamo, las 50 Danaides; Endimión, según Pausanias, rindió a Selenia, madre de 50 hijas; Aeteón cazaba con 50 parejas de perros cuando Diana lo metamorfoseó; el buque que construyó Dánaos a indicación de Minerva tenía 50 remos, lo propio que el de Hércules cuando su expedición contra Troya, etcétera). Estos números son otras tantas etapas donde el espíritu humano se ha detenido a fin de descansar de los esfuerzos realizados para llegar hasta ellos y las ha señalado con leyendas a fin de per­petuar su recuerdo.

Cuando el salvaje llega al término de su numeración, dice mucho, designando así los objetos que no puede contar por carecer de números. Vico observa que para los romanos, 60, después 100, después 1.000, eran cantidades innumerables. Los hovas de Madagascar, en vez de 1.000 dicen la tarde, en vez de 10.000 la noche, y la palabra tapitrisa, de la que se sirven para designar el millón, se traduce literalmente por fin de cuenta.

La lengua nos demuestra que el hombre ha empleado su mano, su pié y su brazo como unidades para medir. Todavía se sirve de los dedos de las manos y de los pies para contar F. Nansen dice que los esquimales, con los que ha vivido más de un año, carecen de nombre para expresar toda cifra que exceda de cinco; cuentan con los dedos de la mano derecha y se detienen cuando todos han sido tocados y contados; para 6, toman la mano izquierda y dicen el primer dedo de la otra mano, y para 7 el segundo, y así sucesivamente basta 10; des­pués repiten la suerte con los dedos de los pies y se detienen a 20, término de su numeración; pero los grandes matemáti­cos van más allá, y para 21 dicen el primer dedo del otro hom­bre, y empiezan nuevamente, pasando por las manos y los pies: 20 es un hombre, 100 cinco hombres.

Las cifras romanas que estuvieron en uso hasta la introducción de las cifras árabes, recuerdan este modo primitivo de numeración: I, es un dedo; II, son dos dedos; V, es una mano cuyos tres dedos del centro están cerrados, mientras que el pequeño y el pulgar permanecen abiertos; X son dos V o dos manos opuestas. Pero cuando precisa contar más allá de 100 y de 1.000 debe recurrirse a objetos que no sean miem­bros humanos; los romanos se sirvieron de guijarros, calculi, de donde deriva la palabra cálculo de las lenguas modernas. as expresiones latinas calculum ponere y subducere calculum indican que era añadiendo y quitando guijarros como adicio­naban y substraían. En el Falansterio de Guisa hemos visto enseñar las primeras operaciones aritméticas por un procedi­miento análogo, a niños de cinco y seis años.

Los salvajes no pueden calcular de cabeza; tienen necesi­dad de tener ante sus ojos los objetos que cuentan; así, cuan­do realizan cambios colocan en el suelo los objetos que entregan, al lado de los que reciben; esta ecuación primitiva, que en definitiva no es más que una metáfora tangible, es la úni­ca que puede satisfacer su espíritu. Los números son en su cabeza, lo propio que en las de los niños, ideas concretas; cuando dicen dos, tres, cinco, ven dos, tres, cinco dedos u otros objetos; en muchas lenguas salvajes las cinco primeras cifras llevan los nombres de los dedos. Sólo por un procedimiento de destilación intelectual llegan los números a despojarse de la cabeza del adulto civilizado de todo recuerdo de un objeto cualquiera, para no conservar más que la figura de signos convencionales.

El metafísico más idealista no puede pensar sin palabras, ni calcular sin signos, es decir, sin objetos concretos. Cuando los filósofos griegos empezaron sus investigaciones sobre las propiedades de los números, les daban figuras geométricas; las dividían en tres grupos, el grupo de los números de la línea (mékos), el grupo de los números de superficie, cuadrados (epípedon), y el grupo de los números de triple acrecentamiento, cubos (triké auxé). Los matemáticos modernos han conservado aún la expresión de número lineal para un nú­mero de raíz.

En vez de largo, duro, redondo, caliente, el salvaje dice pié, piedra, luna, sol; pero los pies son desiguales de largos, las piedras más o menos duras, la luna no siempre es redon­da y el sol es más caliente en verano que en invierno; así, cuando el espíritu humano experimentó la necesidad de un grado superior de exactitud, reconoció la insuficiencia de los términos de comparación que hasta entonces había empleado e imaginó nuevos tipos de largo, de dureza, de redondez y de calor para ser empleados como términos de comparación.

Así resulta que en la mecánica abstracta los matemáticos imaginan una palanca absolutamente rígida y sin grueso y un ángulo totalmente incomprensible, a fin de continuar sus investigaciones teóricas, detenidas por las imperfecciones de las palancas y de los ángulos de la realidad.

Pero el ángulo y la palanca de los matemáticos, así como los tipos de largo, de redondez, de duración, aunque deriva­dos de objetos reales cuyos atributos han sido sometidos a la destilación intelectual, no corresponden ya a ningún objeto real, sino a ideas nacidas en la mente humana. Porque los objetos reales difieren siempre, tanto entre sí como del tipo ima­ginario uno e idéntico, Platón llama a dichos objetos vanas y engañosas imágenes, y al tipo ideal una esencia de creación divina. En este caso, como en muchos otros, el Dios creador es el hombre que piensa y que investiga.

Los artistas, por un procedimiento análogo, han alimentado quimeras cuyos cuerpos, aunque compuestas de órganos des­prendidos, abstractos, de diferentes animales, no correspon­den a nada real, sino a fantasías de la imaginación.

La quimera es una idea abstracta, tan abstracta como no importa cualquier otra idea de lo Bello, del Bien, de lo Justo, del Tiempo, de Causa; pero el mismo Platón no se atrevió a clasificarla entre el número de estas esencias divinas.

El hombre, probablemente cuando las tribus bárbaras em­pezaron a diferenciarse en clases, se separó del reino animal y se elevó al rango de ser sobrenatural, cuyos destinos son la preocupación constante de los dioses y de los cuerpos celestes; más adelante aísla el cerebro de los otros órganos para hacer un sitio para el alma. La ciencia natural coloca al hombre en la serie animal, de la que es el resumen y el coronamiento. La filosofía socialista hará entrar el cerebro en la serie de los órganos.

El cerebro tiene la facultad de pensar, como el estómago la tiene de digerir: el hombre sólo puede pensar mediante las mismas ideas que él crea con los materiales que le proporcio­nan el medio natural y el medio social o artificial en el cual el hombre evoluciona.

(*). Paul Lafargue es un revolucionario francés. Junto con Carlos Marx y Federico Engel forman la Primera Internacional Comunista. En 1868 vive como desaterrado político en Inglaterra donde se casa con Laura, una de las hijas de Carlos Marx. Regresa a Paris y en 1871 participa en la revolución de la Comuna de Paris. Autor de diversos textos políticos y filosóficos. Es también fundador del Partido Obrero Francés. En 1883 es encarcelado, después de ello se convierte en diputado por la legión de Lille en Francia. En 1911 junto con su queridísima Laura se suicida.