24 de agosto de 2019

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Rezar para matar de hambre al pueblo.

LOS MILAGROS DE ALAN GARCIA Y CIPRIANI.

Por: Herbert Mujica Rojas.

5 de agosto de 2006

No fue una ocurrencia o hecho fortuito que el presidente García, antes de asistir a la liturgia evangélica, pasara por la Catedral católica. Hay que leer la profundidad de los gestos y estar atentos a las insinuaciones enérgicas que requieren respuestas de igual calibre de quienes son los responsables de dar las leyes y corregir entuertos, el Establo parlamentario y el gobierno central.
Felizmente, el cardenal Juan Luis Cipriani, autor mundial de la encíclica ’los derechos humanos son una cojudez’ ha puesto su cuota valiosa. Ha demostrado cómo se mal usa el púlpito para denostar de la Comisión de la Verdad que a él no le gustó ni en sus conclusiones y análisis, como ha acontecido con millones de peruanos que no tienen voz ni posibilidad de dar su testimonio.
Todo señala que el jefe de Estado, de repente de modo inconsciente, ha impulsado el debate. ¿Por causa de qué el pueblo peruano tiene que mantener a una pandilla de ociosos improductivos con sueldos enormes y sin pago de impuestos de ninguna clase como ocurre con la jerarquía católica? ¿Qué Congreso ha ratificado, siquiera discutido, el Concordato, tratado internacional con el Estado Vaticano y que permite la fuga copiosa de millones de millones de dólares para sufragar a curas, obispos, cardenales, monaguillos, etc? ¿No está llegando la hora de poner en blanco y negro la necesidad económica del Estado peruano de librarse de esa imposición hecha por un régimen militar, entre gallos y medianoche, para comprar silencios cómplices?

Sin rebozo o vergüenza alguna, ciertos pastores de la Iglesia Evangélica, están expresando que sus confesiones deberían tener los mismos ’derechos’ que la Católica. ¿A cuento de qué semejante paparrucha? ¡De ninguna manera! El Estado peruano debería aprovechar la oportunidad brillante y difuminar ¡de una vez por todas! Cualquier vínculo con todas las confesiones religiosas. La separación del Estado con la religión debe constituir la piedra fundamental que emancipe al pueblo peruano de tener la oprobiosa obligación de favorecer parcialmente a grupos religiosos que pueden seguir funcionando ¡pero con su dinero!

No sólo eso. Hasta hoy, desde que en 1979 se firmó el Concordato, ningún partido político, asociación civil, club de madre, colectivo o lo que fuere, se ha atrevido a impugnar y demandar la anulación absoluta y vitalicia de ese tratado internacional que ningún Poder Legislativo ha sancionado con sus votos, previa discusión exhaustiva y toma de opiniones en todo el país. Debiérase, además, prever las medidas tributarias que recauden todo lo que la Iglesia Católica deba al Estado por la posesión de inmuebles, minas, riquezas, bienes de todo orden, que tienen que pagar impuestos, como todo el resto de peruanos.

¿Tanto miedo tienen los políticos de chocar con la Iglesia Católica? Si estamos en tiempo de austeridad, uno de los derroches más monstruosos en la vida republicana lo constituye el dispendio de mantener planillas de panzones, no pocos padres de familia con sotana y embusteros sempiternos durante centurias, so pretexto de una fe que nadie discute pero que tiene que pagar impuestos.

Como en política no hay casualidades, la actitud del jefe de Estado deviene en acicate importante para las colectividades políticas en el Establo. Será interesante comprobar si toman al toro por los cuernos y nos libran ¡de una buena vez! de gastos ociosos, poco rentables y profundamente envilecedores.